Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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miércoles, 19 de agosto de 2009

Caso nº 00022: EL ASESINO ASESINADO (CERRADO)

—Sammy el Hurón —musité—. Quién iba a decir que acabaría así.

El flash de la cámara de Boniatus iluminó por un segundo el cadáver que yacía a mis pies. Samuel Preciados, alias “Sammy el Hurón”. Asesino a sueldo, de los más caros. Especializado en lo que él mismo llamaba "trabajos de limpieza": la eliminación de cualquier rastro dejado atrás en un crimen... incluyendo al criminal.

Causa de la muerte, herida de bala en la cabeza. No dejaba de ser irónico.

—Gracias por venir tan rápido —me dijo el subinspector Roberto Alterio—. Esta semana estamos algo cortos de personal.
—Es lógico, con la mitad de Homicidios en el Congreso de Criminología. ¿Quién ha quedado al mando del departamento?
—Mendoza.
—Pues gracias a ti por llamarnos, Roberto.
—A mandar. Mendoza puede decir lo que quiera, pero en el departamento no hay nadie que se lo crea.
—Ya, pues si la gente se lo creyera un poquito menos quizás no nos habrían retirado la invitación al Congreso —gruñí entre dientes—. ¿Quién lo encontró?
—Un vecino oyó el disparo y nos llamó. Luego oyó un portazo, pero cuando salió a mirar ya no había nadie. Los demás vecinos de la planta confirman esta versión.
—Zalaya, ve a ver si puedes sacarle algo más a los vecinos —dije a nuestro jefe de departamento de testimonios y declaraciones —. Esto va a ser jodido, Roberto. El Hurón tenía enemigos en todo el submundo criminal. La lista de sospechosos va a ser interminable.
—Lo sé. Por eso os he llamado, si conozco bien a Mendoza cerrará el caso a la primera de cambio, por falta de pruebas, y encima se chuleará de que no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más. Prefiero que lo veáis vosotros primero… y si hay que cerrarlo, al menos sabré que se ha hecho todo lo posible.
—Arjona escoge bien a su equipo, Roberto. ¿Profesor?
—Piso franco —opinó Boniatus—. Casi sin amueblar, sólo cosas de trabajo. No sacaba mucho la basura, pero sólo hay una bolsa llena y una segunda recién empezada… Se instaló hace poco. Las vistas no son gran cosa, una fachada da al supermercado y la otra a la fachada del edificio de al lado. Habría que asegurarse, pero dudo que escogiera el piso por la ubicación. Con la reputación del Hurón, no creo que su objetivo esté por esta zona.
—A ver si podemos averiguarlo pronto. ¿Qué tenemos del portátil?
—Los datos están encriptados, me llevará un ratillo —replicó uno de los técnicos de Jnum.

La víctima presentaba orificios de entrada y salida. La bala le atravesó la cabeza, así que debió acabar en alguna parte. Pregunté a Boniatus a ese respecto.

—Junto a la ventana —me indicó—. Necesitaremos algo más de equipo para determinar la trayectoria y calcular el punto de origen, me temo.
—¿Roberto?
—Haré lo que pueda, pero no podré pedir un equipo hasta que Mendoza haya sido informado… así que a partir de ahí depende de él.
—¿Y crees que estará dispuesto?
—Pues no sé yo, Jack. Entre tú y yo… está un poco de mala leche porque Arjona ha ido al Congreso de Criminología y él no.
—¿Cómo era aquello que decías antes? ¿Eso de “no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más”?

Hubo algunas sonrisas de asentimiento entre mis jefes de departamento. Para mi sorpresa, también se nos unieron algunos de los uniformados personados en la escena.

—Jack, tenemos un problema —avisó el técnico de Jnum.

Me aproximé al ordenador. En pantalla aparecía un correo electrónico.

—¿Qué tenemos?
—El trabajo para el que fue contratado el Hurón. Una limpieza. No tenemos el nombre ni la descripción de su objetivo, me temo… Hay comunicaciones anteriores que no han dejado rastro, o al menos aquí se menciona una, quizás ahí hubiera más datos. Pero sabemos que su presa iba a ser otro asesino, que el Hurón no debía eliminarlo hasta que hubiera terminado su trabajo… y tenemos el momento y el lugar. Y no te va a gustar.

El cursos seleccionó una frase del correo para hacerla más visible.

—Oh, no.
—Sabemos que el Hurón no terminará su trabajo —explicó Jnum—. Pero eso nos sigue dejando con el primer asesinato. No sabemos quién y no sabemos a quién, pero van a matar a alguien este domingo a medianoche… durante la cena de clausura de las Primeras Jornadas Internacionales de Criminología y Derecho Penal.

