Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Etapa 3 - Caso nº 00029: EL LADRÓN DESAPARECIDO (CLAUSURADO)

El amanecer traía consigo un viento helado que se agarraba a nuestros huesos en un abrazo cruel. La mañana se había despertado triste y lluviosa, como si el sol hubiera decidido que no merecíamos verle hoy.

Pese a todo, sabíamos que el recibimiento que nos esperaba iba a ser mucho, muchísimo más frío.

Jack, Zalaya y yo respiramos hondo al unísono, sin ensayarlo, preparándonos para lo que estaba por venir, y avanzamos hacia la escalinata de entrada. Una escalinata que, por suerte o por desgracia, conocíamos demasiado bien.

—¡No! —tronó una voz desde lo alto—. ¡Ni hablar! ¡Me niego en redondo! ¡Ustedes no pueden entrar aquí!

—¿De verdad tenemos que hacer esto? —pregunte con un hilillo de voz.

—Es la única pista que tenemos para encontrar a Martínez —respondió Jack entre dientes.

Suspire. Tenía razón. Martínez robó algo de nuestras oficinas y algo de las de Carlos Ashmoor. La única relación entre ambas víctimas era el caso Ruby… y la información robada a Ashmoor hacía referencia a una fundación pro-vida dispuesta a reabrir ese caso una vez más. Cada robo nos había conducido hasta el siguiente escenario, era lo único que teníamos.

La gran putada es que el promotor de dicha fundación no era otro que el padre Benito Piña.

El sacerdote descendió las escaleras de la Parroquia de San Conrado hecho un basilisco, su calva cabeza encendida en un tono rojo brillante y perlada de un sudor impropio para el clima que estábamos padeciendo. Detrás de él, asomándose atropelladamente por la puerta de la iglesia, su sacristán, el Padre Froilán, hacía tímidos amagos de detener al párroco. Pero incluso habiendo tratado pocas veces con él, nosotros ya habíamos aprendido que nada ni nadie detenía al Padre Piña.

—¡La última vez que les dejé entrar, pusieron mi parroquia patas arriba! ¡Detuvieron a una de mis feligresas! ¡Desbarataron todo mi mercadillo benéfico!

—Su feligresa era una asesina, padre, como bien recordará.

—¡La vez anterior, defendieron la blasfemia y la indecencia más indefendibles!

—Tratábamos de impedir un asesinato. Que éste fuese a producirse durante el rodaje de una película porno era irrelevante.

—¡Y la vez anterior a esa, cuestionaron mi buen juicio a la hora de dar o no sepultura a un suicida, por el amor de Dios!

—No fue su juicio lo que se puso en duda, sino la causa de la muerte.

—¡Son ustedes el mal encarnado! ¡Son personas non-gratas en esta Casa de Dios!

—Padre, debo protestar —terció el padre Froilán—. Usted mismo lo ha dicho, ésta es la Casa de Dios. No nos corresponde a nosotros cerrarle a nadie sus puertas.

—¿Pero qué se ha creído? ¡Esta es mi parroquia! ¡Estos hombres son unos sucios degenerados y entrometidos! ¡Y usted ya no es digno de mi confianza, se lo recuerdo!

—Mateo, siete uno —replicó el sacristán visiblemente hastiado del comportamiento del párroco.

Sorprendentemente, estas palabras consiguieron lo que nadie creía posible: callar a Benito Piña.

—Les ruego disculpen esta escena —se excusó el Padre Froilán—. ¿A qué debemos esta visita?

Saliendo del estupor que aún tenía atrapados a Zalaya y a Jack, recobre la compostura y avance un paso.

—Sí, perdone, no queremos molestar, pero estamos investigando una serie de robos y el nombre de la Fundación Pro-Vida San Conrado ha salido a relucir durante nuestra investigación.

—¿Somos sospechosos? —preguntó el párroco.

—Oh, no, sabemos quién fue el ladrón. Sólo intentamos seguirle la pista, y parece que ese hombre estaba especialmente interesado en la fundación que dirige el Padre Piña.

—Es una fundación legítima —puntualizó el párroco—. Defendemos el divino derecho de todo ser humano a la vida. La pena de muerte es una abominación a los ojos de Dios.

—No cuestionamos eso. ¿Pero tienen algún enemigo?

Los sacerdotes intercambiaron una mirada algo confusa.

—¿Quién iba a tener algo contra nosotros? —preguntó el sacristán.

—¡Somos hombres de Dios! —añadió el párroco—. ¡No hacemos daño a nadie!

—Con el debido respeto, quisieron negar la sepultura a una víctima de asesinato tomándolo por un suicida.

—¿Ve? —protestó Piña a su sacristán—. ¿Qué dice su Mateo ahora, eh?

—“Te lo advertí”, creo, ¿por?

El padre Piña contuvo sus palabras una vez más. Se volvió nuevamente hacia nosotros.

—Está bien. Pueden preguntar lo que quieran, y pueden echar un vistazo. Pero esto sigue siendo una Iglesia, aquí sigue viniendo gente a rezar, y no toleraré que perturben la paz de esta parroquia. Así que adelante; pero espero que se den prisa en comprender que no tenemos nada que ver con su investigación.

—Cinco días, padre, es lo único que necesitamos —dije—. Mi compañero Zalaya se encargará de hacerles algunas preguntas, y si no tienen inconveniente, el jefe Ryder echará un vistazo por su parroquia.

—Cinco días —repitió Piña—. Ni uno más.

Estreche la mano del padre Piña para dar el acuerdo por cerrado y nos apartamos de los sacerdotes para deliberar.

—¿Podrás encargarte? —Pregunto Jack.

—No es el primer caso que dirijo, y tenemos al padre Froilán en nuestro bando. No será tan difícil. ¿Tú tendrás algún problema con la escena?

—La única dificultad estará en qué considere Piña que es “perturbar la paz de la parroquia”. Pero tranquilo, sabré arreglármelas.

—Recordad el SMS —puntualizó Zalaya—. No estamos buscando sólo pistas del paradero de Martínez… también tenemos que averiguar quién nos mandó ese mensaje y qué quería decir.

—Cada cosa a su tiempo, pero sí, deberíamos estar pendientes. ¿Todos listos?

—Listo —replicó Zalaya.

—Listo —Asentí.

—Muy bien. Profesor, el caso es tuyo.

martes, 30 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Intermedio 2 -

—Esto es lo que hemos averiguado —dije.

Carlos Ashmoor nos siguió por toda su sala de documentación mientras le explicaba, con todo lujo de detalles, los hallazgos de Boniatus. El falso techo, inviable. La ventilación, inaccesible. La única posibilidad: la puerta de entrada.

