Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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martes, 24 de noviembre de 2009

Segundo Aniversario - Epílogo al caso nº 00023: CONDENAS Y REGALOS

Dos semanas después.

Cerré la puerta del almacén de pruebas con una sonrisa. Al menos ya había conseguido dejar atrás las carcajadas que me sobrevinieron cuando recibí el paquete. Creo que nunca la resolución de un caso había dado un resultado tan inesperado.

Entonces me encontré con él esperando en el vestíbulo.

—¿O’Halloran? —saludé—. Te hacía ya en Londres, ¿qué te trae por aquí?
—Venía a traerte las novedades —respondió mi amigo estrechándome la mano—. Pero antes… ¿tienes por ahí algo de ese té que sueles preparar?
—Para ti siempre. Y más teniendo en cuenta que eres el único que no entra aquí preguntando por el café de Boniatus. Tardará un poquito en prepararse, así que… ¿qué me tienes que contar?
—El juez sigue sospechando que Gordon es el Ruby original; pero la jugada de Matheson ha obligado a reabrir el caso desde el principio.
—¿Y eso?
—Bueno, para empezar, Gordon tiene un nuevo abogado defensor. Y de los caros, esta vez; su caso ha llegado a ser lo bastante mediático como para que William F. Carlyle en persona se interese por él.
—No sé quién es.
—Te basta con saber que es bueno, famoso y rico, y que aceptará pro bono cualquier caso que crea que le mantendrá un tiempo en el candelero. La base de su defensa, como te imaginarás, es que ahora que se sabe que existe un copycat hay que verificar qué crímenes no cometió Gordon… con la esperanza, por supuesto, de determinar que es imposible saber si realmente cometió alguno.
—O sea que Matheson se ha salido con la suya.
—Pues hombre, sí y no. Matheson ha sido listo, ¿sabes? Cometió su crimen en España, donde ya no existe la pena de muerte, y será extraditado aquí. O sea que cumplirá su condena en prisión y saldrá de esta, más viejo pero aún con vida. Con todo, obviamente se le ha retirado la licencia y ahora será siempre recordado como un asesino, lo que en cierto modo perjudica, aunque sea un poco, a todos los casos que ha defendido con anterioridad.
—Salvar a un hombre para perjudicarse a sí mismo y a todos sus clientes.
—Raro, ¿verdad?
—Sin duda. Seguimos sin saber cuál era el famoso "bien mayor", ¿verdad?
—Y seguiremos sin saberlo mientras Gordon no quiera revelarlo. Parece que Matheson no mentía al decir que no lo sabía.

El silbido de la tetera nos sacó de nuestra conversación momentáneamente. Cogí dos tazas y le pedí que me acompañase a mi despacho, donde podríamos beber nuestro té con tranquilidad.

—Oh, te gustará saber también que nuestra vieja amiga Nuria Copano está haciendo campaña para la liberación de Peter Gordon.
—Un poco lo de siempre…
—No, no, Jack —interrumpió O’Halloran—. Campaña activa. Está recogiendo firmas por Internet, ofreciendo entrevistas a los medios de comunicación americanos, incluso se plantea crear una fundación.

Solté un silbido de asombro.

—¿Y qué dice su marido?
—Sabía que preguntarías eso. El marido la apoya al cien por cien. ¿De dónde crees que está saliendo la financiación para la campaña?
—¿Sabe el marido que está apoyando al exnovio de su mujer? ¿Al exnovio-sospechoso-de-asesinatos-en-serie de su mujer, me gustaría añadir?
—Lo sabe. Pero está completamente en contra de la pena de muerte, por lo que no le resulta difícil apoyar a su esposa en esto.
—Acojonante.
—Ciertamente.

El resto de la tarde lo dedicamos a rememorar viejos tiempos disfrutando de un té caliente tras otro. Mi encantadora Sata se nos incorporó poco después y estuvo interrogando a O’Halloran un buen rato acerca de su familia (para un investigador de la Sociedad del Misterio, “Bien gracias” no es una respuesta aceptable).