Sopesé esta información. Un asesino sin rostro, una víctima sin nombre, y menos de cinco días para impedir el crimen... y si actuábamos antes de tiempo, si interveníamos sin saber tras quién debíamos ir, podíamos alertar al asesino de nuestra investigación.

—Deja que Boniatus termine de procesar la escena, danos diez minutos de ventaja y avisa a la central de lo que tenemos aquí —pedí a Alterio—. Os cedemos este caso, sabemos que Mendoza no nos querrá intentando resolver este asesinato y no nos vamos a meter; pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitar el segundo crimen.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Caso nº 00014: DESDE PRUSIA CON AMOR (CERRADO)

La Sociedad del Misterio no había abierto aún ese día. El zumbido de los ordenadores y equipos era lo único que se dejaba escuchar.

Poco a poco la vida retornó a tomar pulso en los pasillos y despachos. Jack Ryder, investigador jefe, fue el segundo en llegar. Cruzó el pasillo tras encender todas las luces y se dirigió al despacho con el correo en la mano. Al poco el Profesor Boniatus llegó con una taza-termo y fue a ver directamente a Ryder. Jnum entró como una bala, periódico en mano y se dirigió igualmente al despacho de Ryder donde éste conversaba con Boniatus.

A las 10:13 minutos Ryder se incorporó de súbito y salió sin dar explicaciones hasta el panel de corcho donde los miembros de la sociedad se dejaban notas, se colgaban los memorándums, invitaciones y esas cosas.

Sacó de uno de sus bolsillos un guante de látex y cogió una nota. Con un gesto le indicó a Boniatus que trajera una bolsa de pruebas.

Con grueso rotulador negro de alcohol habían escrito:

Tercer cajón, archivador azul de su despacho, señor Ryder.


Efectivamente en el cajón había algo: un pequeño dossier, fotografías y una llave. Tras investigar un poco, Ryder descubrió que se trataba de la escena de un crimen. Pero lo que realmente le inquietó fue el post-it adherido a la cubierta del dossier, con las palabras "Feliz aniversario" mecanografiadas.

-- o --


Tras ponerse en contacto con la policía, ésta le remitió al oficial que se hacía cargo de la investigación, Evaristo Mendoza, un leonés de unos cincuenta años, con un grueso bigote blanco y ojillos de ratón.

—La víctima por la que usted pregunta, señor Ryder se llamaba Verónica Salas, hija de una acaudalada familia de empresarios catalanes. Estudió —aspavienta unos papelazos, hasta coger uno de ellos—… Bioquímica, licenciada Cum Laude. Trabajó un tiempo para una empresa de desarrollo de prótesis de cirugía plástica. Allí conoció a un doctor que la reclutó para su equipo, pero lo dejó a los seis meses.

»Hasta la fecha de su muerte trabajó en una empresa química dedicada al desarrollo de tintes. Ahora viene lo curioso. Esta muchacha trabajando en un lugar repleto de productos tóxicos muere en su casa por intoxicación cianhídrica superaguda. O sea, cianuro, de lo más clásico. Muerte en unos dos o tres minutos.

»Barajamos la hipótesis del suicidio en primera instancia. No tenía problemas con el trabajo ni sus compañeros, pero sabemos que arrastraba unos serios problemas personales de índole más profunda: hacía un año había interpuesto una demanda por acoso sexual contra su anterior jefe que fue desestimada. Hace cosa de un mes el caso se retomó, después de un carpetazo de seis meses.

»Necesitó atención psiquiátrica después del acoso sexual, y posteriormente sufrió una leve depresión. Se incorporó a su nuevo puesto de trabajo perfectamente, pero los compañeros dicen que la veían distante, huidiza y fría. Nunca hablaba con nadie ni se relacionaba.

»El portero de su bloque afirma que tenía novio, si bien no pudo darnos una descripción útil. Se escucharon gritos en su apartamento dos días antes de su muerte y un fuerte portazo. Hecho una furia, dice el portero, que se fue el novio, calándose el sombrero. Y dos días después, muerta.

»Encontramos una poma de ácido prúsico, cianuro, en la mesita de café del salón. Una pena. Era hermosa la chavala.

El viejo policía le tiende a Ryder una carpeta con el archivo del caso y se despide de él cordialmente.

Boniatus le espera en el coche.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta.
—Mucha información que no nos dice nada y mucha colaboración sobre un caso caliente en el que nadie investiga en condiciones. Demasiados cabos sueltos para mi gusto.
—¿Pero tenemos algo?
—Indicios de que podría ser un suicidio. Es difícil envenenarse con ácido cianhídrico sin darse cuenta, el olor del cianuro es demasiado característico, y más cuando trabajas habitualmente con él. La ausencia de nota de suicidio es algo contradictoria, pero no todos los suicidas se despiden.
—Entonces… ¿aceptamos el caso o no?