—Como puede ver —indicó Boniatus—, la única explicación lógica es que el ladrón entró del mismo modo que nosotros. A eso añadamos que tenía que saber dónde buscar… Sospecho que el ladrón conocía el lugar, o bien obtuvo información de alguien que lo conoce.
—¿Cree que compró esa información a uno de mis empleados?
—O que quizás sea uno de sus empleados—apuntó Zalaya—. Según he oído, uno de ellos se ha comprado un cochazo recientemente, y hay alguno de baja.
—En cualquier caso, el ladrón sabía lo que buscaba —concreté—. No se habría tomado tantas molestias sólo para robar algo al azar. Lo que cuadra con el modus operandi de nuestro ladrón.
—No creo que sea suficiente. Que el ladrón sepa lo que buscaba es algo demasiado genérico. ¿Cómo sabemos que no se trata de un caso idéntico a los anteriores?
—Es la primera vez que ha faltado algo en su sala de documentación —intervino Boniatus.
—¿Disculpe?
—Su empleado, el señor Ponce, me ha dicho que nunca antes habían llegado a echar nada en falta. Si les han robado antes, el ladrón copiaba los datos y devolvía el original. Esta vez se lo ha llevado. No es el mismo ladrón, o bien esta vez el cliente quería los originales.
—Encaja con nuestro caso, pero no con los suyos anteriores —concluí—. No es su mismo ladrón de siempre.
—No lo entiendo —musitó Ashmoor—. Lo único que la Sociedad del Misterio y Ashmoor Comunicación tienen en común es al Asesino del Destornillador.
—Quizás haya habido alguna novedad al respecto.
—No, ninguna, sigo el caso de forma activa…

De pronto algo pasó por la mente de Ashmoor.

—… a no ser…
—¿Qué?
—La información robada. Se trata de los datos de un cliente nuestro, una nueva fundación pro-vida. Tienen la intención de presentar batalla a la pena de muerte en Estados Unidos, para empezar. Que es, recordarán, donde Peter D. Gordon está condenado a muerte.
—Un nexo de unión. Tendremos que hablar con esa fundación. ¿Dónde podemos encontrarles?

Ashmoor nos pidió un momento y comenzó a buscar en su ordenador. En ese mismo momento sentí en mi bolsillo el zumbido de un SMS entrante… y por la reacción de mis jefes de departamento comprendí que a ellos también les había pasado.

—¡Lo tengo! —exclamó Ashmoor—. Aquí está la dirección.

Nuestro anfitrión imprimió los datos de la fundación. Razón social, dirección postal, nombre del promotor de la idea. Me lo tendió tan pronto como salió de la impresora.

Claro. Nosotros y nuestra suerte.

—¿Cree que les será de alguna ayuda? —preguntó.
—Habrá que hacer lo que se pueda —comenté, tratando de no traslucir mi descontento—. Seguiremos esta pista, gracias. A cambio, acepte nuestro consejo: averigüe qué pasa con esa baja y con ese cochazo.

---

Tan pronto como salíamos por la puerta del gabinete de Ashmoor, mis jefes de departamento me preguntaron qué era lo que me había disgustado tanto. A modo de respuesta, les puse en las manos el papel que Ashmoor me había impreso. Boniatus lo cogió de inmediato.

—Oh, mierda —se lamentó.
—¿Te encargas tú? A ti ya te conoce.
—Qué remedio.
—Uhm, chicos… —avisó Zalaya mirando su móvil—. ¿Vuestro SMS es igual que el mío?

Leímos la pantalla de su móvil, e inmediatamente consultamos los nuestros. Efectivamente, los tres habíamos recibido el mismo mensaje desde un número oculto:

“¿Le queréis? Le tengo. Venid a buscarlo”.

lunes, 22 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Etapa 2 - Caso nº 00028: DE MENTIRAS Y ROBOS

Lo que empezó como una mentira se había convertido en una investigación por robo. El “señor Martínez”, que tanto anhelaba contratar nuestros servicios, había optado por irrumpir en nuestro almacén de pruebas y robarnos una revista. Sólo una revista. Boniatus había revisado el almacén una docena de veces y no había encontrado nada más fuera de lugar.

Eso nos dejaba con sólo una vía de investigación. Dado que ese hombre se había esforzado en no regalarnos ni tan siquiera una huella dactilar parcial, y dado que probablemente ni siquiera su nombre fuese auténtico, sólo teníamos el objeto del robo para investigar.

Así que, una semana después y tras asegurarnos de que no teníamos nada más, me presenté en el gabinete de relaciones públicas de Carlos Ashmoor. Hacía tiempo que no veía a aquel caballero, y en ocasiones pienso que me habría gustado visitarlo en otras circunstancias. Pero por desgracia, no tendría el placer de coincidir con él si no era por motivos de trabajo… y del mío, no del suyo.

Si he de ser sincero, lo primero que me extrañó fue cuánto tardó Ashmoor en recibirme. Quería creer que, a primera hora del lunes, le pillaría con poca faena por delante, y la infalible puntualidad británica de Ashmoor me confirmaba, fuera de todo género de dudas, que estaba en su despacho cuando llegué. Sin embargo me tuvieron esperando tres cuartos de hora antes de recibirme, cuarenta y cinco minutos de miradas inquietas por parte de una decena de empleados.

Cuando finalmente me hicieron pasar, quedé sorprendido por lo que encontré. La siempre aguda y penetrante mirada de Ashmoor había quedado reducida ahora a un par de puntos de angustia y stress por encima de su nariz. Me dedicó una cordial sonrisa cuando entré, pero podía notar que era forzada. A su invitación, tomé asiento y esperé a que me preguntase.

Aún así, la pregunta me cogió por sorpresa:

—No negaré que sus habilidades siempre me han impresionado, señor Ryder, y normalmente prefiero sentarme, disfrutar del espectáculo y tratar de seguir sus razonamientos por mí mismo; pero esta vez tengo que preguntárselo: ¿cómo ha sabido lo del robo?
—¿Disculpe?
—Por eso ha venido, ¿no es cierto? Por el robo.
—Así es… Disculpe, ¿cómo ha…?
—¿Qué quiere decir con…?

No sabría decir quién de los dos lo pilló primero. Pero él lo dijo en voz alta antes que yo.

—A ustedes también les han robado, ¿verdad?
—¿Cuándo ha sido? —pregunté.
—Hace dos semanas. ¿Ha sido la revista?
—Así es. La única explicación a mi visita, ¿verdad?
—¿Han podido ver al ladrón?
—Sí pero no sabemos quién es. No tenemos huellas, ni una identificación.
—Ya han tenido más suerte que nosotros.
—¿Cree que ambos robos están relacionados?
—Puede ser. Pero claro, es un error teorizar sin pruebas, ¿no es así?
—Sin duda —dije con una sonrisa franca.

Ashmoor me devolvió la sonrisa. Por un momento los dos lo tuvimos claro: ayudarle a él podría ayudarnos a nosotros.