—¡Bueno! —dijo ella entonces—. ¿Se lo has contado ya?
—¿Contado el qué? —quiso saber O’Halloran.
—Me lo reservaba para el final, pero… bueno, supongo que este es un momento tan bueno como cualquier otro.
—¿Contado el qué?
—Te va a encantar, Bruce —dijo Sata abriendo la puerta del despacho.

Caminamos los tres hacia el almacén de pruebas. Pedí al agente Rabbit la llave y la introduje con cierta ceremonia en la cerradura.

—Ya sabemos qué ha sido de Matheson —dije girando la llave—. También me has contado lo que está haciendo Copano. ¿Pero qué sabes de Ashmoor?
—Por lo que sé no hay novedades. Sigue defendiendo la culpabilidad de Gordon, pero su gabinete de Relaciones Públicas no está emprendiendo ningún tipo de medida comunicativa al respecto.
—Es cierto, Ashmoor no está haciéndole contracampaña a Copano. Pero el caso es, bueno… Se ve que ha querido reconocer un poco nuestro trabajo.
—Y también enmendarse por cómo trató a Zalaya —terció Sata.
—Hoy mismo ha llegado esto por correo. Con una nota de gratitud firmada personalmente por Carlos Ashmoor.

Cogí de uno de los estantes una caja de cartón, algo más pequeña que un folio, envuelta para regalo. O’Halloran encontró el lugar por el que el papel había sido despegado para poder abrirla y, con sumo cuidado, extrajo su contenido.

No pudo evitar la misma risotada que solté yo cuando lo vi.

—¿Esto es una…?
—El ejemplar de Enero de 2008 —dije mientras mi amigo contemplaba asombrado la portada de una revista porno del año pasado en perfecto estado—. Que, mira por dónde, esa nos faltaba. Teníamos la de la segunda quincena, pero nos faltaba la de la primera.
—¡Increíble!
—Vamos a tener que contemplar la posibilidad de ir a intercambiar las que tengamos repes —comentó Sata con una sonrisa.
—Todo un detalle, eso se lo tenemos que reconocer.
—Elegancia británica, sin lugar a dudas —se rió O’Halloran.

Finalmente, mi viejo amigo se despidió de nosotros y cruzó de nuevo el umbral de la Sociedad del Misterio. Quién sabe cuándo volveríamos a trabajar con él. Quién sabe si, por fin, nos volveríamos a encontrar en un caso en el que Peter D. Gordon no estuviera involucrado.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Segundo Aniversario - Caso nº 00023: UNA DUDA DESDE EL PASADO (CERRADO)

Sentado a la mesa de la cafetería del aeropuerto, en compañía de dos de mis jefes de departamento, no dejaba de consultar el reloj una y otra vez. Podría decirse que estaba impaciente por volver a ver a mi viejo amigo y colaborador… pero lo cierto es que me intrigaba su llamada. Hacía ya casi una década que no recurría a mí. ¿En qué podía estar trabajando?

Las puertas de la zona de recogida de equipajes se abrieron para dejar pasar a una marabunta de viajeros. Pero él se destacaba sobre el resto. Sus dos metros de estatura, su considerable envergadura, su cabello gris ondulado y sus inseparables gabardina negra y bufanda roja. Se detuvo en la misma puerta, dio un rápido vistazo a su alrededor, identificó el letrero de la cafetería y prosiguió su avance. Llevaba un periódico doblado en una mano y un maletín en la otra. El sol de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la terminal arrancaba destellos de la cadena de su reloj.

Cuando llegó a nuestra mesa me estrechó la mano con firmeza y me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Pero sólo sus labios sonreían. Algo le preocupaba, y mucho.

—¿Sería posible que hablásemos a solas, Jack? —preguntó en un impecable castellano sin acento.
—El Profesor Boniatus y Zalaya son de confianza, están entre la élite de la Sociedad del Misterio. Caballeros, creo que ya habréis oído hablar del inspector O’Halloran, de la INTERPOL.

