Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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martes, 30 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Intermedio 2 -

—Esto es lo que hemos averiguado —dije.

Carlos Ashmoor nos siguió por toda su sala de documentación mientras le explicaba, con todo lujo de detalles, los hallazgos de Boniatus. El falso techo, inviable. La ventilación, inaccesible. La única posibilidad: la puerta de entrada.

—Como puede ver —indicó Boniatus—, la única explicación lógica es que el ladrón entró del mismo modo que nosotros. A eso añadamos que tenía que saber dónde buscar… Sospecho que el ladrón conocía el lugar, o bien obtuvo información de alguien que lo conoce.
—¿Cree que compró esa información a uno de mis empleados?
—O que quizás sea uno de sus empleados—apuntó Zalaya—. Según he oído, uno de ellos se ha comprado un cochazo recientemente, y hay alguno de baja.
—En cualquier caso, el ladrón sabía lo que buscaba —concreté—. No se habría tomado tantas molestias sólo para robar algo al azar. Lo que cuadra con el modus operandi de nuestro ladrón.
—No creo que sea suficiente. Que el ladrón sepa lo que buscaba es algo demasiado genérico. ¿Cómo sabemos que no se trata de un caso idéntico a los anteriores?
—Es la primera vez que ha faltado algo en su sala de documentación —intervino Boniatus.
—¿Disculpe?
—Su empleado, el señor Ponce, me ha dicho que nunca antes habían llegado a echar nada en falta. Si les han robado antes, el ladrón copiaba los datos y devolvía el original. Esta vez se lo ha llevado. No es el mismo ladrón, o bien esta vez el cliente quería los originales.
—Encaja con nuestro caso, pero no con los suyos anteriores —concluí—. No es su mismo ladrón de siempre.
—No lo entiendo —musitó Ashmoor—. Lo único que la Sociedad del Misterio y Ashmoor Comunicación tienen en común es al Asesino del Destornillador.
—Quizás haya habido alguna novedad al respecto.
—No, ninguna, sigo el caso de forma activa…

De pronto algo pasó por la mente de Ashmoor.

—… a no ser…
—¿Qué?
—La información robada. Se trata de los datos de un cliente nuestro, una nueva fundación pro-vida. Tienen la intención de presentar batalla a la pena de muerte en Estados Unidos, para empezar. Que es, recordarán, donde Peter D. Gordon está condenado a muerte.
—Un nexo de unión. Tendremos que hablar con esa fundación. ¿Dónde podemos encontrarles?

Ashmoor nos pidió un momento y comenzó a buscar en su ordenador. En ese mismo momento sentí en mi bolsillo el zumbido de un SMS entrante… y por la reacción de mis jefes de departamento comprendí que a ellos también les había pasado.

—¡Lo tengo! —exclamó Ashmoor—. Aquí está la dirección.

Nuestro anfitrión imprimió los datos de la fundación. Razón social, dirección postal, nombre del promotor de la idea. Me lo tendió tan pronto como salió de la impresora.

Claro. Nosotros y nuestra suerte.

—¿Cree que les será de alguna ayuda? —preguntó.
—Habrá que hacer lo que se pueda —comenté, tratando de no traslucir mi descontento—. Seguiremos esta pista, gracias. A cambio, acepte nuestro consejo: averigüe qué pasa con esa baja y con ese cochazo.

---

Tan pronto como salíamos por la puerta del gabinete de Ashmoor, mis jefes de departamento me preguntaron qué era lo que me había disgustado tanto. A modo de respuesta, les puse en las manos el papel que Ashmoor me había impreso. Boniatus lo cogió de inmediato.

—Oh, mierda —se lamentó.
—¿Te encargas tú? A ti ya te conoce.
—Qué remedio.
—Uhm, chicos… —avisó Zalaya mirando su móvil—. ¿Vuestro SMS es igual que el mío?

Leímos la pantalla de su móvil, e inmediatamente consultamos los nuestros. Efectivamente, los tres habíamos recibido el mismo mensaje desde un número oculto:

“¿Le queréis? Le tengo. Venid a buscarlo”.

lunes, 22 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Etapa 2 - Caso nº 00028: DE MENTIRAS Y ROBOS

Lo que empezó como una mentira se había convertido en una investigación por robo. El “señor Martínez”, que tanto anhelaba contratar nuestros servicios, había optado por irrumpir en nuestro almacén de pruebas y robarnos una revista. Sólo una revista. Boniatus había revisado el almacén una docena de veces y no había encontrado nada más fuera de lugar.

Eso nos dejaba con sólo una vía de investigación. Dado que ese hombre se había esforzado en no regalarnos ni tan siquiera una huella dactilar parcial, y dado que probablemente ni siquiera su nombre fuese auténtico, sólo teníamos el objeto del robo para investigar.

Así que, una semana después y tras asegurarnos de que no teníamos nada más, me presenté en el gabinete de relaciones públicas de Carlos Ashmoor. Hacía tiempo que no veía a aquel caballero, y en ocasiones pienso que me habría gustado visitarlo en otras circunstancias. Pero por desgracia, no tendría el placer de coincidir con él si no era por motivos de trabajo… y del mío, no del suyo.

Si he de ser sincero, lo primero que me extrañó fue cuánto tardó Ashmoor en recibirme. Quería creer que, a primera hora del lunes, le pillaría con poca faena por delante, y la infalible puntualidad británica de Ashmoor me confirmaba, fuera de todo género de dudas, que estaba en su despacho cuando llegué. Sin embargo me tuvieron esperando tres cuartos de hora antes de recibirme, cuarenta y cinco minutos de miradas inquietas por parte de una decena de empleados.

Cuando finalmente me hicieron pasar, quedé sorprendido por lo que encontré. La siempre aguda y penetrante mirada de Ashmoor había quedado reducida ahora a un par de puntos de angustia y stress por encima de su nariz. Me dedicó una cordial sonrisa cuando entré, pero podía notar que era forzada. A su invitación, tomé asiento y esperé a que me preguntase.

Aún así, la pregunta me cogió por sorpresa:

—No negaré que sus habilidades siempre me han impresionado, señor Ryder, y normalmente prefiero sentarme, disfrutar del espectáculo y tratar de seguir sus razonamientos por mí mismo; pero esta vez tengo que preguntárselo: ¿cómo ha sabido lo del robo?
—¿Disculpe?
—Por eso ha venido, ¿no es cierto? Por el robo.
—Así es… Disculpe, ¿cómo ha…?
—¿Qué quiere decir con…?

No sabría decir quién de los dos lo pilló primero. Pero él lo dijo en voz alta antes que yo.

—A ustedes también les han robado, ¿verdad?
—¿Cuándo ha sido? —pregunté.
—Hace dos semanas. ¿Ha sido la revista?
—Así es. La única explicación a mi visita, ¿verdad?
—¿Han podido ver al ladrón?
—Sí pero no sabemos quién es. No tenemos huellas, ni una identificación.
—Ya han tenido más suerte que nosotros.
—¿Cree que ambos robos están relacionados?
—Puede ser. Pero claro, es un error teorizar sin pruebas, ¿no es así?
—Sin duda —dije con una sonrisa franca.

Ashmoor me devolvió la sonrisa. Por un momento los dos lo tuvimos claro: ayudarle a él podría ayudarnos a nosotros.

—¿Qué les ha desaparecido?
—¿Qué puede desaparecernos a nosotros?
—Información.
—Comprenderá, supongo, que no puedo revelar la naturaleza de dicha información. Podría perjudicar la imagen de nuestros clientes, sin mencionar la de nuestro gabinete.
—Lo comprendo, pero nos ayudaría al menos saber sobre qué clientes trataba dicha información.
—Me es imposible revelar esa información.
—Señor Ashmoor, entienda que cualquier dato que nos ayude a esclarecer estos robos…
—Como hemos acordado hace un momento, sería un error teorizar sin pruebas. No sabemos si ambos robos están relacionados, y mientras no lo sepamos no veo que exista ningún motivo por el que dicha información deba ser revelada. Mi negocio se dedica a la imagen, señor Ryder. Muchos de mis clientes dependen de mi discreción.

Contuve mi impulso de responder. Ashmoor tenía razón, no podía basar mis argumentos en que resolver su robo esclarecería el nuestro, pero no por ello dejaba de ser una vía de investigación. Necesitábamos averiguar si existía una conexión. ¿Hasta qué punto podíamos prescindir de esa información?

—Le propongo algo —dije entonces—. Echaremos un vistazo al lugar del robo. Hablaremos con su gente, incluso con usted mismo, para recopilar toda la información posible. Investigaremos este robo, y si encontramos algo que lo relacione con el nuestro, usted compartirá algo más de información con nosotros. De esta forma no tendrá que revelar nada si no es estrictamente necesario.
—Hm, no es una mala opción —meditó Ashmoor—. Huelga decir que, en el caso de que dicha información deba revelarse, esperaré de ustedes la discreción de unos profesionales.
—Naturalmente.

En fin. No eran las condiciones óptimas, pero sabía que Carlos Ashmoor colaboraría con nosotros tanto como sinceramente pensase que podía. Además, era la única pista que teníamos para dar con “Martínez”.

—¡Bien! ¿Por dónde empezamos?

sábado, 13 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Intermedio 1 -

Ya era tarde y el señor Martínez (si es que ese era su nombre) no se presentaba. Poco a poco, los investigadores de la Sociedad del Misterio dejaban que el cansancio pudiese con la curiosidad y se retiraban, instándome a avisarles si había alguna novedad en el caso. Al final, ya sólo quedábamos los jefes de departamento y yo.