Ryder ojeaba distraído las fotos del expediente cuando se topó con una de la cocina. Nevera abierta. Bolsas de la compra sobre la encimera. Armarios de cocina abiertos.

—Creo que vamos a echarle un vistazo —respondió—. Sé que no es concluyente, pero ¿quién se suicida dejando la compra a medio colocar?

martes, 26 de febrero de 2008

Caso nº 00008: RÉQUIEM POR UN PAYASO (CERRADO)

Los que estéis más al tanto del panorama cultural ya habréis leído la noticia del fallecimiento del tenor Jorge Brezo, con tan solo 28 años. Era una joven promesa de la ópera, que había pasado de papeles de relleno al rol del barón Duophal en La Traviata y de ahí a Canio en I Pagliacci, su primer papel protagonista y sin duda el más dramático y sentido de todos. Su agente y sus compañeros de reparto se han mostrado desolados, como podréis leer en las siguientes declaraciones en prensa:

Juan Nicolaides (52 años, soltero, agente artístico del difunto): Se lo advertí. Le advertía que se implicaba demasiado con su personaje… Si eso no le mató, desde luego lo intentó. En las últimas semanas había llegado a tener hasta pesadillas. Aún no puedo creer que al final haya acabado así. Y en su mejor momento. La crítica aplaudió su Duophal, pero ¿su Canio? ¡Su Canio le iba a convertir en una leyenda! Conservaba todo el dramatismo, pero ¡qué amenazante! Hemos perdido a uno de los grandes, créanme.

Violeta Sanpedro (27 años, soltera, Nedda en I Pagliacci): No me lo creo. Sencillamente no me lo creo. No puede haber pasado. La noche anterior habíamos estado de cañas los tres, con Armi. Una noche de las buenas, de las que al final Armi y yo le tuvimos que llevar a su casa y todo. No me entiendan mal, Jorge apenas bebía salvo cuando teníamos algo que celebrar, y su Canio estaba cosechando tantos éxitos que esa noche salimos a festejarlo. Se le veía tan normal… No me puedo creer que haya pasado esto. No se lo merecía.

Armando Mazas (38 años, soltero, Beppe en I Pagliacci): Jorge era un genio. Era brillante, en serio. Con todos los años que llevaba yo ya en este mundillo, creo que no había visto a nadie tan joven llegar tan alto. ¡Canio antes de los treinta! El sueño de todo tenor. Sé que el espectáculo debe continuar… pero no va a ser nada fácil. Y por favor, dejen estar el tema de las drogas. Jorge no se drogaba, no tomaba nada que no le hubiera prescrito el médico, y esa noche me dijo que ni siquiera iba a necesitar su medicación. Un poco de respeto por un difunto, por el amor de Dios.

Falleció hace ya una semana en circunstancias aún por determinar: la autopsia ha encontrado somníferos en su cuerpo y en su dormitorio, pero las pruebas para determinar si se trataba o no de una sobredosis han resultado inconcluyentes. La prensa rosa y la amarilla, naturalmente, ya han apuntado a una no probada drogadicción, así como a un posible suicidio. Ya sabéis cómo son estos casos: la mayoría de las veces es imposible demostrar nada, pero a este tipo de revistas parece darle igual. Con todo, la versión oficial es que se trató de una muerte accidental.

Y ahí debió quedar la cosa. Pero cuando Virginia Brezo (30 años, casada, hermana del fallecido) quiso dar sepultura a su hermano, el padre Benito Piña (63 años, párroco, obviamente soltero) se negó en redondo, argumentando que “si Jorge resultaba haberse suicidado, habría cometido un pecado mortal y no podría ser enterrado en Suelo Sagrado”. Las súplicas de Virginia, feligresa de la parroquia del padre Piña desde pequeña al igual que su hermano, no sirvieron de nada.

Así que la señora Brezo solicitó nuevas pruebas. Según el forense que lleva el caso de Jorge Brezo, estas nuevas pruebas tardarán entre diez días y dos semanas, y aún no hay garantías de que vayan a dar mejores resultados. Pero ante la preocupación de la hermana, el forense habló del caso con una colega suya, nuestra buena amiga Irene Watson… y ella le habló de nosotros.

Reconozco que no acepté este caso con demasiada convicción. Conozco los detalles de la investigación. Es un callejón sin salida. Incluso si se confirmara la sobredosis, sería demasiado difícil determinar si fue accidental o voluntaria. Con todo, y como andábamos algo escasos de trabajo, decidí que bien podíamos echar un vistazo, sólo por si veíamos algo que a la policía se le hubiera escapado.