—¿Qué les ha desaparecido?
—¿Qué puede desaparecernos a nosotros?
—Información.
—Comprenderá, supongo, que no puedo revelar la naturaleza de dicha información. Podría perjudicar la imagen de nuestros clientes, sin mencionar la de nuestro gabinete.
—Lo comprendo, pero nos ayudaría al menos saber sobre qué clientes trataba dicha información.
—Me es imposible revelar esa información.
—Señor Ashmoor, entienda que cualquier dato que nos ayude a esclarecer estos robos…
—Como hemos acordado hace un momento, sería un error teorizar sin pruebas. No sabemos si ambos robos están relacionados, y mientras no lo sepamos no veo que exista ningún motivo por el que dicha información deba ser revelada. Mi negocio se dedica a la imagen, señor Ryder. Muchos de mis clientes dependen de mi discreción.

Contuve mi impulso de responder. Ashmoor tenía razón, no podía basar mis argumentos en que resolver su robo esclarecería el nuestro, pero no por ello dejaba de ser una vía de investigación. Necesitábamos averiguar si existía una conexión. ¿Hasta qué punto podíamos prescindir de esa información?

—Le propongo algo —dije entonces—. Echaremos un vistazo al lugar del robo. Hablaremos con su gente, incluso con usted mismo, para recopilar toda la información posible. Investigaremos este robo, y si encontramos algo que lo relacione con el nuestro, usted compartirá algo más de información con nosotros. De esta forma no tendrá que revelar nada si no es estrictamente necesario.
—Hm, no es una mala opción —meditó Ashmoor—. Huelga decir que, en el caso de que dicha información deba revelarse, esperaré de ustedes la discreción de unos profesionales.
—Naturalmente.

En fin. No eran las condiciones óptimas, pero sabía que Carlos Ashmoor colaboraría con nosotros tanto como sinceramente pensase que podía. Además, era la única pista que teníamos para dar con “Martínez”.

—¡Bien! ¿Por dónde empezamos?

sábado, 13 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Intermedio 1 -

Ya era tarde y el señor Martínez (si es que ese era su nombre) no se presentaba. Poco a poco, los investigadores de la Sociedad del Misterio dejaban que el cansancio pudiese con la curiosidad y se retiraban, instándome a avisarles si había alguna novedad en el caso. Al final, ya sólo quedábamos los jefes de departamento y yo.

A punto estábamos de darnos por vencidos cuando nuestro esperado visitante finalmente apareció. Se presentó con la misma mirada de desconfianza que la primera vez. Tomó asiento sin ser invitado y esperó un par de prudenciales segundos antes de preguntar.

—¿Cuándo pueden empezar con mi caso?

Zalaya carraspeó.

—Bueno, verá, señor Martínez… Esta es la situación. Somos una consultoría privada, lo que significa que nos reservamos el derecho a escoger a nuestros clientes. Y aunque su caso nos resulta francamente interesante, bueno… Existe una serie de impedimentos que deberían ser arreglados antes de…
—¿De qué está hablando? —inquirió Martínez con una mirada de desesperación.
—Iré directo al grano. Nos ha mentido. Sabemos por su reloj que su último destino no ha sido Canarias. Sabemos por su miedo que no es escultor. Sabemos por su historia que no huyó del país cuando nos dijo. Sabemos por su trabajo que no se dedicaba a la falsificación. Incluso sabemos por sus guantes que no es Eduardo Martínez. Estaremos encantados de ayudarle con su problema, pero primero usted tendrá que confiar en nosotros.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. Si quiere que resolvamos su caso, tiene que ser sincero con nosotros. No podemos trabajar si no sabemos cuánta de la información que tenemos es veraz.

Martínez se levantó de la silla hecho un basilisco. Boniatus y yo nos tensamos en el acto, dispuestos a impedir cualquier tipo de agresión. Pero no hizo falta: nuestro visitante se contuvo en el último momento, como si hubiera decidido que eso no iba a servir de nada.

Como una exhalación, salió del despacho dando un nuevo portazo. Se habían convertido ya en su especialidad.

—¿Me he pasado? —preguntó Zalaya.
—¡Deja de preguntar eso! Le has puesto las cosas claras, simplemente. Si quiere nuestros servicios, que acepte nuestras condiciones.
—Si es que ya le vale, jefe… Yo en estos casos me pregunto qué pretende la gente. Engañarnos no, nos lo ha puesto muy fácil, así que ¿qué?
—¿No te has quedado con ganas de saber a quién quería que investigáramos? —pregunté.
—La verdad es que sí. Pero bueno, si se lo piensa ya volverá y nos contará la verdad para que podamos empezar a…
—Algo va mal —interrumpió Boniatus.
—¿Qué?
—Ha tardado más de lo normal en dar el segundo portazo.

Y sin decir más, salió corriendo del despacho. Zalaya y yo nos miramos y le seguimos a toda prisa. Pero antes de que diéramos con él…

—¡Agente caído!

Guiándonos por su voz, recorrimos la sala común, pasando entre las mesas de los investigadores, hasta llegar a la entrada del almacén de pruebas. Y allí estaba: el agente Rabbit, el guardián de nuestro almacén, tumbado en el suelo sin conocimiento.

—¿Cómo está?
—Saldrá de esta. Jack, ese tío ha cogido la llave del almacén.

Me fijé en la puerta de nuestro almacén de pruebas, a la espalda del Profesor Boniatus. La llave estaba aún en la cerradura, y la puerta abierta de par en par.

Relevé a Boniatus: si teníamos una escena del crimen, él era el mejor para investigarla. Mandé a Zalaya a perseguir a nuestro visitante, y verifiqué que el agente Rabbit no había sufrido daños irreparables. Después me uní a Boniatus en el almacén.

—¿Qué falta?
—Poca cosa, Jack. Martínez no parece haber tocado mucho. Tendría que echar un vistazo más a fondo, pero así a primera vista… diría que sólo falta esto.

Señaló hacia un estante donde yacía una caja vacía. Identifiqué inmediatamente el contenedor y, por tanto, el contenido desaparecido. Martínez había robado la revista que Carlos Ashmoor nos regaló tras el caso Ruby.

—Termina de revisar la escena. Yo voy a llamarlos a todos. De momento no vamos a aceptar más casos.
—¿Qué? ¿La Sociedad del Misterio cierra sus puertas?
—Sólo al público, profesor. Alguien nos ha mentido y robado en nuestras propias narices. Ahora mismo, nuestro cliente somos nosotros. Si vamos a darle caza al ladrón, será mejor que volquemos todos nuestros esfuerzos.
—¡Jack! —me llamó mientras me dirigía hacia el teléfono—. Oye, entiendo que el robo de una revista guarra en nuestras oficinas es motivo de indignación, pero ¿no crees que lo estás sacando un poco de quicio?