A punto estábamos de darnos por vencidos cuando nuestro esperado visitante finalmente apareció. Se presentó con la misma mirada de desconfianza que la primera vez. Tomó asiento sin ser invitado y esperó un par de prudenciales segundos antes de preguntar.

—¿Cuándo pueden empezar con mi caso?

Zalaya carraspeó.

—Bueno, verá, señor Martínez… Esta es la situación. Somos una consultoría privada, lo que significa que nos reservamos el derecho a escoger a nuestros clientes. Y aunque su caso nos resulta francamente interesante, bueno… Existe una serie de impedimentos que deberían ser arreglados antes de…
—¿De qué está hablando? —inquirió Martínez con una mirada de desesperación.
—Iré directo al grano. Nos ha mentido. Sabemos por su reloj que su último destino no ha sido Canarias. Sabemos por su miedo que no es escultor. Sabemos por su historia que no huyó del país cuando nos dijo. Sabemos por su trabajo que no se dedicaba a la falsificación. Incluso sabemos por sus guantes que no es Eduardo Martínez. Estaremos encantados de ayudarle con su problema, pero primero usted tendrá que confiar en nosotros.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. Si quiere que resolvamos su caso, tiene que ser sincero con nosotros. No podemos trabajar si no sabemos cuánta de la información que tenemos es veraz.

Martínez se levantó de la silla hecho un basilisco. Boniatus y yo nos tensamos en el acto, dispuestos a impedir cualquier tipo de agresión. Pero no hizo falta: nuestro visitante se contuvo en el último momento, como si hubiera decidido que eso no iba a servir de nada.

Como una exhalación, salió del despacho dando un nuevo portazo. Se habían convertido ya en su especialidad.

—¿Me he pasado? —preguntó Zalaya.
—¡Deja de preguntar eso! Le has puesto las cosas claras, simplemente. Si quiere nuestros servicios, que acepte nuestras condiciones.
—Si es que ya le vale, jefe… Yo en estos casos me pregunto qué pretende la gente. Engañarnos no, nos lo ha puesto muy fácil, así que ¿qué?
—¿No te has quedado con ganas de saber a quién quería que investigáramos? —pregunté.
—La verdad es que sí. Pero bueno, si se lo piensa ya volverá y nos contará la verdad para que podamos empezar a…
—Algo va mal —interrumpió Boniatus.
—¿Qué?
—Ha tardado más de lo normal en dar el segundo portazo.

Y sin decir más, salió corriendo del despacho. Zalaya y yo nos miramos y le seguimos a toda prisa. Pero antes de que diéramos con él…

—¡Agente caído!

Guiándonos por su voz, recorrimos la sala común, pasando entre las mesas de los investigadores, hasta llegar a la entrada del almacén de pruebas. Y allí estaba: el agente Rabbit, el guardián de nuestro almacén, tumbado en el suelo sin conocimiento.

—¿Cómo está?
—Saldrá de esta. Jack, ese tío ha cogido la llave del almacén.

Me fijé en la puerta de nuestro almacén de pruebas, a la espalda del Profesor Boniatus. La llave estaba aún en la cerradura, y la puerta abierta de par en par.

Relevé a Boniatus: si teníamos una escena del crimen, él era el mejor para investigarla. Mandé a Zalaya a perseguir a nuestro visitante, y verifiqué que el agente Rabbit no había sufrido daños irreparables. Después me uní a Boniatus en el almacén.

—¿Qué falta?
—Poca cosa, Jack. Martínez no parece haber tocado mucho. Tendría que echar un vistazo más a fondo, pero así a primera vista… diría que sólo falta esto.

Señaló hacia un estante donde yacía una caja vacía. Identifiqué inmediatamente el contenedor y, por tanto, el contenido desaparecido. Martínez había robado la revista que Carlos Ashmoor nos regaló tras el caso Ruby.

—Termina de revisar la escena. Yo voy a llamarlos a todos. De momento no vamos a aceptar más casos.
—¿Qué? ¿La Sociedad del Misterio cierra sus puertas?
—Sólo al público, profesor. Alguien nos ha mentido y robado en nuestras propias narices. Ahora mismo, nuestro cliente somos nosotros. Si vamos a darle caza al ladrón, será mejor que volquemos todos nuestros esfuerzos.
—¡Jack! —me llamó mientras me dirigía hacia el teléfono—. Oye, entiendo que el robo de una revista guarra en nuestras oficinas es motivo de indignación, pero ¿no crees que lo estás sacando un poco de quicio?

En ese momento no supe verlo con claridad. Pero cuando recuerdo la sonrisa que esbocé entonces, comprendo ahora que se trataba de la emoción de la caza.

—Esa caja estaba guardada al fondo del almacén. Si Martínez no ha tocado nada más es que ha ido a tiro hecho a por ella. ¿Sabía lo que buscaba? Esto se ha convertido en una Maratón del Misterio y el pistoletazo de salida ya ha sonado. ¿Cuánta ventaja más quieres dejar que nos lleve nuestro ladrón?

lunes, 8 de febrero de 2010

Primer Duelo de Investigadores - Caso nº 00024: EL SECRETO DE LOS CAPARRÓS (CERRADO)

—Quizás no sea nada —advertí abriendo el dossier—. Pero con los datos que tengo, desde luego a mí también me da la impresión de que aquí hay algo que falla. No sé si conoceréis el caso de los hermanos Caparrós.

En mi despacho se celebraba una reunión a puerta cerrada. De pie, a mi lado, el inspector Raúl Escobar, de Homicidios, con semblante inquieto; frente a mí, cada uno sentado en una silla, Celdelnord y el Doctor Rasudoque; y sobre mi escritorio, un caso policial cerrado hacía dos meses.

—Iván y Andrés Caparrós —dije mostrando sus fotografías—. Ladrones de casas, detenidos media docena de veces. Un equipo inseparable, si pillaban a uno el otro se entregaba, en la cárcel siempre se apoyaban el uno al otro contra los internos más violentos. Y de pronto, el veinticuatro de noviembre… Andrés mata a Iván y se entrega a la policía.
—Tuvieron una discusión —explicó el inspector Escobar—. Según Andrés, le pudo la codicia y quiso llevarse una tajada mayor del botín de su último robo. Como su hermano no cedía, perdió el control y le apuñaló con un cuchillo de cocina. Después se dio cuenta de lo que había hecho y se sentó a esperarnos en la escalera, con el arma del crimen en sus manos y la sangre de su hermano en su camisa. Confesó, nos explicó cómo ocurrió todo, nos pidió un momento para coger sus efectos personales, y luego nos acompañó sin resistencia al calabozo. A los agentes que vinieron conmigo y a mí nos dejó atónitos lo sereno que estaba.
—Las pruebas eran claras. Un típico caso de habitación cerrada, no había más forma de entrar ni salir que la puerta principal, y tenemos un video que demuestra que nadie la cruzó salvo Andrés desde el momento del crimen hasta la llegada de la policía. La pelea descrita cuadra con la que escuchó el vecino de los Caparrós y con lo que nos cuenta la escena del crimen. La trayectoria de la salpicadura se correspondía con la posición de los dos hermanos. La salpicadura de sangre en la ropa de Andrés, las huellas en el cuchillo, todo sugiere que el caso está cerrado correctamente: Andrés acuchilló a Iván.
—Suena bastante claro —opinó Celdelnord—. ¿Dónde está el problema?

Escobar vaciló un segundo.

—No puedo demostrar nada —explicó—, de momento es sólo una intuición. Pero los Caparrós nunca han sido asesinos. Ni siquiera tienen antecedentes por violencia. Una vez, incluso, el propietario de una casa en la que robaron fue asesinado… y ellos confesaron el robo sólo para poder testificar contra el asesino.
—¿Le ha comentado eso a sus superiores? —preguntó Rasudoque.
—Dicen que para todo hay una primera vez. Y supongo que no deja de ser posible… pero matar a tu hermano a cuchilladas sin antecedentes no es muy común.
—Bueno, no sólo hablamos de hermanos sino de cómplices —apuntó Celdelnord—. ¿Tenemos alguna prueba ambigua?
—Creo que no —confesó Escobar—. Aparte de las pruebas forenses que ya he mencionado… el vecino de los Caparrós es estudiante de imagen y sonido, y justo en el momento de la pelea estaba haciendo pruebas con su cámara. No tenemos video del asesinato, pero gritaron mucho y las paredes de esos apartamentos son casi de papel… tenemos la discusión grabada.
—Necesitaremos copias —asintió Rasudoque—. ¿Podemos acceder al escenario?
—La escena ya está desprecintada y limpiada, me temo. Hace dos meses del crimen, y el cuerpo está convencido de tener al culpable entre rejas. Os puedo pasar las fotos, si queréis. Revisamos la escena a fondo.
—¿Modus Operandi?
—Tenían un coche, un León del 99, que utilizaban para vigilar las casas que iban a robar. Estudiaban a los propietarios, sus costumbres, sus movimientos, sus horarios. Y el día del robo, aparecían a pie, sin el vehículo que los vecinos pudieran haber visto los días atrás; entraban con un par de mochilas, robaban los objetos de valor que pudieran llevar consigo, y salían sin ser vistos. Como salían a pie, si alguien los veía no llamaban la atención.
—¿Y podremos hablar con el sospechoso? —preguntaron los dos a la vez.
—Eso puede ser complicado —intervine—. Andrés está siendo un preso modelo: educado, respetuoso, tranquilo, trabajador… nunca se mete en peleas. Está siendo incluso puntual. Con semejante comportamiento, el alcaide está encantado de concederle su única petición… que, por desgracia, es no recibir visitas. No, si queremos hacerle salir de su celda tendremos que captar su atención, y para eso necesitaremos algo sólido con lo que trabajar.
—Pero no hay nada sólido, ¿verdad, Jack? —preguntó Celdelnord—. Las pruebas son claras, nadie más pudo hacerlo, y tenemos incluso la confesión del asesino. No tenemos nada con lo que trabajar, ¿o me equivoco?
—Todo apunta en esa dirección, sí. Pero cuando Escobar me comentó el caso, me hice inmediatamente esta pregunta: ¿a cuánto ascendía su último botín?
—Su último robo fue un fiasco —explicó Escobar—. Sólo pudieron llevarse una vajilla bastante estropeada antes de que los propietarios aparecieran por casa. Pudieron escapar por los pelos.
—¿Qué demuestra eso? —inquirió Rasudoque—. Aquí mi rival lo ha dicho bien claro, las pruebas apuntan a que Andrés Caparrós mató a su hermano.
—Pero no demuestran el móvil —apostillé—. Para eso sólo tenemos la confesión del sospechoso. Y no me cuadra que alguien que siente adoración por su hermano, que se entrega para no dejarlo solo en prisión, lo apuñale por unos platos viejos… Andrés Caparrós oculta algo, y quiero saber qué es.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: La Prueba Irrecuperable

