Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Prueba Irrecuperable

Nuestro trabajo se basa en atar cabos. Eso es algo que todos sabemos. Disponemos de los hechos, de los testimonios y de las pruebas, y debemos descubrir cómo encajan unos con otros y, sobre todo, qué es lo que no encaja. Hallar la incoherencia en un misterio es siempre el primer paso para su resolución.

¿Pero qué pasa si una de las pruebas, digamos la pista clave, desaparece de forma irrecuperable?

Hace ya algún tiempo abrimos en La Sociedad del Misterio una nueva sección titulada “Mientras tanto en el mundo”, en la cual tendrán cabida sucesos policiales que podamos encontrar en los medios de comunicación y que nos puedan resultar, como mínimo, educativos. Lo cierto es que últimamente hemos tenido esa sección un tanto aparcada, y aunque llevo ya tiempo queriendo retomarla hemos tenido una cierta escasez de noticias interesantes.

Por suerte, desde los Estados Unidos, nos ha llegado la asombrosa historia de la Prueba Irrecuperable.

Streetsboro, Ohio. Banco FirstMerit, alrededor de las diez de la mañana. Sin llamar la atención, un hombre entra caminando tranquilamente, llega a la ventanilla y entrega al cajero un pedazo de papel en el que exige que se le entregue dinero en efectivo. No tengo más datos acerca del contenido exacto de la nota, como más adelante podréis comprender, pero debió de ser lo bastante amenazadora, ya que poco tiempo después el hombre salía del banco con una buena cantidad de billetes en su poder, se introducía en un Ford Escort oscuro y se alejó del lugar. En ningún momento se supo que portase arma alguna.

Pocos minutos después, la policía de Twinsburg intercepta a un Ford Escort negro en la interestatal 480. El conductor, John H. Ford (35 años, de Cleveland, sospechoso de dos atracos más), es inmediatamente esposado y registrado. No se encuentran armas en sus ropas, pero se halla una pistola del calibre 38 en el asiento del conductor y una pila de billetes cubiertos de tinta roja en el del pasajero. Tiene que ser él.

John H. Ford es entregado a la policía de Streetsboro, que inmediatamente hace la pregunta clave, la que ha de cerrar el caso en una sola jugada: ¿Dónde está la nota?

Los agentes de Twinsburg se miran unos a otros. Nadie tiene la nota. El pequeño pedazo de papel que el atracador entregase al cajero del banco para intimidarlo no está.

La cosa es que, durante el registro del sospechoso sobre el capó del coche patrulla, apareció un papelito por alguna parte. Y los agentes que lo detuvieron lo saben. Quizás sea la nota que buscan. Así que, dado que los coches patrulla estadounidenses van equipados con videocámaras, deciden revisar la grabación del registro y averiguar qué ha sido de dicho papel.

Esto es lo que encuentran:



De inmediato comprenden la situación. No se vio ningún arma en el banco durante el atraco, no se sabe si el atracador llevaba alguna o si sólo pretendía intimidar con la notita, así que el hallazgo de la pistola no demuestra nada; lo único que podría situar al sospechoso en la escena del crimen es la nota amenazante. Una nota que bien podría ser el papelito encontrado en el bolsillo del sospechoso. Un papelito que el sospechoso no dudó en comerse mientras lo registraban. En menos de tres segundos.

Ahora es imposible saber qué había escrito en ese papel. La cámara no lo recoge, y cuando la evidencia sea (ejém) “expulsada” del cuerpo del sospechoso, las fibras del papel ya se habrán disuelto y no será posible su reconstrucción. La prueba, la que la policía confiaba en que fuese la clave para la solución de este misterio, ha desaparecido para siempre… y ha dejado atrás un video para demostrarlo.

Todavía no sé cómo acaba la historia, tengo alguna idea de cómo se podría resolver aunque voy a pedir que el primero que descubra algo nuevo por favor aporte más información; pero lo cierto es que, aunque tenemos la incoherencia, no tenemos la prueba a la que va vinculada. Sí, es demasiado sospechoso que el detenido, así por las buenas, se coma un papel; pero sin saber qué había en el papel, ¿qué demuestra todo eso?

Aparte de que resulta mucho más práctico atracar por medio de notas intimidatorias que a punta de pistola, claro; porque menuda indigestión habría supuesto comerse el arma. Al final va a resultar que lo de "Mi perro se comió mis deberes" funciona mejor cuando te detienen por atraco.

martes, 24 de noviembre de 2009

Segundo Aniversario - Epílogo al caso nº 00023: CONDENAS Y REGALOS

Dos semanas después.

Cerré la puerta del almacén de pruebas con una sonrisa. Al menos ya había conseguido dejar atrás las carcajadas que me sobrevinieron cuando recibí el paquete. Creo que nunca la resolución de un caso había dado un resultado tan inesperado.

Entonces me encontré con él esperando en el vestíbulo.