En ese momento no supe verlo con claridad. Pero cuando recuerdo la sonrisa que esbocé entonces, comprendo ahora que se trataba de la emoción de la caza.

—Esa caja estaba guardada al fondo del almacén. Si Martínez no ha tocado nada más es que ha ido a tiro hecho a por ella. ¿Sabía lo que buscaba? Esto se ha convertido en una Maratón del Misterio y el pistoletazo de salida ya ha sonado. ¿Cuánta ventaja más quieres dejar que nos lleve nuestro ladrón?

lunes, 8 de noviembre de 2010

MARATÓN DEL MISTERIO - Etapa 1 - Caso nº 00027: EMPEZÓ CON UNA MENTIRA

Por fin, después de una semana de mañanas frías sin remedio, la caldera del edificio había sido reparada. Aunque para nuestra desgracia, aún no funcionaba como era debido y tardaría todavía un poco en caldear nuestras oficinas. Y lo peor: no había manera de saber cuánto.

Boniatus, Jack y yo éramos, como de costumbre, los primeros en llegar. Así que el buen profesor ocupó su puesto junto a la cafetera para preparar provisiones calientes para todos. Yo me calentaba ya las manos con mi taza, disfrutando con el relato del último viaje de Boniatus, cuando alguien empezó a aporrear la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó Jack mirando el reloj. Aún eran las ocho y media, faltaba media hora para que abriéramos al público.

Intrigado acudió a la puerta. Poco le faltó para ser arrollado por nuestro visitante. Se trataba de un hombre, cerca de los sesenta, cabeza afeitada y una poblada barba, con gafas. Sus ojos, aunque hundidos en su rostro, centelleaban de excitación. Sudaba copiosamente, quizás por el abrigo largo que vestía y los gruesos guantes de piel. Se le veía presa del pánico. No dejaba de mirar a su alrededor, de consultar su reloj de bolsillo y de hacer lo imposible por mantenerse alejado de las ventanas.

—¡Tienen que ayudarme! —suplicó en un hilo de voz—. ¡Mi vida corre peligro!

---

Pese a que aún no nos encontrábamos en nuestro horario de atención al cliente, el estado azorado de nuestro visitante nos hizo acceder, por una vez, a una reunión de emergencia en el despacho de Jack. Cerramos las persianas y nos dispusimos a escuchar su relato.

El hombre tragó saliva. Se le veía terriblemente incómodo.

—Mi nombre es… Martínez. Eduardo Martínez. Y a día de hoy, soy un hombre a la fuga. Y todo por una mala decisión que tomé en un momento de dificultad.

—Continúe.

—Verá. Hace tres años, yo era un hombre respetado en mi trabajo. Nadie lo hacía mejor que yo.

—¿A qué se dedicaba? —preguntó Jack.

—Era escultor. Bueno, antes había hecho otros trabajos, ya sabe, incluso había dado clases. Pero mi vocación era la escultura. Escultura de alto nivel. Lo que yo hacía, la gente rica lo compraba para exhibirlo con orgullo.

—¿Y qué pasó?

Su rostro se ensombreció.

—Tuve un… escarceo con una de mis ayudantes. La cosa no salió demasiado bien, y todo mi prestigio acabó por los suelos. Perdí mi clientela, perdí mi negocio, lo perdí todo. Y entonces apareció un hombre que me dijo que podía devolvérmelo todo… si trabajaba para él.

—¿Hablamos de la mafia?

—¿La mafia? —dijo Martínez con una sonrisa desquiciada—. ¡La mafia no tendría nada que hacer con este tío! No, el hombre del que hablo sólo tiene un objetivo, y está dedicado por completo a conseguirlo. Con una precisión quirúrgica, se lo digo yo y sé de lo que hablo.

El calor de la caldera entró de golpe en nuestra oficina. Por un momento creo que todos deseamos poder abrir las ventanas, pero podríamos ver que, si lo hacíamos, el corazón de nuestro cliente podía explotar.

—Al principio no parecía nada peligroso, ¿sabe? Sólo un hombre con problemas dispuesto a ayudar a otro hombre con problemas. Pero pronto empezó a pedirme que hiciera… cosas que no iban conmigo para nada. Entonces decidí dejar de trabajar con él en cuanto pudiera…

—Disculpe, ¿cosas que no iban con usted? —preguntó Boniatus—. ¿Qué era, falsificación?

—¡Sí! Sí, en cierto modo sí. Verán, al principio sólo tenía que poner mi firma en algo que no era mío. No me sentía muy cómodo con eso, pero pagaba bien. Luego… Luego me pidió que…

Le costaba trabajo hablar. Se quitó el abrigo.

—Me pidió que… Que destruyese una obra.

—¿Suya?

—¿Qué…? ¡No! ¿Cómo va a…? No, no era obra mía. Era una advertencia, ¿saben? Quería que sus objetivos supieran de lo que era capaz.

—¿Por destruir una escultura? —pregunté.

—Es algo más complicado de lo que le puedo explicar. Pero lo peor fue que… bueno… ¡que se aseguró de que se supiera que había sido yo!

—¿Cómo?

—¡Sabía que le iba a traicionar! Así que salí huyendo. Me fui del país un tiempo. Pero luego me di cuenta… Me di cuenta de que había dejado cabos sueltos. No me entiendan mal, no conducían a mí, pero sí a mis allegados. Intenté ponerles sobre aviso, pero para cuando llegué ya estaban muertos.

—¿Muertos?

—Ya les he dicho que hablamos de un hombre peligroso. ¿Es que no me escuchan? Cuando supe de la muerte de mis allegados, comprendí que en España no estaba a salvo. ¡Corro un gran peligro volviendo aquí!

—¿Volviendo aquí? —pregunté yo.

—Sí, bueno, a España digo. Acabo de volver de las Canarias, llegué hace… —forcejeó un rato con su reloj de bolsillo, maldiciendo por lo bajo hasta que por fin consiguió abrirlo— una hora y media, a las ocho, y he venido directamente a sus oficinas para hablar con ustedes, porque me he dado cuenta de que ya no puedo seguir huyendo. ¡Ese hombre tiene que acabar entre rejas!

—Verá, señor Martínez —explicó Jack—, si lo que usted dice es cierto, ese hombre acabará cayendo por su propio peso. Quiero decir, ha cometido varios asesinatos, ¿no?

Martínez sonrió como un diablo.

—No es tan sencillo. Ese viejo cuervo es muy listo. Sabe cómo volverlo todo a su favor, cómo controlar la opinión del público y ponerla de su parte. Siempre tiene un as en la manga, siempre sabe cómo quedar como el héroe de la película. Y nunca se le puede relacionar con nada, jamás se mancha las manos si puede evitarlo. Tiene toda una red de espías, informadores, asesinos y ladrones trabajando a sus órdenes, sin contar a sus lugartenientes. Lleva años acumulando riquezas y dedicándolas a sus fines. Si fuera fácil reunir pruebas que sirviesen de algo contra él, ya lo habría conseguido yo en estos años.