Nuestro trabajo se basa en atar cabos. Eso es algo que todos sabemos. Disponemos de los hechos, de los testimonios y de las pruebas, y debemos descubrir cómo encajan unos con otros y, sobre todo, qué es lo que no encaja. Hallar la incoherencia en un misterio es siempre el primer paso para su resolución.

¿Pero qué pasa si una de las pruebas, digamos la pista clave, desaparece de forma irrecuperable?

Hace ya algún tiempo abrimos en La Sociedad del Misterio una nueva sección titulada “Mientras tanto en el mundo”, en la cual tendrán cabida sucesos policiales que podamos encontrar en los medios de comunicación y que nos puedan resultar, como mínimo, educativos. Lo cierto es que últimamente hemos tenido esa sección un tanto aparcada, y aunque llevo ya tiempo queriendo retomarla hemos tenido una cierta escasez de noticias interesantes.

Por suerte, desde los Estados Unidos, nos ha llegado la asombrosa historia de la Prueba Irrecuperable.

Streetsboro, Ohio. Banco FirstMerit, alrededor de las diez de la mañana. Sin llamar la atención, un hombre entra caminando tranquilamente, llega a la ventanilla y entrega al cajero un pedazo de papel en el que exige que se le entregue dinero en efectivo. No tengo más datos acerca del contenido exacto de la nota, como más adelante podréis comprender, pero debió de ser lo bastante amenazadora, ya que poco tiempo después el hombre salía del banco con una buena cantidad de billetes en su poder, se introducía en un Ford Escort oscuro y se alejó del lugar. En ningún momento se supo que portase arma alguna.

Pocos minutos después, la policía de Twinsburg intercepta a un Ford Escort negro en la interestatal 480. El conductor, John H. Ford (35 años, de Cleveland, sospechoso de dos atracos más), es inmediatamente esposado y registrado. No se encuentran armas en sus ropas, pero se halla una pistola del calibre 38 en el asiento del conductor y una pila de billetes cubiertos de tinta roja en el del pasajero. Tiene que ser él.

John H. Ford es entregado a la policía de Streetsboro, que inmediatamente hace la pregunta clave, la que ha de cerrar el caso en una sola jugada: ¿Dónde está la nota?

Los agentes de Twinsburg se miran unos a otros. Nadie tiene la nota. El pequeño pedazo de papel que el atracador entregase al cajero del banco para intimidarlo no está.

La cosa es que, durante el registro del sospechoso sobre el capó del coche patrulla, apareció un papelito por alguna parte. Y los agentes que lo detuvieron lo saben. Quizás sea la nota que buscan. Así que, dado que los coches patrulla estadounidenses van equipados con videocámaras, deciden revisar la grabación del registro y averiguar qué ha sido de dicho papel.

Esto es lo que encuentran:



De inmediato comprenden la situación. No se vio ningún arma en el banco durante el atraco, no se sabe si el atracador llevaba alguna o si sólo pretendía intimidar con la notita, así que el hallazgo de la pistola no demuestra nada; lo único que podría situar al sospechoso en la escena del crimen es la nota amenazante. Una nota que bien podría ser el papelito encontrado en el bolsillo del sospechoso. Un papelito que el sospechoso no dudó en comerse mientras lo registraban. En menos de tres segundos.

Ahora es imposible saber qué había escrito en ese papel. La cámara no lo recoge, y cuando la evidencia sea (ejém) “expulsada” del cuerpo del sospechoso, las fibras del papel ya se habrán disuelto y no será posible su reconstrucción. La prueba, la que la policía confiaba en que fuese la clave para la solución de este misterio, ha desaparecido para siempre… y ha dejado atrás un video para demostrarlo.

Todavía no sé cómo acaba la historia, tengo alguna idea de cómo se podría resolver aunque voy a pedir que el primero que descubra algo nuevo por favor aporte más información; pero lo cierto es que, aunque tenemos la incoherencia, no tenemos la prueba a la que va vinculada. Sí, es demasiado sospechoso que el detenido, así por las buenas, se coma un papel; pero sin saber qué había en el papel, ¿qué demuestra todo eso?

Aparte de que resulta mucho más práctico atracar por medio de notas intimidatorias que a punta de pistola, claro; porque menuda indigestión habría supuesto comerse el arma. Al final va a resultar que lo de "Mi perro se comió mis deberes" funciona mejor cuando te detienen por atraco.

martes, 26 de mayo de 2009

Caso nº 00021: EL TESORO DEL EXILIADO (CERRADO)

Gervasio Peláez no podía tener menos de noventa años, y parecía estar más cerca del siglo. Sus ojos enmarcados en arrugas no eran capaces de ver más allá de su nariz, la cual goteaba constantemente. Su cuerpo, menguado con los años, no dejaba de temblar como una hoja. Le llevó casi dos minutos llegar desde la entrada de mi despacho hasta el asiento que se le ofrecía. Cuando finalmente consiguió sentarse, se quitó el raído sombrero con el que se tocaba y lo depositó sobre sus rodillas, descubriendo un rostro tostado por el sol pero marcado por cicatrices de toda una vida.

El tipo de persona, pensé, que aún enviaría cartas manuscritas a día de hoy. Y el tipo de persona que pediría ayuda para escribir una carta.

—En su carta decía que quería contratar nuestros servicios —dije para iniciar la conversación.
—Ustedes son detectives, ¿no es así? —titubeó con voz vacilante, pero con una firme determinación en sus ojos casi ciegos.
—Así es. Hemos resuelto ya un par de docenas de casos, asesinatos principalmente pero también robos y secuestros, e incluso un caso de amenazas…
—Necesito que me ayuden a buscar un tesoro.

Pausa dramática.

—Un tesoro —repetí.
—Me ha entendido mal. No estoy loco, joven. No es que tenga un mapa del tesoro perdido del pirata Barbanegra, si es lo que cree.
—No tengo datos suficientes aún para creer nada, señor Peláez. ¿Quiere contarme su historia?

Al saber que aún no estaba siendo juzgado, suavizó el gesto y comenzó.

—Mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, era constructor. Estaba bastante bien situado, tenía algunos cuantos contratos para gente de confianza del mismísimo Alfonso XIII, por lo que nunca nos faltó de nada mientras él vivía. Pero cuando empezó todo lo del Expediente Picasso, se empezó a obsesionar con atesorar todo lo que teníamos. Así que escondió la fortuna familiar en algún lugar de nuestra casa, pero nunca nos dijo ni a mi madre ni a mí dónde la guardó. Recuerdo que siempre la llamaba “El salvavidas”.

»Murió durante el golpe de estado de Primo de Rivera, por lo que mi madre y yo quedamos solos, arruinados y frustrados. Sabíamos que teníamos bastante dinero, pero no teníamos ni idea de dónde estaba. Madre murió poco después, por enfermedad, teniendo yo trece años. Así que me quedé completamente solo…
—Disculpe la interrupción —intervine—… ¿cómo pudo esconderlo todo en algún lugar de la casa familiar sin que ni usted ni su madre vieran nada?
—Madre y yo solíamos ir a visitar a mi abuela, en paz descanse. Padre solía quedarse en casa. Supongo que lo haría en una de esas escapadas.

»De cualquier manera, de algo tenía que vivir. Así que tuve que dejar la casa y empecé a trabajar como mozo de cuadras. Pero al estallar la Guerra Civil, se supo que mi amo había colaborado con los comunistas y tuvimos que irnos todos al exilio, primero a Francia y de ahí a México. Ahí es donde he pasado los siguientes sesenta y siete años de mi vida.

»¡Y no es que me queje! Allí pude desarrollar mis actividades artísticas. Me he estado ganando bien la vida en Latinoamérica, hasta que me empezó a fallar la vista. Me retiré, olvidado ya el tesoro de mi padre y decidido a vivir mis últimos años de vida con tranquilidad y tirando de lo que había podido ganar como pintor.

