Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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lunes, 15 de diciembre de 2008

Caso nº 00017: ESCALERA AL CIELO (Segunda parte) (CERRADO)

Johann Radenauer era un hombre muy conocido y renombrado en determinados círculos, aunque menos cuanto más nos alejábamos de su Dusseldorf natal. Aunque su reputación había llegado al extremo de lo dudoso en varias ocasiones, y aunque se le conocía por sus pocos escrúpulos en sus métodos y a la hora de escoger clientes, seguía siendo considerado uno de los mejores detectives privados del mundo, y sin lugar a dudas el más caro de Alemania. El hecho de que ahora descansase en el depósito de cadáveres de nuestra ciudad no hacía sino complicar lo que prometía ser un caso sencillo.

En el momento de su muerte llevaba casos para tres clientes distintos en el momento de su muerte, ninguno de ellos español. Por desgracia, y aunque los nombres de sus clientes eran conocidos, en su oficina no quedaba constancia alguna de la naturaleza de sus investigaciones. Según había informado su secretario, Radenauer solía tomar notas de sus progresos en una libreta de la que nunca se separaba, y no era hasta que el caso estaba cerrado que pasaba estos datos a su ordenador. Al parecer ya había sufrido el ataque de un hacker una vez y no había vuelto a confiar en las máquinas durante una investigación en curso.

La policía alemana estaba investigando a los clientes, intentando averiguar cuál era el motivo de sus tratos con Radenauer. Pero todos sus clientes eran hombres ricos y poderosos, con ejércitos de abogados dispuestos a litigar hasta la muerte para defender su privacidad. Dos de ellos estaban bajo sospecha de serias actividades criminales, pero la policía llevaba siguiéndoles el rastro durante años sin conseguir encontrar nada sólido. No, si queríamos descubrir quién le había asesinado tendríamos que trabajar desde el final en lugar de confiar en el principio.

Hasta ahora trabajábamos para el injustamente detenido padre Froilán, y nuestro cometido era demostrar su inocencia. Pero ahora era el propio inspector Garcete quien nos pedía ayuda. Ahora, todos nuestros esfuerzos estaban puestos en cazar al asesino.

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El padre Piña esbozó una media sonrisa cuando me recibió en la iglesia. Supongo que para él aquello debía ser como su oportunidad para enfrentarse a Satanás en un combate de boxeo. Por fin el investigador jefe en persona. Me apresuré a dejarle claro que colaborábamos con la policía y que nuestra única intención era desenmascarar al asesino que había mancillado su parroquia.
Huelga decir que eso no le hizo mostrarse más cooperativo.

—Si el asesino fuese alguno de los pecadores de mi rebaño, tenga por seguro que yo lo descubriría y lo entregaría —protestó—. Su presencia aquí sólo sirve para perturbar una vez más la paz de la casa de Dios.
—El cuerpo apareció en la escalinata de su parroquia, padre Piña —repliqué, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no decir su apellido en plural—. Es normal que la investigación tenga que pasar por aquí. Y las pruebas, como ya sabrá, apuntan a que alguien trató de escapar pasando por encima de su gallinero.
—¿Y el otro investigador? —dijo con una mueca de desprecio—. El profesor algo, no me acuerdo, se comía pero no me acuerdo de lo que era…
—Siguiendo otra pista, padre. Como verá, no todo nuestro trabajo implica molestarle a usted. ¿Dónde está el padre Froilán? Tenemos algunas preguntas que hacerle.
—No ha tenido suerte. Acaba de salir a visitar a una familia de feligreses enfermos.
—Zalaya, nos vendría bien su testimonio —dije a nuestro nuevo jefe de departamento—. A ver si todavía lo alcanzas. Tomaré nota de todo lo que se hable y te lo pasaré en la oficina.

Con un gesto de despedida, Zalaya salió a la caza del sacristán. Piña y yo nos quedamos a solas.