Jack abrió la boca para responderle algo, Pero en ese momento decidí adelantarme:

—Bien, caballero, su caso es francamente interesante, pero me temo que ahora mismo andamos algo hasta arriba de trabajo… Sin embargo habremos cerrado uno o dos casos para el fin de semana. Si fuera tan amable de volver para entonces…

Pude ver que, a mi lado, Jack se había quedado perplejo y con la palabra en la boca, pero aún así asentía con una sonrisa cordial. A nuestro visitante se le vino el mundo a los pies, al mismo tiempo que nos clavaba una mirada de absoluto estupor.

—Acabo de decirles que mi vida corre un grave peligro —murmuró.

—Lo sé, pero por desgracia nos pilla hasta arriba. Si fuera tan amable de volver el fin de semana…

Se levantó hecho una fiera, se volvió a poner el abrigo y se marchó dando un portazo en el despacho y otro aún más fuerte en la puerta principal. Inmediatamente, Jack se giró hacia mi.

—Bueno, qué, ¿me lo cuentas o me espero a tu informe?

—Miente. Está claro.

—¡Pero si ni siquiera nos ha contado quién le persigue!

—Porque no le he dado tiempo. No quería que nos utilizara y nos pusiera a investigar a quien no es.

—Entonces crees que lo de que le persiguen…

—Oh, no, eso lo ha dicho en serio. No sé si es verdad pero al menos él cree que sí.

—¿Entonces?

—Los guantes.

—¿Qué?

—No se ha quitado los guantes. El abrigo sí, tenía calor, pero no los guantes. Ni siquiera para abrir el reloj, que mira que le ha costado trabajo. Y yo pregunto: ¿por qué alguien que está acalorado no se quita unos guantes tan gruesos?

—¿Para no dejar huellas? —aventuró Boniatus.

—No tiene sentido, ya nos ha dicho quién es —apuntó Jack.

—A menos que eso sea mentira. Si no deja huellas no podemos verificar su identidad. Nos ha mentido, jefe, y antes de que nos metamos en este caso quiero estar seguro de cuánto de lo que nos ha contado es verdad y cuánto no.

Jack meditó sobre mis palabras. Tanto tiempo, quizás, que me empecé a temer lo peor.

—Me he colado, ¿verdad? Lo sabía. Lo siento, jefe, a veces me emociono, ya lo sabes, pero es que juraría que… Mierda, si corro mucho a lo mejor todavía le alcanzo…

—¿Para qué? Sabemos que volverá a venir el fin de semana.

—¿Qué?

Me sonrió.

—Uno no llega a jefe de departamento a base de no tener ni idea de lo que hace. Me fío de tu criterio como me fío del de Boniatus. ¿Crees que miente? El caso es tuyo. Tienes hasta el fin de semana.

lunes, 25 de octubre de 2010

Interludio: EL JUEGO HA EMPEZADO

Damas, caballeros...

... Se nos ha hecho saber, vía Facebook, de la existencia de cierto vídeo en YouTube que podría o no estar relacionado con la Sociedad del Misterio. De hecho, todas las pistas (que no "pruebas") parecen apuntar hacia que efectivamente tiene algo que ver con nosotros. Solamente hay un problema: lo representado en ese vídeo no ha sucedido jamás.

Los que me conocéis sabéis que soy un hombre de razón. No tengo por costumbre aceptar cosas que no se me pueden demostrar. Y dado que el contenido del vídeo no ha sucedido aún, la única explicación lógica (en el caso de que dicho vídeo fuese auténtico) es que se trate de una predicción de futuro. Algo que, como ya os imaginaréis, rechazo de antemano.

Aún así los hechos son bastante claros. Pero que un hecho hable por sí solo no significa que lo que diga sea verdad.

Resumiendo: quiero saber qué hay detrás de todo esto. Quiero saber qué pretendía quien haya subido ese vídeo.

A continuación, el cuerpo del delito:



Aquí el enlace directo a YouTube.

Vosotros diréis. Quiero saber adónde nos lleva esto. Cualquier pista o prueba que podáis aportar será bienvenida.

Si el juego ha empezado, primero vamos a descubrir a qué jugamos.

martes, 19 de octubre de 2010

Apéndice al caso nº 00026: CORRESPONDENCIA OCULTA

Las mañanas empezaban a ser frías. Arjona lo notó al cruzar la puerta de la comisaría para volver a ver el exterior. Pero no se podía decir que le importase mucho. Sintió el aire frío en su rostro, respiró hondo, desentumeció sus articulaciones… y sintió de pronto el cañón de un arma en su nuca.

—¿Creías que te ibas a librar tan fácilmente? —susurró una voz a las espaldas.

En un acto reflejo, Arjona se giró, agarrando el brazo de su asaltante y desviando el cañón. Entonces fue cuando se encontró con mi sonrisa burlona: acababa de ser encañonado con una grapadora.

—Estamos en paz —sonreí.
—¡Jack! —me saludó él con alegría, y me dio un abrazo de buena gana.
—Ahora en serio, ¿cómo has llegado a inspector si eres capaz de creerte que alguien te iba a apuntar con un arma en la puerta de comisaría?
—¿Y yo qué sé? Si hay gente como tú, puede haber asesinos tan gilipollas, ¿o no?

---

—¿Alguna idea de quién lo hizo? —preguntó.

Yo conducía y Arjona bebía café. Había echado de menos el café, tanto que no se lo pude negar, pero como se le ocurriese volcarlo sobre mi tapicería le iba a volver a encerrar.

—Nada de momento. Sabemos que no fuiste tú. Sabemos que fueron dos personas. Uno de ellos resultó herido en el forcejeo, y el otro tenía conocimientos de cirugía.
—¿Nada más?
—Mendoza les conocía. Hemos sugerido a la policía, a través de tu abogado, que investigue en esa línea.
—Puede que sea una vía muerta. Está más que comprobado que no sabíamos tanto de Mendoza como nos gustaba pensar.
—Ya.
—¿Viste sus papeles, por cierto?
—Qué va, todavía no me he puesto…
—¡Imperdonable! Menos mal que traigo una copia. ¿Te leo?
—Cuenta, cuenta.
—A ver qué te parece. Veinticuatro de Septiembre, 2007: Sigfrido Cornejo, asesor de imagen. Sus clientes eran renombrados criminales, su trabajo había servido de tapadera para muchos. Muerto en un tiroteo.
—¿El asesinato de un criminal?
—Pero espera, espera. Treinta y uno de Diciembre, 2007: Alberto Huesca, ayudante del fiscal, con fama de incorruptible. Su cadáver no apareció hasta el siete de Enero de 2008… partido en dos.
—¿Un criminal y un fiscal?
—¡Y la lista sigue! Veintiséis de Febrero, 2008: Salvador Manero, jefe criminal menor. Intentaba escalar en los bajos fondos a base de ordenar asesinatos. Le echaron de la carretera. Veinticuatro de Junio del mismo año: Raquel Dámaso, abogada, dirigió una operación crucial contra el crimen organizado. Hicieron volar su casa en pedazos. Diecisiete de Septiembre, mismo año: Miguel Huertas, inspector de policía, división de crimen organizado. Corrupto hasta las trancas, había asesinado a varios testigos y entregado a otros a la mafia. Disparo en la frente. Dieciséis de febrero, 2009: Cornelia Urquijo, jueza, especializada en casos de corrupción. Coche bomba. ¿Ves un patrón?
—Cada vez un lado distinto de la ley. Pero con los datos que me das, sería arriesgado suponer que las víctimas tenían algo más en común.
—Los dos abogados trabajaban juntos, pero ya está.
—¿Crees que siempre encubría al mismo asesino?
—No lo sé, Jack… No sé qué pensar.

