Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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miércoles, 24 de septiembre de 2008

LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL DOCTOR WATSON. Archivo Nº 001: El asesinato de Fermín Bueno

Damas, caballeros…

Hoy se cumple un año de la muerte de mi amigo y mentor, el doctor Juan “Watson” Garzón. Un turbio asesinato relacionado con una investigación por corrupción policial y en el que familiares y amigos de la víctima, yo mismo incluido, nos vimos implicados y convertidos en sospechosos. Un misterio cuya resolución nos dejó, quizá, con la sensación de que no lo habíamos descubierto todo.

El caso es que, os lo creáis o no, Watson nos nombraba en su testamento.

Así es. Si bien los bienes materiales han pasado a la familia, la Sociedad del Misterio hereda algo quizás más valioso, al menos para gente como nosotros. La única condición que figuraba en el testamento era que debíamos aguardar un año desde el día de la muerte de Watson, pero ahora que ese día ha llegado… Watson nos ha dejado en herencia sus archivos secretos, sus investigaciones sobre la corrupción que asolaba el departamento de policía.

Debo añadir que, aunque la única condición obligatoria era la del plazo de un año, Watson me sugería que os dosificase sus archivos, y que los utilizara como ejercicios prácticos para vosotros. Así pues, y siguiendo su voluntad, a continuación podéis leer el informe con el que Watson comienza su investigación… pero sin el razonamiento que le permitió llegar a la conclusión. Sabréis qué dedujo Watson, sólo tendréis que descubrir cómo lo hizo. ¿Qué os parece?

ARCHIVO Nº 001: EL ASESINATO DE FERMÍN BUENO
por el doctor Juan Garzón


Doy comienzo a este diario de investigación para asegurarme de que no me dejo nada en el tintero. Mi objeto de estudio es ni más ni menos que el cuerpo de policía de la ciudad. Puedo demostrar, y esta primera anotación servirá para ello, que existe una conspiración criminal entre algunos miembros del cuerpo. Lo que intentaré determinar en el resto de este diario es el alcance de dicha conspiración, tanto a quién implica como hasta dónde pretenden llegar.

Lo irónico es que probablemente no me habría dado cuenta de nada de esto si el agente Fermín Bueno no hubiera sido asesinado. Cuarenta y un años, casado, un hijo de siete años. Fue hallado muerto en una cabaña de campo de su propiedad, múltiples heridas y laceraciones pre-mortem, herida de bala mortal en la frente. Marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. Había un lapso de doce horas entre la herida más antigua y la mortal.

La policía ya había detenido a un sospechoso. Carlos Bordes Ferrón, asesino convicto, cuarenta y siete años. Mató a su mujer en el noventa y ocho, y luego asesinó a seis personas más. Detenido por el agente Bueno. Los psiquiatras que le han estudiado le definen como un sádico y un psicópata obsesivo. En la cárcel se le oyó hablar más de una vez de sus deseos de venganza contra el hombre que le detuvo. Fugado de la cárcel tres días antes del crimen. Sin coartada. Se negaba a responder al interrogatorio, presentaba un comportamiento hostil.

Las pruebas físicas eran bastante claras. Huellas en la escena y el cadáver. Cotejadas por expertos de la policía, encontrada coincidencia con el sospechoso. Colillas halladas en el garaje y en el ascensor del edificio de la víctima. Bastantes más colillas en la casa de campo. El ADN encontrado en ambas, cotejado nuevamente por los mismos expertos, incrimina al sospechoso. Varias herramientas encontradas en la cabaña (martillos, alicates, tenazas, incluso un hacha), todas ellas con la sangre de la víctima. Las heridas casan con las herramientas. La pistola, sin embargo, no se pudo encontrar.

Se requirió mi testimonio como experto forense en el juicio contra Bordes. Realicé la autopsia y emití mi dictamen. La víctima fue atada a una silla, torturada durante doce horas con saña pero con cuidado para no matarlo, y finalmente asesinada de un disparo en la cabeza. No se hallaron signos de lucha ni indicios de narcóticos, así que el asesino debió persuadir a la víctima para que fuera motu proprio a la cabaña y se dejase atar.

El compañero de la víctima, el agente Gabriel Hernando, me llamó antes del juicio y me pidió un favor personal. Su amigo y compañero había sido asesinado por un salvaje. Hernando quería que, en mi comparecencia, me asegurase de hacer hincapié en la coincidencia entre las pruebas encontradas y el sospechoso. Quería que no cupiese ninguna duda. Y dado que había muerto un policía, no me desagradaba la idea de evitar que el asesino se escapase por un tecnicismo.

Llegó el juicio. Mi presentación estaba preparada, bien documentada con los informes psiquiátricos del sospechoso. Asistí a la comparecencia del agente Hernando, emotiva y desgarradora, hablando de lo buen policía que era su compañero, de cuántas vidas salvó en acto de servicio y de lo intachable de su conducta. De cómo nunca aceptó un soborno, de cómo nunca mintió a un superior. El historial de un hombre que había muerto con la cabeza bien alta. Todo para dejar su nombre impoluto antes de ahondar en su asesinato.

Después habló el psiquiatra de la policía, doctor Juan Montes. El cuadro clínico y el historial delictivo del sospechoso eran impresionantes. En los últimos años, había volcado todo su odio y su obsesión hacia la víctima. Se indicó su modus operandi, brutal y despiadado: torturas, vejaciones, violaciones. En dos casos llegó a quemar a sus víctimas, aunque se aseguró de que se las pudiera identificar: quería que la gente supiera cuánto les despreciaba. Era un hombre fuerte que gustaba de la intimidación. Incluso entre rejas, disfrutaba amenazando a las familias de sus carceleros.

La última comparecencia antes de la mía fue la de Ramón Sambenito, de la policía científica. Reconstruyó la escena tal cual ocurrió para que el jurado supiera a qué clase de monstruo nos enfrentábamos: cómo el asesino esperó a la víctima hasta que entró a solas en el ascensor, cómo le asaltó allí mismo y le amenazó con matar a su hijo si no le acompañaba, cómo le obligó a ir a la cabaña donde finalmente fue torturado y asesinado. El tiempo, la calma con la que se cometió el crimen. La premeditación.

Mi turno. Repasé mis notas, analicé lo que había oído en el juicio, subí al estrado y me limité a detallar cómo había muerto el agente Bueno. No ahondé en la psique del criminal, que a fin de cuentas no era mi campo. No profundicé en el contexto de la víctima, sobre el que quizás ya se había dicho todo lo que se podía decir. No relacioné mis hallazgos con las pruebas físicas, no tenía sentido aburrir al público con información que ya tenían. Pero sobre todo, no dije más que lo que yo había podido observar con mis propios ojos porque no quería que el jurado se dejase influenciar por una información errónea.

En cuanto salí de la sala, ignorando las protestas del agente Hernando, volví a mi despacho y comencé a investigar por mi cuenta. Ahora sabía que no sólo el asesino no era el hombre que estaba en el banquillo de los acusados, sino que alguien de la policía intentaba, en el mejor de los casos, encubrir al auténtico responsable...


[...]



¿CÓMO SUPO WATSON QUE EL ASESINO NO ERA CARLOS BORDES?