—¿Qué tal ha salido el mercadillo? —pregunté, para tratar de limar asperezas.
—Todo vendido, hemos obtenido una buena recaudación —replicó con un gesto de incomodidad al ver a la policía ir al patio trasero y volver con tablas en las manos—. Al final la mitad de las pertenencias han vuelto a sus legítimos dueños, que han pagado para recuperarlas… pero en fin, supongo que el padre Froilán acertó, que de esta forma el rebaño se mostraría más dispuesto a hacer donaciones.

Anoté lo dicho, tal y como le había prometido a Zalaya, incluyendo el detalle de que Piña hubiera tenido cuidado de no decir “El padre Froilán tenía razón”.

—¿Qué saben del asesinato? —preguntó finalmente sin tapujos.
—No puedo responder a su pregunta.
—¿Quieren mi ayuda o no?
—Queremos su cooperación, padre Piña. Pero no podemos compartir con usted información confidencial de una investigación en curso. Seguro que un hombre de su posición lo comprenderá.

Sabíamos cosas nuevas, por supuesto. Sabíamos que el arma homicida, un cuchillo de hoja ancha y plana, había perdido la punta en el interior del cuerpo. Sabíamos que la víctima había llegado a España cuatro días antes de su muerte. Pero no íbamos a compartir esa información, y menos con Piña… porque también sabíamos que Radenauer había alquilado un apartamento con vistas a la iglesia. Un apartamento desde el que vigilaba a alguien que frecuentaba San Conrado. Un apartamento que Boniatus se estaba encargando de peinar.

—Está bien —gruñó con un gesto de disconformidad—. ¿Qué debo hacer para que se vayan pronto de aquí?
—Proporcionarnos una lista de sus feligreses y de las personas que ayudaban en la iglesia, poniendo especial hincapié en quién estuvo aquí en los siete días anteriores al asesinato; permitirnos entrar y tomar lo que necesitemos para nuestra investigación, sabiendo que le devolveremos todo aquello que no sea una prueba del caso; y ayudaría que estuviera dispuesto a hacer una declaración.
—¿Qué quiere saber?
—Dice que no conocía a la víctima. ¿Aún lo piensa?
—Naturalmente, si no lo conocí en vida mucho menos ahora.
—¿No oyó nada en el momento del crimen?
—Mi despacho está lejos de la puerta principal. Aparte de que no oigo demasiado bien.
—¿Qué estuvo haciendo en su despacho aquella noche?
—Preparar mi sermón del día siguiente.
—¿Podría demostrarlo?
—¡Soy un hombre de Dios, por todos los santos! —tronó perdiendo la paciencia—. ¡No tengo que demostrar mi inocencia ante semejante atrocidad!
—Sin embargo tampoco veía necesario demostrar que su sacristán era culpable —respondí, y me arrepentí en el mismo momento en que lo dije.
—El padre Froilán carece de disciplina, y tengo serias dudas sobre su vocación.
—¿Basadas en qué?
—¡En su excesiva indulgencia hacia el pecado! ¡Si por ese hombre fuera, en el Reino de los Cielos entraría cualquiera!

Anoté todo esto y decidí no explotar más esta vía. Estaba claro que aquél era un tema en el que el padre Piña no atendería a razones.

—Le confeccionaré esa lista, ya que así me lo pide —gruñó—. Y la policía puede retirar de mi iglesia lo que necesite, si me prometen que luego nos será devuelto. Ahora, detective, buenas tardes y disculpe.

Se dio la vuelta y volvió a ocuparse de vigilar que la policía no causaba ningún estropicio irreparable. No íbamos a sacar nada más de él... aunque en realidad tampoco podía decir que esperase sacarle tanto.

Di una vuelta por San Conrado. No espero llegar al nivel de Boniatus en su propio campo, sólo intentaba encontrar rastros de sangre medianamente evidentes, medianamente ocultos. Por supuesto no tuve suerte. Sabíamos que el asesino apuñaló a Radenauer en la escalinata, entró en la iglesia y escapó por el gallinero. Pero no teníamos nada más. Ni un arma, ni ADN, ni un rastro de sangre. Habíamos hecho nuevos descubrimientos... pero seguíamos estando en el mismo punto.