Asentí, guardándome para mí lo que podía notar con facilidad: que Arjona me ocultaba algo.

---

—¿Te pasarás por la Sociedad? —pregunté, el motor de mi coche ronroneando en punto muerto junto al piso de Arjona—. Al equipo le hará ilusión ver que estás bien.
—Claro. Pero dame algo de tiempo para estirar las piernas en mi propia casa. Mañana me paso por allí sin falta.
—Tengo tu promesa.
—Y yo la tuya de que, cuando llegue, no estarán todos esperándome en plan pelotón de fusilamiento.
—¡Yo jamás he prometido tal cosa! —repliqué.

Hubo un instante de silencio. Sabía cuál era el tema que Arjona estaba intentando no sacar… y sabía que se nos estaban agotando todos los demás.

—No se lo has dado aún, ¿verdad? —preguntó finalmente.
—No me pareció apropiado.
—Jack…
—No pasa nada. Habrá otra oportunidad.
—Claro que pasa. Era tu gran sorpresa, Jack. Te morías de ganas.
—Habrá otras ocasiones, Arjona, no te preocupes.
—Ahora me siento culpable.
—Y una mierda —sentencié—. Hemos estado dos semanas trabajando a piñón sólo para demostrar que eras inocente, no vas a empezar a sentirte culpable ahora.
—Sabes a qué me refiero. ¿Qué va a pasar con la sorpresa?

Sopesé mis palabras. No, no había ninguna forma de decirlo que no hiciera que Arjona se sintiera peor.

Opté por la franqueza:

—Se pospone —dije—. Indefinidamente.
—En fin —suspiró Arjona—. Oye, no he querido decirte esto antes porque, bueno, ya sabemos cómo son estas cosas y en realidad siempre marean la perdiz más de lo que ayudan. Pero mi abogado encontró algo más entre los papeles de Mendoza.
—¿Qué es?
—Algo que ya le hemos pasado a Asuntos Internos, como comprenderás. Me habría gustado daros la exclusiva, pero no creo que fuese una buena idea. No creo que lo resuelva todo, ni mucho menos, pero…

Sacó un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta y me lo ofreció.

—Feliz cumpleaños —dijo—. A ver si podéis sacar algo en claro.

Abrí el sobre. En su interior había una fotocopia de una carta mecanografiada. Naturalmente Arjona había tenido que entregar el original a A. I., pero aún así podía reconocer el estilo:

“Estimado Longshanks;

Sin duda, en respuesta a tu atenta misiva previa, demandando retribuciones por tu silencio, siempre apreciado, en ese papel sudado y colmado de miedo, debo plegarme a ese deseo metálico tuyo.

Mañana en la sobremesa, un Jinete y Serafín acudirán con lo pactado.
Espero que la cantidad se la adecuada y que con ese sello de la confianza, roto ahora, no volvamos a tener contacto. Pues lo que tú sabes, lo sé yo y al acecho está A. I.

Recuerda a San Martín, y no penes.

A. K.”

—Esto… Esto es…
—Como de costumbre, Jack, esto no es nada. No sabemos qué o quién es A. K. en realidad, y aunque parece lógico asumir que la carta iba dirigida a Mendoza no sabemos si Longshanks es él o no. Esto es una pista incompleta que parece apuntar a que vuestro viejo amigo hacía tratos con Mendoza… pero nada más que eso.
—¿Y qué dice A. I.?
—Nada de momento. Ya sabes lo reservados que son, y más hablando con polis. Pero A. I. no son ninguna autoridad en el tema A. K. Vosotros lo sois. Así que pensé que querríais tener el dato.

Se bajó del coche y se despidió de mí con un firme apretón de manos. Me agradeció nuevamente el trabajo que habíamos hecho por sacarlo de allí y, sin mirar atrás, entró en su casa.

Yo tardé unos minutos en volver a poner el coche en marcha. La sombra de A. K. había vuelto a cernirse sobre nosotros… y esta vez había salpicado a Arjona. Y lo peor: como de costumbre, no podíamos demostrar nada.

Esto tenía que terminar. A. K. debía ser desenmascarado.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Caso nº 00026: LA LENGUA DEL MUERTO (CERRADO)

—Algo va mal —musité—. Arjona ya debería haber llamado.

Y salí de la oficina sin dar más explicaciones. Para que la sorpresa funcionase necesitábamos a Arjona, ¿dónde se había metido?

Fui a buscarlo a la comisaría, pero hacía horas que no le veían. Cambié de rumbo y conduje hacia su casa, pero por el camino encontré su coche aparcado frente a un edificio de apartamentos. Intrigado me bajé para ver si estaba cerca, y vi que el portal del edificio estaba abierto y que en el primer piso se oían pasos. Subí con curiosidad las escaleras.

Allí estaba Arjona. Totalmente lívido. Y del apartamento abierto del que salía, emanaba el inconfundible hedor de la muerte.

Entonces me vio.

—No —sentenció—. No, Jack, ni se te ocurra. Fuera. No quiero ni verte por aquí.
—¿Qué? ¡Pero…!
—Ya me has oído. Lárgate ahora mismo, ni se te ocurra asomarte ahí dentro.

Traté de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pero mi cerebro se puso en modo automático y trató de identificar alguna pista, algo que me condujera a saber qué estaba ocurriendo. El apartamento estaba muy oscuro para distinguir nada desde el exterior. Nada en la puerta que sugiriese quién era el inquilino, salvo un considerable número de pestillos y cierres de seguridad.

La pistola en la cara me devolvió a la realidad. A la realidad más surrealista que jamás he vivido. Mi amigo Arjona me estaba apuntando con su arma.

—Último aviso, Jack. Tú no vas a meterte en esto.