»Entonces fue cuando encontré esto —dijo, sacando lentamente un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Estaba entre las viejas pertenencias de mi padre, lo que me pude llevar conmigo. Es una especie de acertijo… no sabía lo que podía ser hasta que leí la última palabra.
—“Salvavidas” —leí—. Instrucciones dejadas por su padre para recordar dónde escondió el tesoro.
—Exactamente —replicó con un guiño—. Suponiendo que se trataría de eso, cogí el primer vuelo a España para comprobarlo. Pero yo ya no estoy para resolver adivinanzas, y mucho menos para poner la casa patas arriba buscando pistas. Mi memoria no es lo que era, y mis ojos ni le cuento.
—Por eso quiere contratarnos. Necesita ojos y cerebros extra.
—La fortuna es bastante grande, joven. Comprenderá que no tengo una cifra exacta. Pero si me ayudasen a encontrarla, les recompensaría con un veinte por ciento.
—Si me permite la curiosidad… ¿exactamente en qué consiste dicho tesoro?
—Dinero, joyas, y algunas obras de arte.

Carraspeé.

—¿Y qué… ejém… qué tipo de obras de arte?
—Jarrones, estatuillas, esas cosas.

Suspiré aliviado. Me preocupaba que don Gervasio entendiese como “Obras de Arte” lo que nosotros entendíamos como “almacén de pruebas, estanterías uno a treinta y ocho por ahora”.

—Es un poco arriesgado suponer que el tesoro sigue ahí después de más de medio siglo, si me permite el comentario…
—Tengo algunos ahorros. Si el tesoro no aparece, igualmente les pagaré por sus servicios. Pero sé que la vieja casa de mi familia sigue en pie, así que… estoy seguro de que el tesoro sigue donde mi padre lo dejó.
—Señor Peláez, tiene que entender unas cuantas cosas. En primer lugar, nosotros podemos encontrar lo que busca… si sigue estando ahí. Pero quizás le resultaría más fácil, rápido y económico derribar la casa y buscar entre los escombros. Si su padre era constructor, no me extrañaría que hubiera escondido el tesoro dentro de los tabiques.
—Oh, no, no, hay obras de arte en ese tesoro. No me gustaría dañarlas. A la casa claro que le tengo cariño, pero he vivido fuera de ella demasiados años como para ponerme sentimental.
—Y en segundo lugar, en la Sociedad del Misterio tenemos una política: si en dos semanas no hemos encontrado nada, consideraremos que el rastro se ha enfriado y que las posibilidades de éxito se reducen. Eso quiere decir que, si para entonces no tenemos resultados, cerraremos la investigación.
—Si eso ocurre… a menos que encuentre otra solución, haré caso de su sugerencia y derribaré los tabiques. Pero primero quiero intentarlo con las instrucciones de mi padre.

Las instrucciones. Sostuve el papel entre mis dedos, enguantados para no dejar huellas. Desde luego parecía una especie de acertijo demasiado largo... necesitaría saber cómo era la casa para encontrarle algo de sentido:

Empiezo mirando a mi ángel fijamente a los ojos. Un ángel siempre protege lo más sagrado, y me recuerdo que es eso lo que estoy haciendo. Desde ahí retrocedo seis pasos, giro tres cuartos de hora y avanzo hasta llegar a las escaleras. Al otro lado de las mismas, el pasado me recuerda que se me hace tarde, así que sigo caminando. Dejo que mi estómago me guíe, pero las paredes me oprimen así que huyo de ellas. Sin dejar de caminar en línea recta, pronto echo de menos las paredes, así que sin girarme vuelvo a ellas. Y desde aquí, donde guardo aquello que mi mujer y mi hijo nunca deben encontrar, escribo estas palabras en honor al salvavidas.


—Bien, creo que mi compañero el investigador Zalaya estará encantado de tomarle declaración. El Profesor Boniatus, que es ese amable caballero que vigila la cafetera como si le fuera la vida en ello, necesitará conocer la dirección de la casa. Y ya que lo menciono, ¿le apetece un café?

lunes, 16 de febrero de 2009

Caso nº 00019: UN REGALO EN LA OSCURIDAD (CERRADO)

La figura se desplazó dándole la espalda a las cámaras de seguridad. Era alto, voluminoso. Había abierto la puerta, y la alarma no sonó. Ni la normal ni la silenciosa. Se adelantó hasta el ordenador de seguridad, introdujo un disco en la unidad y las cámaras se apagaron.
Cuando se volvieron a conectar, una figura yacía en el suelo, desmadejada. Un cadáver en las oficinas de la Sociedad del Misterio.

El teléfono sonó a las seis cuarenta y cinco de la mañana. La mano tanteó, tiró un botellín de agua, aporreó la lamparilla hasta dar con el puñetero inalámbrico. Estaba al lado de un libro de criminología.
Ryder contestó.
—Mfffgl… ehem… Ryder… ¿Quién es?

Quince minutos después se había personado en la entrada de la Sociedad del Misterio.
Matilde López, señora de la limpieza que trabajaba para una empresa contratada por la Sociedad fue la que descubrió el cadáver, que, tirado, se hallaba en la misma entrada de las oficinas.
Ryder, quieto y con la mano en el mentón, analizó lo que veía, a saber:
1.- Un cadáver en la entrada de la Sociedad del Misterio.
2.- No había manchas de sangre ni arma homicida a la vista.
3.- Había una nota en el tablón de los anuncios.
4.- La nota sólo tenía en el exterior dos letras. A. K.
Rezaba lo siguiente:


“Siento despertarle, doctor, pero tenía algo entre manos y no sabía donde dejarlo. Confío en que aquí esté a resguardo, ya sabe, hay muchos carroñeros sueltos.
No lo he hecho por animadversión ninguna hacia ustedes. No quiero decirles mucho más, pero les diré que son los únicos en los que confiaría un asunto de ésta índole.
Atentamente:

A. K.

P.D: Dígale a Boniatus, de mi parte, que el café es excelente. Le alabo el gusto.”


Ryder llamó a la policía y a la plana mayor de la Sociedad: Tenía un cadáver en sus oficinas y había mucho que hacer…

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Tan pronto como el juez de instrucción lo ordenó, la doctora Irene "Watson" Garzón se encargó de levantar el cadáver. El detective Ryder le dedicó una mirada de despedida mientras su rostro desaparecía en una bolsa para cadáveres. Por el momento sólo habían conseguido su identidad: Carlos Duarte de la Torre, 40 años recién cumplidos, cirujano. Aparte de eso, nada más.
-Esto va a ser complicado, Jack -dijo la forense.
-Lo sé, mi equipo y yo nos pondremos a trabajar en cuanto...
-No, no me has entendido. Quiero decir que me huele a encerrona.
-Encontraremos a ese asesino, tranquila.
-No deberíais hacerlo.
-¿Perdona?
-Deberíais dejar este caso en manos de la policía.
-¡Irene! ¡Por si no te has dado cuenta, nos han dejado un cadáver en casa!
-Lo sé.
-¿Te das cuenta de cómo nos hace quedar eso?
-Como los principales sospechosos. Por eso la policía no se mostrará muy abierta a colaborar.
-¡Exacto! Y por eso tenemos que encontrar al asesino. Es la única forma de demostrar nuestra inocencia.
-¿Recuerdas lo que decía papá en estos casos?
Ryder suspiró.
-Piensa en ajedrez -continuó la doctora-. Si A. K. es la mente criminal que me has dicho que es, cada jugada tiene que estar ensayada para obligarte a reaccionar. Y como tú mismo has dicho, encontrar al asesino es lo único que demostraría vuestra inocencia... así que eso tiene que ser lo que quiere que hagáis.
-¡Pero...!
-Ya os pilló la última vez, ¿recuerdas? No puedes entrar en su juego. No si no quieres que se vuelva a salir con la suya.
El detective cayó derrotado sobre su silla.
-Arjona y yo nos ocuparemos de que esto se haga bien -añadió la doctora Garzón-. Vosotros nos habéis ayudado con un montón de casos... deja que ahora ayudemos nosotros.
-¿Me avisarás cuando determines la causa de la muerte?
Esa fue toda la respuesta que la doctora recibió. El detective Ryder estaba sumido en sus propios pensamientos, atrapado por ellos y sin ninguna intención de escapar.

La forense se despidió y salió del despacho. En la puerta se cruzó con el Profesor Boniatus, que la saludó cordialmente y pasó a hablar con el jefe.
-No he podido evitar escuchar la conversación. ¿Entonces vamos a hacerle caso? ¿Nos vamos a mantener fuera de la investigación?
-Sí y no, respectivamente -respondió Ryder con media sonrisa-. Irene tiene razón, es una encerrona, y ya hemos pasado por eso y no nos gustó la primera vez; pero... ¿qué consigue A. K. con que nos pongamos a perseguir al asesino?
-¿Que nos acusen de obstrucción a la justicia?
-No, eso sería "qué gana". Pero lo que consigue es distraernos del resto de las piezas de este caso.
-¿Qué resto de...?
-Averigua dónde estaba la consulta de la víctima. No menciones el asesinato. Vamos a seguir ese cabo, vamos a averiguar quién era Carlos Duarte para A. K. y por qué le quería muerto.

martes, 24 de junio de 2008

Caso nº 00011: LA ESCENA SIN CRIMEN (CERRADO)

Estábamos Jack y yo revisando los antiguos casos en la sede de la sociedad, cuando por la tele dieron la noticia. Había explotado una casa abandonada. Se trataba de una casa en las afueras, cuyo propietario, Mariano Hormigo había muerto décadas atrás sin dejar descendencia. La explosión había tenido lugar la madrugada anterior y según parecía había sido debida a un fallo con el gas. En el interior habían encontrado un cadáver carbonizado y sin identificar. La policía creía que era de un vagabundo que había entrado en la casa para pasar la noche. En resumen, había sido un accidente y que el pobre diablo había tenido la mala suerte de estar en el sitio menos indicado en el momento más inoportuno. Jack saltó de su silla cuando empecé a gritarle a la tele…

- Profesor… ¿Te ocurre algo?

