Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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martes, 18 de marzo de 2008

Caso nº 00009: LAS TRES MUERTES DE GONZALO ESTRADA (CERRADO)

Gonzalo Estrada (cincuenta y dos años, desempleado, soltero) nunca había sido precisamente una buena persona. Expulsado de dos colegios cuando niño, a los dieciocho años ingresó en prisión por primera vez por un delito de lesiones. Bebedor, violento y grosero, se ganó una terrible reputación en el barrio del Pinar, donde se había criado y donde siempre había vivido. No obstante, a los treinta y cinco años, violó y asesinó de una puñalada a una joven del vecindario, Luisa Ceballos (veintidós años, manceba de farmacia, soltera). El asesinato no fue premeditado, según parece ni siquiera fue intencionado, la joven intentó huir y Gonzalo Estrada perdió el control… pero ese hecho sólo sirvió para que otras dos vecinas, África Nieto (treinta años, dependienta de una tienda de comestibles, casada) y Águeda Benítez (quince años, estudiante de instituto), reuniesen finalmente el valor para confesar a sus familias que también habían sido violadas y amenazadas por Estrada. El posterior registro de su domicilio sirvió para encontrar una caja con fotografías de sus víctimas desnudas. Fue condenado a treinta años de cárcel. Salió ayer en libertad condicional, tras cumplir las dos terceras partes de su condena.

Esta mañana se ha encontrado su cuerpo sin vida en el vertedero municipal. Presentaba una única herida subclavicular. El informe del forense dictaminó que la muerte había sido instantánea: la hoja seccionó varios vasos sanguíneos y nervios, amén de provocar una punción pulmonar. Junto al cadáver se encontró un cuchillo de limpieza manchado con su sangre.

Decir que nadie en el barrio lloró su muerte sería accesorio a estas alturas. Pero creo que ni aún así podíamos esperar nada de lo que ocurrió a continuación.

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Llegué a comisaría tan pronto como pude. El Inspector Arjona, un viejo conocido de los tiempos de Watson, me esperaba con una cierta impaciencia. Me llamó la atención la sonrisa socarrona que intentaba borrar de sus labios.

—Gracias por venir, Jack —me saludó, y me guió por los pasillos de la comisaría—. Sabes que normalmente nos gusta resolver estas cosas por nosotros mismos, pero esta vez hemos coincidido todos en que tendríais que echarle un vistazo a este caso.
—¿La muerte de Gonzalo Estrada? Sí, algo he leído. ¿Tenéis alguna pista?

A modo de respuesta, me condujo hasta una sala de interrogatorios. Al otro lado del espejo, podía ver a un hombre sentado con una mirada serena.

—¿Quién es? —pregunté.
—Alejandro Ruiz. Cuarenta y ocho años. El viudo de África Nieto, una de las víctimas de Estrada. Es el tendero del barrio. Se ha declarado autor del asesinato.
—Cómo, ¿ya?
—A primera hora de la mañana. Su mujer se suicidó poco después de que Estrada ingresara en prisión, él quería vengarse, así que le estuvo siguiendo por la noche, vio que se acercaba de nuevo a su tienda en la calle Cereza y decidió tomar cartas en el asunto. Le agarró por la espalda, le apuñaló por encima de la clavícula, limpió y tiró el arma a la basura, y luego se deshizo del cadáver. No se arrepiente, se siente orgulloso de lo que ha hecho y está dispuesto a aceptar la condena como un hombre. Lo único que sí nos pide es una reducción de condena a cambio de revelar el paradero del cadáver.
—Pero el cadáver ya ha aparecido —musité—. Se encontró esta mañana en el vertedero.
—Sí, bueno… es que éste llegó antes de que se encontrara el cuerpo.

Tomé nota de estos datos. Pero a veces me pasa que oigo antes de escuchar, retengo lo que me han dicho pero no es hasta unos segundos después que me doy cuenta de su significado. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que acababa de oír.

—Perdona, ¿has dicho “éste”?

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—Pablo Benítez —presentó el inspector Arjona al joven del otro lado del segundo—. Treinta y tres años, estudiante de medicina. Hermano de Águeda Benítez, otra de las víctimas. Se entregó tan pronto como se supo que había aparecido el cadáver de Estrada.
—¿Dos hombres se han entregado por el mismo crimen?
—Historias similares. Su hermana tenía quince años cuando fue violada, y eso la trastornó hasta el punto de haber acabado recluida en el Centro Arca para enfermos mentales. A partir de ahí, casi todo es lo mismo que nos ha contado Ruiz: le sigue por la noche, llegan hasta Calle Cereza, ve que Estrada vuelve a acercarse a su casa, decide asesinarlo, le agarra por la espalda, le apuñala sobre la clavícula. Se conforma con saber que su hermana está a salvo y que el violador ha pagado por su crimen, y está dispuesto a aceptar la condena con dignidad. Dos diferencias: dice que tiró el cuerpo a un contenedor cercano, y que tiró el arma a la alcantarilla.
—Pero se encontró un arma junto con el cuerpo —observé—. Es más, si luego vas a entregarte, ¿por qué deshacerte del arma?
—Dice que al principio no pensó en entregarse, pero que lo ha estado estudiando durante toda la noche y que le parece lo más honorable.
—Así que tenemos a dos hombres que confiesan el mismo crimen. Ambos sienten que son héroes por haber matado a una amenaza para el barrio. Pero sólo había una herida, así que está claro que uno de los dos miente. Quieres que averigüe quién es el inocente, ¿no?

Arjona sonrió. Puse los ojos en blanco.

—Tiene que ser una broma.

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—Bernardo Ceballos —anunció Arjona, mientras yo contemplaba al hombre mayor que aguardaba al otro lado del tercer espejo—. Sesenta y tres años. Policía, a dos años de su jubilación. El padre de la víctima mortal de Estrada. Llegó diez minutos después que Benítez.
—¿Y su historia?
—Sabía de sobra que Estrada no se merecía la condicional. Que volvería a las andadas. Así que anoche, cuando debería haber estado de servicio, pidió a un compañero que le cubriese y firmase en su nombre y fue a seguirle. Y cuando lo vio paseando por el barrio, esperó a llegar al polideportivo de la calle Manivela para cogerlo a solas, lo acuchilló y lo llevó en un saco al vertedero. Luego quemó el saco. El arma, dice, se la dio a un vagabundo al que aún no hemos conseguido encontrar. Pero éste es el dato que da más verosimilitud a la historia: la causa de la muerte de Estrada es exactamente la misma que la de la hija de Bernardo. Ambos recibieron la puñalada en el mismo sitio.
—Está bien, a ver si lo he entendido. Tenemos un cadáver con una única herida, un arma manchada de sangre y tres sospechosos orgullosos de confesarse culpables del asesinato. No hay más que una herida, así que sólo uno de ellos pudo hacerlo, ¿no?
—Básicamente sí.
—Y lógicamente en el cuchillo no se habrán encontrado huellas…
—Eso habría sido lo normal.
—No me digas que se han encontrado huellas de los tres…
—No, no es eso, a ver, efectivamente no hay huellas. Pero tampoco hay tejidos, se ha encontrado sangre de la víctima pero no epiteliales, tejido muscular, nervioso ni pulmonar. Y por si te parecía poco… la forma de la hoja no casa con la de la herida.
—Arjona, amigo mío—dije marcando el número de Boniatus—, la Sociedad del Misterio acepta encantada el desafío.