Sin mediar palabra, retrocedí un par de pasos antes de darme la vuelta y bajar. De reojo busqué en los buzones de la entrada el apartamento en cuestión; la etiqueta con el nombre del inquilino había sido arrancada, pero quedaban la primera y la última letra: una E y una A.

---

Había pasado una hora. Una hora encerrado en mi despacho, esperando una explicación de mi amigo y contacto en la policía y negándome a dar una explicación a mi equipo. Estaba siendo el peor aniversario de nuestra historia.

Entonces sonó el teléfono. Debo confesar que me decepcionó un poco leer el nombre de Irene en la pantalla.

—Jack, tienes que hacer algo— me dijo—. Es Arjona.
—Lo sé, pero no quiere mi ayuda.
—¿Y eso qué más da? ¡Es tu amigo! ¡Tienes que intervenir, le guste o no!
—Mira, Irene, Arjona y yo no tenemos ningún contrato ni nada. Si él quiere meterse sólo en un caso está en su derecho. Las formas ya son otra cuestión.
—¿Meterse en un caso? ¿Pero qué dices?
—¿No es eso?

Se hizo un silencio tenso. Irene acababa de comprender que todavía no sabía lo que había ocurrido. Y yo acababa de comprender que el motivo por el que no lo sabía había dejado de importar.

—Cuéntamelo. No omitas detalles.
—Mendoza —dijo—. Esta tarde ha aparecido muerto en su casa. Con la boca cosida. Y ahora mismo, Arjona es el principal sospechoso. Hay testigos que le vieron discutir con Mendoza, y oyeron a la víctima decir “El día que yo hable…”
—“… rodarán cabezas”, sí, estaba allí. Pero es imposible que haya sido Arjona.
—Yo pienso lo mismo, no encaja con él para nada. Pero hay algo más.
—¿De qué se trata?
—He podido echarle un ojo al cuerpo. Cuando le han descosido la boca, han descubierto que a Mendoza le habían extirpado la lengua… y que en su lugar habían puesto la lengua de un cerdo.
—¿Qué?
—Como lo oyes. Hasta el esófago llegaba, una lengua de cerdo de 25 centímetros.
—Necesitaré el informe de la autopsia… mierda, Zalaya está en Londres consultando al gran maestro, en cuanto vuelva le quiero hablando con Arjona. ¿Cuándo crees que podrá la policía dejar pasar a Boniatus a la escena del crimen?

Un nuevo silencio tenso. Esta vez sabía a qué tipo de frase precedía.

—¿Qué no me has contado?
—Arjona podrá explicártelo mejor si conseguís hablar con él. Pero según parece, Mendoza iba a por vosotros. Estaba reuniendo pruebas, documentos, consultando precedentes legales. Intentaba desmontar la Sociedad del Misterio.
—¿Y qué? No podía tener nada contra nosotros.
—Yo sólo sé lo que Mendoza dejó caer en comisaría. Pero cuando la policía registró su casa y sus papeles, no encontraron nada sobre vosotros.
—¿Lo que quiere decir?

Irene suspiró.

—Si no encontró nada es lógico que no lo tuviera. Pero si realmente encontró algo, o si al menos tomó notas de sus investigaciones, y esas notas no aparecen… significa que vosotros tenéis un móvil.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Interludio: CONSPIRACIÓN Y PARANOIA

Dejando atrás nuestra cafetería preferida, el inspector Arjona y yo dimos por concluida nuestra pequeña reunión de conspiradores. El contenido de dicha reunión no será divulgado… pero al menos ahora sabéis que existió tal encuentro.

—Cuento contigo entonces, ¿verdad? —pregunté.
—Por poco tiempo que tenga, es vuestro, Jack —dijo Arjona—. ¿Crees que les gustará la sorpresa?
—Espero que sí, no ha sido barata precisamente.
—Bueno, tenías algo ahorrado nada más que para esto, ¿o no?
—Eso desde luego. Y si Mycroft no me llega a dar el empujón, probablemente ni lo intentaba.
—Oye, ojalá salga todo bien —me dijo de pronto—. Todo este asunto, los preparativos y tal, la verdad es que te están afectando demasiado.
—Ya, bueno… Si sólo fuera eso.

Arjona se detuvo y me agarró del brazo.

—¿Qué es lo que no me cuentas, Jack?
—Víctor… Últimamente he estado…
—Ahí está Jack Ryder el entrometido—balbució una voz a mis espaldas.

Me giré para encararme con mi visitante. Pero antes de que mis ojos lo tuvieran a la vista, mi nariz ya había identificado esa marca de whisky. Tenía que ser él.

—Buenas tardes, inspector Mendoza —saludé con elegancia.
—Ryder el metomentodo —escupió Mendoza tambaleándose hacia mí.
—¿Disculpe?
—¡Ryder el correveidile del santurrón de Víctor Arjona! —estalló.
—Evaristo, estás borracho —terció Arjona conciliador—. Vete a tu casa…
—Estos amiguitos tuyos, Arjona, no son nada bueno, ¿te enteras? —protestó Mendoza apuntándome con un dedo acusador—. ¿Es que no ves lo que hacen?
—Nos ayudan a resolver casos, Evaristo.
—La policía ya sabe quién lo hizo, cómo y por qué. ¡Y entonces llega Ryder y su guardería de detectives, se inventan otra versión de los hechos y nos hacen quedar a nosotros como idiotas!
—Inspector, creo que… —traté de intervenir.
—¡Tú te callas o te detengo por obstrucción a la justicia, gilipollas! —bramó abalanzándose hacia mí.
—Vale, ya está bien, Evaristo —sentenció Arjona metiéndose entre los dos—. Te vas a venir conmigo…

En ese momento, y con una fuerza inesperada para todos… Mendoza tumbó a Arjona de un puñetazo.

—¡Tú a mí no me pones la mano encima! —gritó—. Te crees que estás a salvo porque tienes a tu amiguito Ryder cubriéndote las espaldas; pero el día que yo hable, niñato, van a rodar cabezas. ¿Me oyes? ¡El día que yo hable va a temblar la comisaría!

Arjona no respondió. Como tampoco lo hice yo. Mendoza nos miró primero a uno y luego al otro, con gesto perdido, y finalmente se alejó trastabillando de allí.

Tendí la mano a mi amigo y le ayudé a levantarse. Durante un instante ninguno dijo nada. Arjona estaba visiblemente humillado. Pero a mí me preocupaba otro asunto:

—¿Estaba… estaba tragándose las lágrimas? —pregunté.
—Mendoza siempre ha sido un problema —se lamentó Arjona—. Ya has visto cómo venía. Voy a tener que hablar con el comisario sobre él.