Esa misma noche, Boniatus y yo acudimos al apartamento del difunto. Un trabajo rápido: estudiar el lugar en el que se encontró el cuerpo, intentar aprender algo de cómo vivía Jorge Brezo, posibles motivos de suicidio, algún otro problema de salud que se les hubiera pasado por alto.

—¿Qué sabemos por ahora? —preguntó el Profesor.
—La mujer de la limpieza llamó un par de veces a la puerta antes de abrir con su llave, como hacía siempre. Encontró el cuerpo de Brezo tendido en la cama y se sorprendió, pero pensó que estaba durmiendo y le dejó a lo suyo mientras limpiaba el resto de la casa. Cuando intentó despertarle para limpiar el dormitorio, descubrió que ya era tarde. Tenemos fotografías de la escena, las traigo aquí, pero he preferido que lo veas in situ.
—¿Se ha interrogado a la mujer de la limpieza?
—Claro, pero ¿qué esperabas que descubrieran? No hay indicios de que sea algo más que un accidente o un suicidio.
—No sé, sólo pensaba que, si fuera un asesinato, sería muy conveniente para el asesino que alguien limpiara la casa antes de descubrir el cuerpo.
—Tienes mono de asesinatos, ¿eh? —comenté con media sonrisa.
—Bueno, es que el último caso fue un secuestro, y claro…
—¡Pero si tuvimos hasta caja de porno y todo!
—Eso sí te lo tengo que recono…

Rápidamente le hice una seña para que guardase silencio. No tardó en comprender lo que ocurría: al otro lado del rellano, la puerta del apartamento de Brezo estaba entreabierta.

Moviéndonos en silencio, con los cinco sentidos alerta, nos acercamos a la puerta del apartamento y nos pegamos a la pared. Desde el interior nos venía el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, alguien revolviendo objetos. La leve luz de una linterna barría el apartamento. Oímos lo que nos pareció un suspiro de alivio. Al parecer no éramos los únicos que pensábamos que podíamos encontrar algo en ese lugar.

Desenfundé mi arma, hice una señal a Boniatus para que estuviera preparado y me dispuse a abrir cuidadosamente la puerta. Pero entonces se oyó el ruido de cristales rotos y unos pasos corriendo en dirección a la ventana. ¡Sabía que estábamos allí! Derribé la puerta de una patada e irrumpimos en el revuelto apartamento de lujo. Pero el intruso ya había salido por la ventana, el sonido de sus pisadas le situaba en la escalera de incendios.

—Quédate aquí —sugerí.
—Puedes necesitar ayuda…
—¡Quédate aquí y asegúrate de que no entre nadie más! —insistí—. Sea lo que sea que estuvieran buscando, no nos interesa que vuelvan a por ello.

Sin esperar respuesta, sabiendo que el tiempo apremiaba, salí a la escalera de incendios. Era rápido, había que concedérselo: para cuando puse el pie en el primer escalón, ya estaba en la calle. Corrí todo cuanto pude, le perseguí por entre el tráfico. Me llamó la atención que vestía ropa excesivamente colorida. También observé que corría agachado. Mi móvil vibraba en mi bolsillo, pero en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.

Finalmente entró en un callejón. Pero cuando doblé la esquina, me encontré cara a cara con el cañón de una pistola. Sabía que no me daría tiempo a apuntarle con la mía antes de que disparase… Error de principiante. Al menos ahora estaba seguro: mi presa, la persona que me estaba apuntando a la cabeza, iba vestida de bufón y llevaba la cara pintada.

Retrocedió un par de pasos sin dejar de apuntarme. No dijo una palabra, pero yo ya creía estar bastante seguro de que no tenía intención de disparar si no era necesario. Decidí arriesgarme y levanté mi propia arma… el disparo del bufón me agujereó el sombrero. Cerré los ojos por impulso. Para cuando los volví a abrir, el bufón había desaparecido. Traté de dar con él, pero parecía haber desaparecido a la salida del callejón. Pregunté a los viandantes, rebusqué por los portales y finalmente di con una tapa de alcantarilla abierta. Pero el rastro ya se había enfriado. Había perdido al tirador.

Con un gruñido de frustración, me saqué el móvil del bolsillo y descolgué.

Jack, soy Irene— saludó la voz de nuestra buena amiga al otro lado de la línea—. Tengo novedades del laboratorio forense. Una dosis monstruosamente elevada de secobarbital.
—¿Secobarbital? ¿Barbitúricos?
Sí, ya sabes que se utilizan para el tratamiento del insomnio, y se sabía que el tenor lo padecía. También ha sido la causa de la muerte de más de una celebridad, como Marilyn Monroe o Charles Boyer. Una forma muy glamourosa de morir, si me perdonas el comentario. Siento haberte metido en esto, Jack, me temo que al final va a ser un suicidio.
—Ya, pues ¿sabes qué? Yo lo dudo bastante.