- ¿Tú te crees esta mierda? ¡Esta claro que eso no es lo que ocurrió!

- ¿Y según tu que pasó?

- Para empezar, el cadáver no es de un vagabundo… Tú has visto las mismas imágenes que yo… La casa estaba vacía excepto por el cuerpo y cuatro muebles. ¿Dónde has visto un vagabundo que no vaya con todas sus pertenencias encima?

- Me temo que un tribunal no aceptaría eso como prueba…

- Ya, pero ¿No te parece cuando menos curioso que haya una explosión de gas en una casa que lleva treinta años abandonada? Es decir… ¿Cuanto gas podría haber en esa casa?

- Podía quedar algo en la instalación original.

- Jack… No puedes creerte eso

- Y no me lo creo. Lo único que te digo es que todo eso no es concluyente.

- Si, pero analízalo desde fuera, Jack. Un cuerpo que no debería estar allí aparece carbonizado en una casa, que, mira que casualidad, acaba de explotar. Creo que hicieron explotar la casa para librarse del cuerpo.

- La policía no ha encontrado ningún explosivo. Si lo hubieran encontrado, las noticias no dirían que fue un accidente.

- Jack, sabes tan bien como yo que se puede preparar una instalación de gas para que explote, y mas si hablamos de una instalación antigua…

- Profesor, no me entiendas mal, yo solo te digo que técnicamente tienes una escena sin crimen. ¿De verdad crees que puedes sacar algo de ahí?

- Creo que solo hace falta buscar bien, si eso es lo que me preguntas.

- Vale. Reúne un equipo y vete a tu escenario sin crimen.

Aquello me pilló a contrapié.

- ¿Lo dices en serio?

- ¡Claro! Creo que estas preparado para dirigir tus propios casos y esta es una buena oportunidad para empezar. Además, llevamos una temporadita sin novedades. No te lleves a todos los investigadores, por si entrase algún caso nuevo, pero no veo ningún impedimento para que investigues la explosión. Hablaré con la policía para que te permitan acceder al escenario.

Dándole las gracias a Jack, salí disparado revisando mi agenda. Había que reunir un equipo.

Mientras me dirigía hacia la casa fui rememorando lo que sabía de ella.

La familia Hormigo había vivido allí durante generaciones. La ciudad había ido creciendo hacia el norte y alejándose poco a poco de aquellas tierras, pero los Hormigo no quisieron dejar sus cultivos. Algunos se mudaron a la ciudad, pero conservaban la vieja finca como casa de veraneo. El último de los Hormigo, Mariano, vivió entre aquellas paredes hasta su muerte. No volvía a la ciudad si no era para vender lo que cosechaba o para comprar la bombona de butano de 12 kilos y medio que cargaba, según quienes lo recordaban, en su cochambrosa camioneta cada mes.

Los campos de cultivo ahora estaban secos. El sendero por el que la vieja camioneta de Hormigo viajaba a la ciudad permanecía escasamente cubierto de una vegetación aplastada. Según la policía, gracias a eso habían encontrado la forma de llegar hasta la hacienda, el lugar estaba en medio de ninguna parte. La casa, ahora medio derruida, conservaba el estilo rústico con el que había sido construida. La piedra no parecía de mala calidad, aunque la estructura se había debilitado con los años. La explosión solo había acelerado lo inevitable.

El inspector Cuervo me recibió al llegar, me acompañó a la entrada de la casa mientras esperaba que llegase el resto del equipo. “Aun podría haber algún nuevo derrumbe” me dijo, “Por si acaso no toquen nada que pudiera estar sosteniendo una pared” concluyó. Luego me dio una charla, insistiendo en que estábamos perdiendo el tiempo y que no había nada que averiguar.

- ¿Y si encontramos algo que demuestre que la explosión fue provocada? – Le dije

- Si lo encuentran, que no lo van a encontrar, tendrán que demostrar también que el vagabundo no fue el que provocó la explosión.

- En caso de que fuera un vagabundo.

- Lo que usted diga, si consiguen demostrar algo de todo eso, nos plantearemos escuchar sus especulaciones. Hasta ese momento, esto es una investigación cerrada y lo único que me queda por hacer es recordarles que procuren no matarse en este desastre.

Cuervo se despidió y nos pusimos manos a la obra. Decidí empezar por donde se encontró el cuerpo. Las fotografías de la policía lo situaban boca abajo y medio enterrado por los cascotes. El punto donde fue hallado estaba a unos cuatro metros del origen de la explosión. El espacio entre ambos puntos estaba despejado, así que técnicamente el cuerpo podría haber sido catapultado hasta ese lugar por la explosión. Quizás Vortice y su afición por las explosiones podrían concretarme ese punto.

Aunque la casa llevaba décadas abandonada, aun quedaban algunos de los muebles originales. Especialmente los más aparatosos y difíciles de transportar. Durante años la casa había sido lentamente saqueada. Apenas quedaba una amplia vitrina medio hecha trizas, un piano que se caía de viejo y las encimeras chamuscadas y astilladas de la cocina. Aquellos muebles parecían no haber sido barnizados nunca y todos habían sufrido los estragos de la explosión.

La instalación del agua también parecía haber sido saqueada, el cobre de las tuberías era extremadamente tentador para los ladrones, aunque el retrete también había sido arrancado de cuajo de su sitio, por lo que parecía bastaba dejar una casa abandonada unos años para que cualquier cosa que no pese demasiado se convierta en un botín apetecible. De todas maneras el suministro de agua había sido cortado hace años.

Finalmente me concentré en la cocina, el punto de origen de la explosión. La bombona de seis kilos que había allí, estaba, tal como era de esperar, cubierta de hollín y con la espita reventada. Revisando la goma era difícil determinar si las quemaduras que tenía habían sido causadas por la explosión o ya estaban allí.

Cuando estábamos a punto de irnos, tropecé con algo. Era la cubierta roja de plástico de un mapa callejero. Estaba deformada por el calor, pero el plástico parecía haber sobrevivido a la quemadura, aunque su interior no había corrido la misma suerte. La edición era reciente, del año actual. Aquello demostraba que alguien había entrado recientemente en la casa antes de la explosión; pero ¿Se trataría del misterioso cadáver… o de alguien mas?

martes, 3 de junio de 2008

Los Archivos de la Sociedad del Misterio: Casos 00001 a 00010.

Bien, equipo, lo hemos conseguido. La Sociedad del Misterio ha logrado resolver sus primeros diez casos. Robos, secuestros y, en su mayoría, asesinatos. Durante todo este tiempo hemos ido ganando renombre, algunos de vosotros habéis subido puestos en esta Sociedad, e incluso hemos llegado a ser tan importantes que nos hemos ganado un enemigo. Pero quizás algunos de vosotros os preguntéis en qué hemos ayudado, en qué hemos hecho cambiar las cosas.

Por eso he creído que os interesaría echarle un vistazo a esto. Durante estos diez últimos trabajos he estado haciendo un seguimiento de todas las personas implicadas. ¿Queréis saber qué ha sido de ellos?

Caso nº 00001: La Mano del Muerto

David Jiménez fue hallado culpable por el cargo de asesinato. Entró en prisión, pero pronto cometió dos intentos fallidos de suicidio. Su abogado recurrió la condena alegando enajenación mental. Actualmente está interno en el centro psiquiátrico El Arca. Si me lo preguntáis, diría que de la expresión “intentos fallidos de suicidio” nuestro buen David se volcó más en lo “fallido” que en lo demás. Su madre, enferma desde hacía tiempo y muy afectada por haber perdido a dos hijos, fue hospitalizada hace dos semanas; los médicos no le dan mucho tiempo de vida. Cecilia Ordóñez, ex-pareja sentimental de la víctima, había abandonado la ciudad para volver a casa de sus padres; pero cuando ha sabido del delicado estado de la anciana, volvió para hacerle compañía en el hospital. No hablan de Andrés; ninguna quiere hacerle daño a la otra. He sabido que, con ayuda de sus padres, Cecilia ha decidido empezar a estudiar Bellas Artes.

Caso nº 00002: El Asesinato del Doctor Watson

“Isabel Alterio”, la asesina a sueldo contratada para matar a Watson, cumple condena en una prisión de máxima seguridad; sin embargo debió conseguir un buen trato, porque a pesar de estar cumpliendo la condena íntegra tiene todos los privilegios imaginables. No así los policías corruptos que la contrataron. Ahora alguno de ellos dice que obedecían órdenes, y que por un buen acuerdo está dispuesto a revelar de quién provenían. Ninguno de los demás suelta prenda, pero tampoco parece importarles… la fiscalía no está muy convencida de que haya nada de verdad tras esa historia. En cuanto a la familia Watson, les está costando pero os alegrará saber que están saliendo adelante. Jaime ha pintado una serie de retratos de sus padres, basándose en viejas fotografías, y los expone ahora mismo en Nueva York; María ha decidido vender la casa, pero se la ha vendido a unos viejos amigos de la familia a los que visita con frecuencia, así que aún mantiene sus raíces; por supuesto ya sabéis cómo le va a Irene; y Samuel, el mayordomo, logró encontrar trabajo al servicio de un magnate del mundo editorial.