O’Halloran saludó educadamente a mis compañeros, pero se le seguía viendo incómodo con su presencia. No obstante, éste era un punto en el que yo no pensaba ceder: si la Sociedad del Misterio iba a involucrarse en un caso de INTERPOL, quería que mis jefes de departamento conocieran los detalles de primera mano.

El inspector soltó el periódico sobre la mesa. Lo primero que me llamó la atención fue que no era del día… sino de una semana atrás. La noticia de portada hablaba del asesinato de una mujer de la localidad, Leyre Úbeda (48 años, soltera, profesora de secundaria) en lo que parecía haber sido un crimen pasional. Siete puñaladas. La policía aún no nos había pedido nuestra colaboración, pero sí, reconocí la noticia, y así se lo dije a O’Halloran.

—Conoces lo que pedimos a la policía que dejase que se hiciera público, Jack —replicó—. Este caso se nos echa encima y necesito tu punto de vista, así que voy a revelar información confidencial. Confío en que todos los aquí presentes seremos unos caballeros y esto no saldrá de aquí.

Tan pronto como los tres dimos nuestra palabra, O’Halloran abrió su maletín y extrajo unas cuantas fotos. Cuando me pasó la primera supe inmediatamente lo que habría en las demás.

—Herida en forma de estrella —comentó Boniatus al recibir la primera foto de manos de Zalaya—. Pequeño diámetro. En la herida del cuello se aprecia una marca circular… como si al clavarse el arma hasta el fondo la empuñadura hubiese golpeado la piel. ¿Un destornillador, tal vez?
—Espera, espera, esta herida no encaja —musitó Zalaya con la segunda foto ante sus ojos—. Todas las heridas están causadas por encima de la ropa, sin contar claro la del cuello. Así que ¿por qué está desabrochado el penúltimo botón de la blusa?
—Porque ahí es donde les practica la incisión para llegar al estómago —murmuré mecánicamente. La tercera foto, tal y como me temía, mostraba la incisión a la que había hecho referencia.
—Ya te puedes imaginar el contenido del estómago entonces, ¿no, Jack? —preguntó O’Halloran.

Inspiré hondo antes de coger la cuarta foto. Aquello, que a ojos de un observador neófito podría y debería resultar ridículo, hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. El único dato que siempre se había mantenido oculto a la prensa. El pequeño patito de goma quirúrgicamente introducido en el estómago de las víctimas.

—Ruby —dije en un hilo de voz.

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Ocho años atrás, el doctor Juan “Watson” Garzón encontró un patito de goma en el estómago de una víctima de asesinato. No había sido ingerido de forma natural. La incisión en el vientre se había practicado post-mortem. La muerte fue causada por una puñalada en el corazón con un destornillador de estrella, acompañada por seis heridas más de igual factura.

Antes de que pudiésemos investigar más, el inspector O’Halloran reclamó el cuerpo en nombre de INTERPOL. El comisario Regordán indicó que el asesinato se había cometido en su jurisdicción, y que si no había una buena razón para entregarlo no lo haría. El súbdito británico explicó entonces que se trataba de la undécima víctima del apodado por la prensa “Asesino del Destornillador”, y conocido dentro de INTERPOL como “Ruby” por el patito de goma que era su firma (y del que, obviamente, la prensa nunca supo nada). Ruby había cometido asesinatos en Texas, Nevada, Nueva York, México, Argentina, Francia, Escocia e Inglaterra; una víctima por estado (salvo en Texas y en Escocia, que cayeron dos), antes de llegar a nuestra ciudad.

Tras una ardua negociación, Regordán consiguió firmar una colaboración entre ambos departamentos. Pero O’Halloran sospechaba que Ruby huía del país en cuanto olía a un agente de la ley. Por eso en Texas asesinó a dos personas… la primera víctima tardó en aparecer, pero para cuando se hicieron públicas las dos muertes el asesino desapareció para resurgir en Nevada. En Escocia, de hecho, la segunda víctima fue un policía.

Si queríamos averiguar algo antes de que desapareciera, necesitaríamos a alguien que pudiese trabajar de incógnito. Y casualmente, había un joven estudiante sin rango alguno en la policía, con un buen dominio del inglés, a quien el forense jefe recomendó sin dudarlo.

Así fue como obtuve el alias de Jack Ryder, que utilicé para aquella operación encubierta y que retomé cuando fundé la Sociedad del Misterio. Así fue como, haciéndome pasar por periodista, logré seguir la pista del asesor forense y ciudadano americano Peter D. Gordon, a quien se había visto hablando con la última víctima en más de una ocasión, y de quien conseguimos averiguar que había estado trabajando en todas las ciudades en las que actuó Ruby, justo en las fechas señaladas.

Gracias a nuestra colaboración, Peter D. Gordon fue arrestado, extraditado, juzgado… y condenado a muerte. Su abogado ha recurrido la sentencia desde entonces, pero tras el último intento el juez dictó que el acusado sería llevado a la silla eléctrica el tres de Octubre.

—¿Crees que tenemos al hombre equivocado? —pregunté.
—Conoces los datos del caso mejor que nadie, Jack —replicó O’Halloran—. Los estuviste estudiando durante meses incluso después de la detención. Si tú me dices que el hombre que los americanos tienen en el corredor de la muerte es Ruby, no necesitaré más.

Suspiré.

—Matheson me metió el miedo en el cuerpo. Por eso seguí estudiando el caso. Y entonces llegué a la conclusión que ya conocemos: que las pruebas estaban blindadas, que Gordon tenía que ser Ruby. Pero eso no quita que el abogado tenga razón… si nos equivocamos, el culpable seguirá suelto y habremos causado la muerte de un inocente.
—¿Sí o no, Jack? ¿Tenemos a Ruby entre rejas, o no?
—Este trabajo me ha enseñado a asegurarme de todo antes de poder afirmar nada, O’Halloran, y menos aún algo tan serio como esto. Hace ocho años estaba convencido. Pero quiero repasarlo para estar seguro.

O’Halloran se derrumbó en su asiento. Pero su mirada desde el principio me decía que iba a hacerlo de todas formas. Si el hombre al que teníamos entre rejas era efectivamente Ruby, entonces es que había un segundo asesino; si no, es que el auténtico asesino seguía suelto. De cualquiera de las dos maneras, teníamos a un homicida que cazar.

—Podemos ayudar, pero necesitaré meter al equipo en esto.
—Regordán me ha dicho que me puedo fiar de vosotros. ¿Qué necesitáis?
—Acceso a la última escena del crimen. Quiero que Boniatus la estudie desde cero, sin influencia de los casos anteriores.
—Se puede conseguir.
—Una entrevista con Nuria Copano y otra con Carlos Ashmoor. Necesito que Zalaya conozca a los implicados.
—Con Ashmoor no creo que haya problemas. Copano puede estar algo menos dispuesta.
—Y los informes de los crímenes originales. Quiero repasarlos con calma, ahora que tengo algo más de experiencia.
—Sin problemas. Pero piensa que tenemos un límite de tiempo…
—Normalmente trabajamos con un margen de dos semanas. Justo el tiempo que tenemos antes de que Gordon sea ejecutado. Podemos hacerlo, O’Halloran. Puedes confiar en mí.

Intercambiamos algunas palabras más y nos separamos. O’Halloran debía volver a comisaría a ver si había nueva información, y nosotros teníamos que ponernos manos a la obra. Pero creo que intuyó que, en parte, le había mentido.

Claro que haríamos el trabajo. Pero ¿cómo podía decirle que confiase en mí… si yo mismo no estaba seguro de haber condenado al hombre correcto?