—¿O’Halloran? —saludé—. Te hacía ya en Londres, ¿qué te trae por aquí?
—Venía a traerte las novedades —respondió mi amigo estrechándome la mano—. Pero antes… ¿tienes por ahí algo de ese té que sueles preparar?
—Para ti siempre. Y más teniendo en cuenta que eres el único que no entra aquí preguntando por el café de Boniatus. Tardará un poquito en prepararse, así que… ¿qué me tienes que contar?
—El juez sigue sospechando que Gordon es el Ruby original; pero la jugada de Matheson ha obligado a reabrir el caso desde el principio.
—¿Y eso?
—Bueno, para empezar, Gordon tiene un nuevo abogado defensor. Y de los caros, esta vez; su caso ha llegado a ser lo bastante mediático como para que William F. Carlyle en persona se interese por él.
—No sé quién es.
—Te basta con saber que es bueno, famoso y rico, y que aceptará pro bono cualquier caso que crea que le mantendrá un tiempo en el candelero. La base de su defensa, como te imaginarás, es que ahora que se sabe que existe un copycat hay que verificar qué crímenes no cometió Gordon… con la esperanza, por supuesto, de determinar que es imposible saber si realmente cometió alguno.
—O sea que Matheson se ha salido con la suya.
—Pues hombre, sí y no. Matheson ha sido listo, ¿sabes? Cometió su crimen en España, donde ya no existe la pena de muerte, y será extraditado aquí. O sea que cumplirá su condena en prisión y saldrá de esta, más viejo pero aún con vida. Con todo, obviamente se le ha retirado la licencia y ahora será siempre recordado como un asesino, lo que en cierto modo perjudica, aunque sea un poco, a todos los casos que ha defendido con anterioridad.
—Salvar a un hombre para perjudicarse a sí mismo y a todos sus clientes.
—Raro, ¿verdad?
—Sin duda. Seguimos sin saber cuál era el famoso "bien mayor", ¿verdad?
—Y seguiremos sin saberlo mientras Gordon no quiera revelarlo. Parece que Matheson no mentía al decir que no lo sabía.

El silbido de la tetera nos sacó de nuestra conversación momentáneamente. Cogí dos tazas y le pedí que me acompañase a mi despacho, donde podríamos beber nuestro té con tranquilidad.

—Oh, te gustará saber también que nuestra vieja amiga Nuria Copano está haciendo campaña para la liberación de Peter Gordon.
—Un poco lo de siempre…
—No, no, Jack —interrumpió O’Halloran—. Campaña activa. Está recogiendo firmas por Internet, ofreciendo entrevistas a los medios de comunicación americanos, incluso se plantea crear una fundación.

Solté un silbido de asombro.

—¿Y qué dice su marido?
—Sabía que preguntarías eso. El marido la apoya al cien por cien. ¿De dónde crees que está saliendo la financiación para la campaña?
—¿Sabe el marido que está apoyando al exnovio de su mujer? ¿Al exnovio-sospechoso-de-asesinatos-en-serie de su mujer, me gustaría añadir?
—Lo sabe. Pero está completamente en contra de la pena de muerte, por lo que no le resulta difícil apoyar a su esposa en esto.
—Acojonante.
—Ciertamente.

El resto de la tarde lo dedicamos a rememorar viejos tiempos disfrutando de un té caliente tras otro. Mi encantadora Sata se nos incorporó poco después y estuvo interrogando a O’Halloran un buen rato acerca de su familia (para un investigador de la Sociedad del Misterio, “Bien gracias” no es una respuesta aceptable).

—¡Bueno! —dijo ella entonces—. ¿Se lo has contado ya?
—¿Contado el qué? —quiso saber O’Halloran.
—Me lo reservaba para el final, pero… bueno, supongo que este es un momento tan bueno como cualquier otro.
—¿Contado el qué?
—Te va a encantar, Bruce —dijo Sata abriendo la puerta del despacho.

Caminamos los tres hacia el almacén de pruebas. Pedí al agente Rabbit la llave y la introduje con cierta ceremonia en la cerradura.

—Ya sabemos qué ha sido de Matheson —dije girando la llave—. También me has contado lo que está haciendo Copano. ¿Pero qué sabes de Ashmoor?
—Por lo que sé no hay novedades. Sigue defendiendo la culpabilidad de Gordon, pero su gabinete de Relaciones Públicas no está emprendiendo ningún tipo de medida comunicativa al respecto.
—Es cierto, Ashmoor no está haciéndole contracampaña a Copano. Pero el caso es, bueno… Se ve que ha querido reconocer un poco nuestro trabajo.
—Y también enmendarse por cómo trató a Zalaya —terció Sata.
—Hoy mismo ha llegado esto por correo. Con una nota de gratitud firmada personalmente por Carlos Ashmoor.

Cogí de uno de los estantes una caja de cartón, algo más pequeña que un folio, envuelta para regalo. O’Halloran encontró el lugar por el que el papel había sido despegado para poder abrirla y, con sumo cuidado, extrajo su contenido.

No pudo evitar la misma risotada que solté yo cuando lo vi.

—¿Esto es una…?
—El ejemplar de Enero de 2008 —dije mientras mi amigo contemplaba asombrado la portada de una revista porno del año pasado en perfecto estado—. Que, mira por dónde, esa nos faltaba. Teníamos la de la segunda quincena, pero nos faltaba la de la primera.
—¡Increíble!
—Vamos a tener que contemplar la posibilidad de ir a intercambiar las que tengamos repes —comentó Sata con una sonrisa.
—Todo un detalle, eso se lo tenemos que reconocer.
—Elegancia británica, sin lugar a dudas —se rió O’Halloran.

Finalmente, mi viejo amigo se despidió de nosotros y cruzó de nuevo el umbral de la Sociedad del Misterio. Quién sabe cuándo volveríamos a trabajar con él. Quién sabe si, por fin, nos volveríamos a encontrar en un caso en el que Peter D. Gordon no estuviera involucrado.