Caso nº 00003: Asesinatos Anticipados

Ernesto Núñez y Míriam Esquivel, los dos asesinos, cumplen sendas condenas por asesinato y conspiración para cometer asesinato en dos centros penitenciarios separados. El juez consideró que el riesgo de fuga era elevado, por lo que dictó sentencia sin fianza.

Caso nº 00004: La caza del Zorro

Diego Banderas, el asesino de Víctor García, cumple actualmente condena por asesinato. A día de hoy, sólo se arrepiente de haberse dejado coger con tanta facilidad. Simón Jimeno reunió el valor necesario y llamó a su antigua novia, Elena, a la que García había seducido en la fiesta de graduación. Pero como todos sabemos cuál es el cotilleo que realmente nos interesa… Antonio Vega y Patricia Mármol (la Catwoman de la fiesta) se estuvieron viendo durante dos semanas, antes de descubrir que se estaban poniendo los cuernos el uno al otro desde el principio. Ahora se habla de planes de boda.

Caso nº 00005: La escena y el crimen

Federico Aquino sigue escribiendo desde la cárcel. Especializado como estaba en crear personajes de criminales, para él la prisión es una especie de “oportunidad de oro”. Leopoldo Romero ya había decidido rodar el guión póstumo de Gabriel Rojas incluso antes de leerlo, a modo de homenaje. Cuando finalmente lo tuvo en sus manos, no se arrepintió de su decisión. La fecha de estreno está prevista para Diciembre de este año. En cuanto a Susana Montero, la secretaria, consiguió trabajo en la empresa de su novio. Hace dos meses cogió vacaciones y se fue de viaje. Desde entonces le tengo perdida la pista.

Caso nº 00006: El Faisán de Oro

Lo poco que sabemos del asesino es lo mismo que sabíamos hasta ahora. A. K. sigue burlándonos cada vez que nos lo encontramos. Ahora sabemos que fue un candidato a miembro del club, que se identificó como Edward Pierce, quien habló al presidente, Gerónimo Sáez de Vidal, de la Sociedad del Misterio seis días después del robo. La excusa fue la pasión de Sáez de Vidal por la literatura detectivesca. Edward Pierce es el nombre (probablemente falso) de la mente maestra que organizó el Gran Robo del Tren… así que creo que podemos adivinar quién era realmente ese candidato. Sáez de Vidal apenas recuerda nada de su cara, sólo que tenía una mirada penetrante y aguda. En cuanto al registro del barco de Quintanilla, por las marcas en el polvo sabemos que han desaparecido tres objetos de tamaño mediano, aunque no podemos saber qué tres objetos eran.

Caso nº 00007: Cinco días para morir

Ágata Castro sigue viva gracias a nosotros, pero también gracias a un enorme equipo médico. Su doctor le da poco tiempo de vida, esta vez por causas naturales. La enfermera, Berta Pocino, sigue cuidando de ella. Sus servicios los paga Ofelia Salazar, nuera de la víctima. Aída Cubero, la nieta, visita a su abuela todas las semanas y se asegura de que no le falte de nada. Nadie le ha contado nada de su secuestro, ni por qué su hijo, Héctor Cubero (actualmente cumpliendo condena por detención ilegal) no va ya nunca a visitarla. La buena mujer es feliz en su ignorancia.

Caso nº 00008: Réquiem por un payaso

Primero lo primero: os alegrará saber que el cuerpo de Jorge Brezo descansa ya finalmente en suelo sagrado gracias a nuestros descubrimientos. Su hermana Virginia nos da las gracias de todo corazón. En cuanto al resto de los implicados… Armando Mazas cumple condena por el asesinato de su compañero de escena. Su abogado está intentando recurrir su condena alegando enajenación mental. A la fiscalía le parece un poquito tarde para probar con ese farol. Violeta Sanpedro ha reforzado su amistad con Virginia Brezo, se han estado apoyando mutuamente; actualmente ensaya para su próxima ópera, Salomé, de Richard Strauss. Juan Nicolaides ha decidido dar un giro a su carrera y ha empezado a escribir una ópera por su cuenta. Y en cuanto a la participación de A. K. en este misterio… todavía no se ha determinado cómo supo nuestro viejo archienemigo que Mazas cometería el asesinato.

Caso nº 00009: Las tres muertes de Gonzalo Estrada

Águeda Benítez, la única víctima superviviente de Gonzalo Estrada, sufrió una recaída cuando supo que su hermano Pablo había sido detenido por asesinato; pero los cuidados médicos del Centro Arca para enfermos mentales la han ayudado a reponerse. Pablo sabe cuánto sufre su hermana, pero también piensa que ha hecho lo único que podía hacer para protegerla. Bernardo Ceballos opina lo mismo, aunque a día de hoy ha recapacitado sobre sus acciones y piensa que dejar escapar a un asesino sólo porque él mismo odiase a la víctima podría no haber sido una idea tan buena… ha comprendido que entonces no sabía si el asesino tenía intención de volver a matar. De quien apenas se ha vuelto a saber es de Alejandro Ruiz. Sigue vivo, pero ha cerrado la tienda y apenas sale de casa; según se rumorea, está pensando mudarse de barrio. Tal parece que su jugada de “decir que lo hice yo y convertirme así en el héroe de mis vecinos” le ha salido un poco al revés, y ahora es el hazmerreír del vecindario.

Caso nº 00010: El caso del tomo transformado

Simón Olazábal, el restaurador, aún está esperando al juicio, así que su abogado está preparando la mejor defensa que pueda fabricar. La fiscalía me ha pedido que participe como testigo, así que los que habéis participado en este caso estad atentos porque podría necesitar la colaboración de alguno de vosotros. El director del museo intenta limpiar su buen nombre tras el escándalo, pero por ahora no le va demasiado bien. Ahora que el director está demasiado ocupado con sus propios problemas, el becario, Casimiro Pino, y la secretaria, Nuria Osasuna, se han visto libres de la censura y han empezado una relación seria. Elías Monje, el vigilante nocturno, podría ser degradado por haber permitido el robo, pero personalmente no creo que le acabe pasando nada.

Ahí tenéis. La Historia de la Sociedad del Misterio hasta ahora. Como podéis ver, no hemos pasado precisamente inadvertidos… vuestro buen trabajo ha dejado su huella.

lunes, 28 de abril de 2008

Caso nº 00010: EL CASO DEL TOMO TRANSFORMADO (CERRADO)

Como ya sabéis por el caso anterior, el inspector Arjona es un viejo amigo de cuando trabajaba con el doctor Watson. Lo que puede que no sepáis (se podía deducir de nuestro último caso, aunque como era el primero en el que trabajabais con él no teníais con qué comparar) es que Arjona tiene un sentido del humor un tanto peculiar. Trabaja en homicidios, pero intenta enterarse de todos los casos que pasan por su comisaría. Y cuando encuentra alguno que le hace gracia, le gusta llamarme para ver qué soy capaz de hacer.

Uno de esos casos es el que nos ocupa en esta ocasión. He pasado una semana de viaje con mi encantadora novia (a la que espero poder presentaros algún día), así que apenas he abierto el correo. Pero a mi regreso he encontrado sobre mi mesa un sobre tamaño folio remitido por Arjona. Picado por la curiosidad, sin siquiera quitarme el sombrero me senté y lo abrí.

“Buenas tardes, Jack”, me saludaba, “y buenas tardes a tu equipo. Probablemente ya estés informado del asunto del robo en el museo Sonia Smith. Mis compañeros de Robos llevan un par de días trabajando en el caso sin resultado, y finalmente, hartos como están de oírme meterme con ellos, han decidido escucharme y hacerte partícipe de los datos de la investigación. Te envío el atestado. Te hará falta, al menos, para comprender por qué les he insistido tanto en que cuenten con tu equipo… ya que hay un dato que se ha ocultado a la prensa para evitar una mayor vergüenza al museo. ¡Que lo disfrutes!”

Antes de sacar el atestado del sobre, repasé mentalmente lo que había podido oír del robo al museo. Según tenía entendido, un antiguo tomo de valor incalculable, expuesto en la sala principal y protegido por un sistema de seguridad de última generación, había sido robado en plena noche. Dado que hasta que no me llamasen no tenía por qué distraer mi atención de mi viaje, no quise saber más del caso; por supuesto, sabía que la alarma había saltado al intentar escapar el ladrón, lo que parecía apuntar a un robo desde fuera; pero aparte de eso, no quise enterarme de nada más. Ahora que había vuelto de mis breves (y muy gratas) vacaciones, me parecía que sería un buen momento para dedicarle por fin algo de atención.