Convinimos un par de últimos detalles sobre la sorpresa del aniversario y nos despedimos. Aún teníamos mucho trabajo por delante y muy poco tiempo. Pero no pude evitar irme preocupado por Arjona… y por las enigmáticas palabras de Mendoza.

lunes, 23 de agosto de 2010

Caso nº 00025: UN EQUIPAJE INESPERADO (CERRADO)

La habitación de paredes blancas se encontraba en un silencio sólo interrumpido por los rítmicos pitidos de un electrocardiógrafo. Ni nuestro nuevo cliente ni yo nos atrevíamos a articular palabra alguna. La pequeña niña de cinco años que descansaba en aquella cama llevaba ya más de una semana sin despertar.

Rodolfo Dantés, el abogado de la familia de la niña, me pidió que saliéramos al pasillo para hablar. Pude apreciar que estaba verdaderamente afectado por la tragedia.

—No debió pasar. Simón… mi cliente… se desvive por la pequeña Andrea. Estoy seguro de que él conducía con todo el cuidado del mundo.
—Los accidentes ocurren, señor Dantés. ¿Cómo fue?
—Simón metió a la niña en el coche cuando ya estaba dormida. Quería darle una sorpresa, la llevaba a Port Aventura. La niña duerme como un tronco, así que se habría despertado ya allí.
—Bonito detalle. ¿Qué ocurrió entonces?
—Un camión se salió de su carril. Simón intentó esquivarlo, perdió el control del coche y volcaron.
—Entiendo. Pero los accidentes no entran en nuestra jurisdicción, señor Dantés… usted nos ha llamado por otra cosa, ¿no es así?

El letrado suspiró y sacó una fotografía de su maletín. Se aseguró de que no hubiese gente cerca antes de mostrármela.

—La ambulancia llegó relativamente pronto, recogió a mi cliente y a su hija y los llevó al hospital, donde fueron debidamente atendidos. El problema vino cuando la grúa recogió el coche… y encontraron esto en el maletero.

Cogí la foto de su mano y se me heló la sangre en las venas. En toda esta historia, sinceramente, no me encajaba esa pieza… pero ahí estaba: un hombre joven, de unos treinta y pocos años, muerto por una herida de bala en la cabeza.

—Imposible que esto ocurriera durante el accidente.
—En cuanto Simón despertó, la policía le comunicó que estaba detenido como principal sospechoso del asesinato. Y no puedo culparlos, es comprensible que sospechen del propietario de la escena del crimen… pero mi cliente no pudo hacerlo, estoy seguro.
—Usted es un abogado competente —dije, demostrando que me había documentado sobre él antes de acceder a verlo—. Seguro que podrá demostrar su inocencia…
—No lo entiende. Simón es hijo único, huérfano y viudo. Andrea sólo le tiene a él. Cuando despierte del coma necesita tener a su padre cerca… y sólo Dios sabe cuánto podría alargarse el juicio antes de que pueda exonerarlo. Necesito ayuda externa, señor Ryder.

---

—¿Opinión? —pregunté.

Estaba de vuelta en la oficina, acompañado por nuestro cliente y por Zalaya. El abogado sostenía entre sus manos nerviosas una taza de mi mejor té de cacao, coco y vainilla.

—Habría que llamar a Boniatus —comentó Zalaya—. No querrá perderse esto…
—El profesor se ha ganado unas vacaciones, y se merece disfrutar de ellas sin interrupción. Además, dentro de lo malo, en este caso en concreto su departamento quizás iba a tener muy poco trabajo.
—Hm, cierto, es una ECM, no lo había pensado.
—¿ECM? —preguntó el abogado.
—Escena del Crimen Móvil —explicó Zalaya.
—Exacto. Sabemos dónde se encontró el cadáver, pero no dónde lo mataron. En estas fotos no se aprecia que haya apenas sangre en el maletero, y las heridas de bala en la cabeza tienen la mala costumbre de sangrar.
—¿Y entonces? ¿No tienen con qué trabajar?
—Yo no he dicho eso, pero necesitaría saber dónde buscar. Podemos empezar por el coche, pero ayudaría tener alguna idea aproximada de dónde más ha estado y de quién ha tenido acceso a él.
—Si me disculpan, voy a llamar a mi pasante para que me consiga esa lista —terció el abogado.
—Por supuesto. ¿Tú cómo lo ves, Zalaya?
—Coincido, necesitamos saber quién ha usado o tenido a mano ese coche. Pero no creo que debamos descartar que realmente el señor… ¿Cómo ha dicho que se llama su cliente?
—Simón Cañizares— replicó Dantés cubriendo el teléfono, y volvió a su llamada.
—Simón Cañizares. Que el señor Simón Cañizares estuviese deliberadamente trasladando un cadáver en su maletero hacia Port Aventura.
—A estas alturas yo ya no descarto nada —apunté—, pero ¿quién lleva un muerto al parque de atracciones con su hija de cinco años en el coche?
—Yo no, desde luego. Pero no digo que sea lógico, sino que no deja de ser posible. Acuérdate del Exiliado y de lo inocente que parecía.
—Hay una complicación añadida… he hablado con Irene, ha conseguido echarle un ojo al informe de la autopsia. Y hay algo que no termina de encajar… El cuerpo se ha empezado a descomponer a lo bestia durante el traslado. A día de hoy es imposible determinar exactamente cuándo se cometió el crimen.
—¿Cómo ha ocurrido eso? —inquirió Zalaya.
—Lo está investigando para nosotros, pero lo que sí que es cierto es que nos echa por tierra cualquier intento de cronología. Sabemos que ese cadáver se introdujo en ese maletero antes del accidente, pero no sabemos cuándo ni en qué momento lo mataron.
—¿Lo que quiere decir?
—Que aunque sepamos quién accedió cuándo al coche, no podremos relacionar eso con la fecha de la muerte. Necesitaremos algo más para descubrir quién lo hizo.

viernes, 20 de agosto de 2010

Interludio: LAS REDES DEL MISTERIO

—¡Sabes de sobra que eso es imposible! —protestaba al teléfono cuando se abrió la puerta de mi despacho—. ¡Necesito más tiempo!

Levanté la mirada del escritorio y vi a Zalaya en la puerta. Y aunque era imposible que estuviese oyendo la voz al otro lado del teléfono… en cierto modo, sabía que estaba siguiendo la conversación.

—Ya hablaremos —dije, y colgué.
—¿Interrumpo? —preguntó Zalaya.
—Dejémoslo en que me salvas la vida un rato. ¿Qué pasa, Zalaya?

Mi jefe de departamento de Declaraciones y Testimonios tomó asiento frente a mi escritorio. Dedicó un rápido escrutinio a mi despacho, bastante más rápido de lo que esperaba, bastante menos discreto de lo que pensaba él.

—Jack, seré sincero. Nos tienes algo preocupados.
—¿Por?
—Hace meses que no aceptamos ningún caso.
—Hace meses que la policía no nos ha necesitado —dije con un cierto deje de rencor en mi voz, lo bastante obvio como para verme obligado a rectificar—. Mira, