Debo reconocer que en un principio no pensaba aceptar este caso. Cuando recibí la llamada de Arjona, estaba revisando por quinta vez que lo llevaba todo en la maleta y preparándome para un viaje de veinte días. Y el hecho de que mi viejo amigo se negase a proporcionarme datos, lejos de picar mi curiosidad (como habría hecho en cualquier otra situación), no estaba logrando otra cosa que irritarme. Sin embargo, siempre he sabido leer entre líneas, y cuando me dijo “Te juro que este caso está hecho para la Sociedad del Misterio” supe que algo de interés debía tener.
Aunque confieso que no me esperaba que tuviera tanto.
—Tenías razón —musité mientras contemplaba el rótulo del establecimiento—. Este caso nos estaba llamando a gritos.
Con una sonrisa de medio lado (de esas capaces de berrear “Te lo dije” desde la otra punta de la habitación sin despegar los labios), Arjona me dio una palmada en el hombro y me invitó a entrar en el sex-shop “La Caja del Porno”.
El lugar se encontraba patas arriba. El escaparate roto, la lencería por los suelos, consoladores y más consoladores de muy diversas formas, colores y (sobre todo) tamaños rodando por las baldosas. La alarma, según me comentó Arjona, había saltado a las tres de la madrugada con la rotura del cristal, pero cuando la policía llegó el asaltante (o los asaltantes) ya se habían dado a la fuga. No sin antes, eso sí, arramblar con todo el mobiliario.
—El dueño, Daniel Inclán —indicó señalando a un hombre de gesto compungido y agitado que hablaba con un par de agentes—. Le sacamos de la cama a las tres de la madrugada cuando saltó la alarma.
—¿Sospechosos?
—Yolanda Ferrán y Chema Pascual. Prostituta y su chulo, drogadictos los dos, de lo mejorcito del barrio. Al parecer ya habían robado alguna cosilla por aquí, y el dueño dice que se la tenían jurada porque él siempre les echaba. Las grabaciones de seguridad los muestran entrando en la tienda, pero sólo es unos segundos porque inmediatamente Pascual se carga la cámara. Ya les estamos buscando para interrogarlos.
—¿Ha notado si falta algo? ¿Dinero de la caja? ¿Género?
—Eso es lo más extraño. Hasta donde ha podido terminar del inventario, no falta nada. Pero claro, paró en cuanto abrió la puerta del almacén, como comprenderás…
Un agente uniformado nos franqueó el paso a la trastienda. La puerta no podía abrirse del todo, porque topaba con un par de voluminosas cajas al otro lado. Pero al cruzar el umbral, la estantería volcada quedaba directamente a la vista.
De debajo de ella, entre las cajas volcadas de pornografía y artículos eróticos, sobresalían una mano y parte de una cabeza.
—Israel Delgado, el socio del dueño —me informó Arjona—. Socio capitalista, por lo general no pisaba la tienda salvo para tratar alguna cuestión monetaria. Al parecer, y según Inclán, a Delgado no le hacía demasiada gracia este negocio… pero lo consideraba rentable, así que invertía en él.
—¿Asesinato? —pregunté.
—De momento lo trataremos como homicidio, pero aún no sé más. Hay señales de pelea, ¿ves?, así que es fácil deducir que había alguien más implicado y cabe suponer que la estantería cayó en el forcejeo. Pero de momento no lo hemos podido confirmar. Pudo haber sido un accidente aislado.
—Mmmhm. ¿Cómo crees que ocurrió?
—Supongo que Delgado vio el escaparate roto, entró para intentar detener al ladrón (o ladrones), pelearon y se cayó la estantería. O se la tiraron, aún no lo tengo claro.
—Debe haber sido un mal golpe —dije golpeándola con el nudillo—. La estantería es robusta, pero no sé yo si podría matar a un hombre. Aunque bueno, no soy forense. ¿Irene lleva el caso?
—No, ¿no te lo dijo? Se ha ido a pasar la Semana Santa con su madre. Está Fábrega sustituyéndola.
—Uff, Fábrega. Malo, esto va a frenar mucho la investigación. No me entiendas mal —agregué, viendo la expresión en el rostro de Arjona—, Fábrega es un gran experto forense y respeto, incluso admiro, su conocimiento y su sabiduría; pero no tiene pulso para hacer bien una autopsia y sus ojos ya no son lo que eran. Va a tardar en tener la autopsia completa, que lo sepas.
—Eso suena a interés, Jack —me dijo con una sonrisa—. ¿Cuento contigo en el caso?
—Lo siento, me encantaría, pero mi vuelo sale dentro de —consulté mi reloj— tres horas y media, y ya sabes que hay que facturar con tiempo. Tengo los billetes, tengo la reserva del hotel, tengo las entradas para el teatro, y lo más importante, tengo a mi señora esperándome al otro lado, así que me temo que esto es inapelable.
—¿¿¿Qué??? —exclamó Arjona—. Pero… pero… ¡Porno!
—Lo sé, viejo amigo, lo sé, y no creas que no me interesa este caso. Sata y yo intentaremos mantenernos en contacto, si podemos, para saber cómo evoluciona la investigación.
—¡Venga ya! ¡Un homicidio, una puta, cajas de porno por todas partes! ¡La víctima muerta por la estantería del porno! ¡No puedes decirme que te vas sin siquiera compartir una opinión conmigo!
—Arjona, amigo mío, claro que te voy a dar una opinión. Dices que fueron dos personas quienes entraron aquí, y las señales de pelea muestran que hubo, efectivamente, dos personas; si contamos entre esas dos a la víctima, nos sobra uno. Yo estudiaría bien esa versión de los hechos antes de darla por buena.
—No puedes irte, Jack, tío. ¡Esto es un trabajo para la Sociedad del Misterio!
—Exacto —repliqué sacando mi móvil—. Lo único que digo es que yo me tengo que ir. Pero Zalaya está de guardia, y ya que algún día le tiene que tocar dirigir su primera investigación... estoy seguro de que le encantará que sea esta.
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miércoles, 8 de abril de 2009
Caso nº 00020: EL RUFIÁN, LA FURCIA Y LA ESTANTERÍA (CERRADO)
Un misterio de
Jack Ryder
publicado a las
11:00
52
conjeturas
Etiquetas: allanamiento de morada, estantería, Homicidio, prostitución, proxenetismo, sex-shop, traumatismo craneal contundente, una caja de porno
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