Entonces leí el atestado. Y en poco tiempo encontré qué era lo que le había hecho tanta gracia a Arjona. A continuación os incluyo todos los datos que puedo del mismo (algunos aparecen tachados para garantizar una cierta confidencialidad):

En la ciudad de XXXXXXXXXX y en su Jefatura de Policía Local, siendo la VEINTIDÓS horas y DOCE minutos, del día VEINTITRÉS de ABRIL de DOS MIL OCHO, por el funcionario perteneciente a este éste Cuerpo con número de identificación profesional número 007, que actúa como Instructor y Secretario-Habilitado, se extiende la presente para hacer CONSTAR:

Que a la UNA hora y TREINTA Y SIETE minutos del presente día, se recibe una llamada del Museo Sonia Smith alertando del robo del objeto central de la exposición, un antiguo tomo chino del siglo XV encuadernado en bambú, encontrándose en su lugar una caja de cartón llena de revistas pornográficas.

El vigilante de seguridad ELÍAS MONJE PÉREZ, que se identifica con Documento Nacional de Identidad número XXXXXXXXX, nacido el DIECISÉIS de FEBRERO de mil novecientos cincuenta y tres, en XXXX, provincia de XXXX, hija/o de XXXX y XXXX, con domicilio en XXXXX, en XXXX, provincia de XXXX, informa que en el interior del recinto se encuentran TRES personas, las cuales no deberían estar ahí.

Que debido a la proximidad del museo, el instructor se acerca al lugar de los hechos para investigar lo sucedido.

Que una vez personado en el lugar de los hechos se procede a la identificación de los susodichos, siendo además del vigilante ya identificado, el restaurador, quien mediante Documento Nacional de Identidad número XXXX, le acreditar ser y llamarse SIMÓN OLAZÁBAL YUSTE, nacido el TRES de MARZO de mil novecientos setenta, en XXXX, provincia de XXXX, hija/o de XXXX y XXXX, con domicilio en XXXXX, en XXXX, provincia de XXXX. La secretaria quien mediante Documento Nacional de Identidad número XXXX, le acreditar ser y llamarse NURIA OSASUNA PELÁEZ, nacida el CINCO de OCTUBRE de mil novecientos ochenta y dos, en XXXX, provincia de XXXX, hija/o de XXXX y XXXX, con domicilio en XXXXX, en XXXX, provincia de XXXX. Y el becario quien mediante Documento Nacional de Identidad número XXXX, le acreditar ser y llamarse CASIMIRO PINO MARTÍNEZ, nacido el CATORCE de JULIO de mil novecientos ochenta y cuatro, en XXXX, provincia de XXXX, hija/o de XXXX y XXXX, con domicilio en XXXXX, en XXXX, provincia de XXXX.

Que el (restaurador) estaba realizando labores propias de su oficio y declara no haber oído nada desde su taller, pues se encontraba absorto en la restauración de una tablilla sumeria. Que su taller está muy alejado de la puerta de entrada del museo, y que ya que fue en dicha puerta donde se disparó la alarma, él no pudo haber visto ni oído a nadie. Que estaba preocupado por el tomo robado, en cuya restauración había trabajado durante tres años, y que estaría dispuesto a ayudar proporcionando información sobre las necesidades especiales de traslado y conservación del citado objeto.

Que la (secretaria) se había quedado para preparar una reunión del director del museo con un coleccionista privado, organizada para el día siguiente al día de autos. Informando el vigilante que no conocía de que se encontraba en el museo, creyendo que se había ido. Que podría asegurar que informó al vigilante de su presencia, pero que la negativa del mismo la ha puesto en duda. Y que oyó pasos alejándose del despacho y en dirección a la puerta de salida, a la UNA hora y VEINTE minutos aproximadamente.

Que el (becario) decía que había entrado para recuperar unas notas que había olvidado en el interior del museo y que necesitaba con urgencia, y que después de recuperarlas no había sabido cómo salir. Que decidió ocultarse en lugar de buscar al vigilante de seguridad porque, al ser el nuevo, es habitualmente el blanco de las burlas del personal del museo, director incluido, y quiso ahorrarse el bochorno.

Que el (vigilante) aseguraba que desconocía de la presencia de estas tres personas, aunque ha reconocido que el restaurador se quedaba algunas noches hasta tarde con el permiso del director, y a veces a instancias del mismo. Que sabía de la tensión existente entre el director y su becario, por lo que no se sintió demasiado extrañado al saber que el citado se había pasado toda la noche escondido para evitar las burlas. Y que no consta que la secretaria hubiera notificado que permanecería en el museo hasta tarde.

Que no se han encontrado huellas en el escenario del crimen, pero sí se ha hallado una sábana de tejido grueso y opaco en el suelo. Que tras unas pesquisas preliminares, se ha determinado que es el mismo tipo de sábana que se utiliza para cubrir las cajas aún sin desembalar.

Que en las inmediaciones del museo, no hubo ningún testigo que viera ni oyera a nadie entrar en el recinto después del cierre, ni salir de él tras la alarma.


Comprenderéis ahora por qué os he hecho llamar. Habiendo una caja de porno de por medio, este caso es un trabajo para la Sociedad del Misterio.

lunes, 7 de enero de 2008

Caso nº 00006: EL FAISÁN DE ORO (CERRADO PROVISIONALMENTE)

A veces el trabajo de investigador resulta frustrante. Todos hemos trabajado con casos en los que no parecía haber ninguna prueba, pero en ocasiones ni siquiera hay un punto de partida.

El Departamento de Policía tiene un caso de asesinato entre manos. Varón, más de sesenta años. Causa de la muerte: traumatismo craneal contundente. Fue golpeado hasta la muerte, desnudado y abandonado en el campo a primeros de año. Unos adolescentes que habían ido a acampar bajo las estrellas lo encontraron el pasado día 4.

Hasta ahí todo parecía normal. El problema es que no hay manera de identificar a la víctima. Sus huellas no figuran en ninguna base de datos. No había documentación alguna. Nadie ha reclamado el cuerpo. Nadie ha denunciado una desaparición en los últimos días. Por si fuera poco, Irene (la cual os desea un feliz año nuevo desde su posición en el laboratorio forense, por cierto) nos informa de que no hay forma de deducir qué objeto se utilizó como arma del crimen: base rectangular, aproximadamente el tamaño de un folio, pero ninguna marca identificativa. No hay huellas sobre el cuerpo, no hay piel bajo sus uñas, el ADN encontrado era animal. Considerando la causa de la muerte y que el cuerpo se encontró en medio del campo, podemos descartar que un animal lo matase. Se sabe que el cuerpo fue trasladado, porque la hierba que se encontró en sus encías no se corresponde con la del lugar en el que fue encontrado. Pero de momento no se sabe dónde se cometió el crimen.

Sintiéndome impotente ante este caso, presenté mis disculpas a Irene y acudí a la cita de trabajo que tenía en el exclusivo club de caballeros “El Faisán de Oro”. Tiene su sede en un lujoso local a las afueras de la ciudad, con un amplio comedor con capacidad para treinta personas (el número de socios), una sala de lectura con chimenea (la más frecuentada en esta época), auditorio, sala de trofeos, bodega, pistas de pádel y piscina climatizada. Sólo hay dos formas de entrar en este club: siendo asquerosamente rico, o siendo familiar de un socio.

Gerónimo Sáez de Vidal (78 años, presidente del club) nos llamó esta mañana para encargarnos un caso de robo. Sería poco honesto negar que me sentía un poco decepcionado de investigar un robo teniendo un asesinato tan intrigante a la vista. Pero el trabajo es el trabajo. Cuando el señor Sáez de Vidal me recibió, se disculpó por el ruido de las máquinas (estaban arreglando una de las pistas de pádel), me hizo pasar rápidamente a la sala de lectura (donde, decía, el estruendo era menor) y cerró la puerta tras de sí.

Miré a mi alrededor. Hacía frío, ya lo había notado al entrar pero ahora que nos quedábamos quietos se hacía bastante más insufrible. Había manchas oscuras en las molduras de las paredes. Se habían afanado en limpiarlas, pero siempre quedan restos. Hollín, me arriesgaría a aventurar. Quizás ese club era algo menos elegante y algo más decadente de lo que siempre hacían ver.

—Gracias por venir con tanta rapidez —me dijo—. Se trata de un caso extremadamente grave, y no quería llamar a la policía.
—¿Sería tan amable de explicarme por qué? —dije con cierta desgana.
—Bueno, porque estoy convencido de que el ladrón es un miembro de este club. No pudo ser de otra forma, el robo ocurrió durante nuestra cena de Nochevieja. He estado haciendo mis indagaciones por mi cuenta… yo también soy aficionado a la investigación, ¿sabe? Pero no he conseguido nada. Y por eso acudo a ustedes, que como sector privado podrán evitar un escándalo para nuestro club.
—Entiendo. Bien, ¿qué les ha sido sustraído?
—Nuestro emblema y orgullo, señor Ryder —se lamentó—. La escultura del faisán de oro que da nombre a nuestro club.

Noté que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Bien, empecemos por lo básico. De todos los miembros de su club, ¿cuántos abandonaron la sede entre la noche del robo y este momento?
—Prácticamente todos. Debe entender que muchos de nuestros socios viajan por el mundo, y sólo vienen al club para las ocasiones especiales.
—Eso significa que, si realmente fue uno de ellos, probablemente su estatua ya haya sido fundida y vendida como nuevas piezas. Es consciente de ello, ¿verdad?

Casi pareció que le acababa de comunicar la muerte de un ser querido.

—Ellos no lo harían… sería deshonrar el buen nombre de este club.
—Señor Sáez de Vidal, les está acusando de robo. Si tiene usted razón, y ahora mismo no tengo pruebas que lo indiquen, cabría pensar que el ladrón no tiene en muy alta estima el buen nombre del club.

—Tiene razón, supongo que tiene razón —musitó—. Debe haber sido alguno de los más jóvenes, nuestras nuevas adquisiciones… Gustavo Hormigo, probablemente; entró aquí ocupando la plaza de su difunto hermano, y nunca me ha parecido que encaje del todo en este club. O Simón Montenegro, que creo que sólo está en el club por las cacerías anuales.
—Entenderá que no debemos descartar a ningún sospechoso. Supongo que tendrá un archivo con los datos de todos los socios, ¿no?
—Naturalmente… Le agradecería que esta investigación se llevara de la forma más discreta posible.
—Por supuesto.
—Sin la intervención de la policía, quiero decir. Tenemos una reputación, ya sabe.
—Por supuesto.

Sáez de Vidal me hizo entrega de un abultado archivador de acordeón. En el interior estaban, por orden alfabético, los expedientes de todos los miembros del club. Les eché un vistazo por encima, dispuesto a estudiarlos con más detenimiento en la oficina.

Entonces algo me llamó la atención. Inmediatamente saqué uno de los expedientes del archivador y se lo mostré a Sáez de Vidal.

—Supongamos, por poner un ejemplo, que yo le preguntara por este socio…
—Arturo Quintanilla —respondió—. El Aventurero, le llamamos. Vendió todas sus pertenencias hace tres años, salvo su barco, y desde entonces se dedica a viajar por el mundo… Oh, cielos, ¿cree que fue él?
—Un poco pronto para creerlo, de momento sólo estoy tanteando, pero ya que utilizamos esta hipótesis de trabajo… ¿diría usted que el señor Quintanilla tenía enemigos en este club?
—Ni en este club ni fuera, que yo sepa. Es un hombre muy generoso. Vive de su herencia, pero siempre saca algo del dinero que hizo con la venta de sus pertenencias para donaciones. Y aquí nos encantan sus historias.
—Entiendo… ¿Cuándo le vio por última vez?
—Pues… la noche de fin de año, sin duda, vino para la cena anual. Pero se fue de los primeros.
—¿Y no ha vuelto?
—Ya le digo que no tiene un domicilio, ni siquiera le queda familia. Vive en su barco. Después de aquella noche, tenía previsto viajar a Egipto.
—Entiendo. Bien, me pondré con su caso de inmediato. Procure no contar al resto de los socios sus sospechas, podría hacer peligrar la investigación.
—¿Mantendrá a la policía al margen?
—No puedo prometerle nada. Haré lo que pueda.

Salí de la sede del club con los expedientes de los socios bajo el brazo. Tan pronto como entré en mi coche, saqué el expediente de Quintanilla y marqué un número en mi móvil.

—¿Irene? Soy Jack. Creo que acabo de identificar a tu cadáver.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Caso nº 00005: LA ESCENA Y EL CRIMEN (CERRADO)

Como bien sabéis, la Sociedad del Misterio se define como una “consultoría criminalística”. Nosotros no somos la ley, no tenemos ningún tipo de autoridad, pero asesoramos al Cuerpo de Policía y a particulares siempre que haya un misterio por resolver.

Esto ha llevado a alguna que otra situación extraña, como la que nos ocupa. Hace algo más de un mes, cuando aún estábamos en mitad del caso del Asesinato del Doctor Watson, recibí por correo convencional una carta de Gabriel Rojas, guionista especializado en el cine de intriga. Se había adentrado de lleno en un nuevo proyecto, y quería saber si podríamos asesorarle para garantizar que la escena del asesinato que daría origen a toda la trama. Ocupados como estábamos resolviendo un caso, y más siendo yo uno de los principales sospechosos, no pude responderle en su momento.

Después de resolver ese misterio, recibí una segunda carta del guionista. Insistía en que quería que esta historia fuese perfecta y que estaba deseando trabajar con nosotros en este proyecto. Con gran amabilidad le respondí que la Sociedad del Misterio se encarga de asesorar en crímenes reales, y que aunque le agradecíamos la confianza depositada en nosotros nos iba a ser imposible ayudarle.

Con todo, no dejó de insistir. Decidí hacer algo de investigación por mi cuenta. Gabriel Rojas fue un buen guionista de misterio (no excepcional, pero bueno) hasta sus dos últimos trabajos. Esas dos películas fueron auténticos fracasos de crítica y taquilla. Desde entonces, y hasta la primera carta que recibimos, Gabriel Rojas pasó cinco años sin trabajar. Durante toda su carrera había formado equipo con el guionista Federico Aquino, su mejor amigo, pero tras su último fracaso no se les volvió a ver juntos. Según se ha sabido, Rojas consideraba a Aquino el responsable de sus últimos fracasos… algo a lo que el propio Aquino prefería no dar importancia. “Trabajemos por separado, de acuerdo”, ha dicho en más de una entrevista, “y cuando cada uno haya estrenado un guión ya se verá de quién era la culpa”. Rojas se volvió huraño, encerrado en su oficina día sí día también. Sólo su secretaria, Susana Montero, le veía con regularidad, y nadie que la conozca se explica cómo le ha seguido soportando cada día.

Y de pronto, hace tres meses, contactó con el director con el que más veces había trabajado, Leopoldo Romero, y le dijo que estaba preparando una nueva historia. Que sería la mejor historia de misterio que nadie hubiera leído jamás. Que nadie sería capaz de adivinar el final. Y que quería que la dirigiera él, que quería volver a trabajar con él en equipo, con sólo dos condiciones: nadie podría ver ni una página del guión sin su consentimiento (y eso incluía al director), y Federico Aquino quedaría fuera del proyecto. Desde entonces, ese proyecto cinematográfico ha sido el mayor de los secretos de la industria.

Recibimos su penúltima carta la semana pasada. Nos ofrecía una primicia exclusiva: el derecho a leer la página del guión en la que se relataba la escena del asesinato. Su intención era remitirnos esa página en breve, cuando se hubiera asegurado de que todo estaba bien escrito, y nos desafiaba a descubrir al asesino sólo con esa página. También decía que, si nos interesaba lo que pudiéramos leer, esperaba que le recompensásemos concediéndole por fin esa sesión de asesoramiento.

Esta última semana he estado terriblemente ocupado entre el seminario de criminología que he estado impartiendo y el congreso de nuevas técnicas de investigación criminalística al que fui como ponente (terriblemente mal organizado, se me han quitado las ganas de repetir). Pero cuando anoche por fin logré tener un momento libre, decidí acercarme por la oficina de Rojas para explicarle personalmente que no ofrecíamos ese tipo de servicios y pedirle amablemente que no se tomase la molestia de desvelar parte de la trama de su nuevo guión.

Imaginad mi sorpresa cuando, al llegar a la dirección del remitente, me encuentro con tres coches patrulla.

Nuestra aliada del laboratorio forense, Irene “Watson” Garzón, me dio la bienvenida a la que había resultado ser una escena del crimen. No podía explicarse cómo había llegado allí tan rápido ni quién me había avisado esta vez, pero se alegraba de ver que esta vez estábamos en el juego desde el principio. En la recepción de la oficina, la secretaria temblaba y lloraba. Ella había sido quien encontró el cadáver. Declaró que se sentía maltratada y humillada por él todos los días, pero que jamás le habría deseado algo como esto.

El cuerpo de Gabriel Rojas yacía inerte en el centro de la habitación. Herida de bala, orificio de entrada a escasos milímetros del esternón. Bajo su escritorio, del interior de una caja de cartón volcada aparecían esparcidas una serie de fotos pornográficas tomadas con cámara espía, en las que todas las caras habían sido recortadas. La caja fuerte había sido abierta y vaciada. Toda la sala había sido rociada con keroseno, especialmente las fotografías. La puerta de entrada había sido arrancada de sus goznes y todavía no había aparecido; pero frente al umbral, en el interior de la oficina, se encontró una navaja de barbero abierta, que la secretaria identificó como una propiedad del difunto.

No me cabía duda de que el asesino había sido interrumpido. Pero ¿cómo encajaban la puerta y la navaja de barbero en toda esta historia?

Tomé mis correspondientes notas y aconsejé a la policía que empezase por identificar a las personas de las fotografías. Cuando me aseguré de que tenía todo lo que podía conseguir hasta que el laboratorio forense obtuviera nuevos resultados, volví a nuestras oficinas a pensar en el caso.

Esta mañana he recibido nueva información. Una curiosa marca de nacimiento ha servido para identificar al hombre de las fotografías como Leopoldo Romero, el director. La mujer aún sigue sin identificar. Sabemos que las dos últimas películas que la víctima escribiera para Romero fueron sendos fracasos y que esto repercutió negativamente en la reputación del director. Por lo que podríamos tener, en principio, a un sospechoso bastante plausible.

Pero antes de que pudiera reflexionar sobre este giro de los acontecimientos, recibí por correo la última misiva de Gabriel Rojas. Esbocé una amarga sonrisa por la renombrada eficiencia de Correos, y abrí el sobre como última deferencia al difunto. En su interior, tal y como había prometido, se encontraba una copia de la página de guión que relataba el asesinato de su nueva película.

El cuerpo aparecía tendido en el centro de su habitación, con un agujero de bala. Bajo la mesa había una caja con fotos comprometidas, a todas se les habían cortado las cabezas. La caja fuerte abierta y vacía. La escena estaba completamente bañada en keroseno. Con las únicas excepciones de la puerta y la navaja de barbero, Gabriel Rojas había escrito su propio asesinato.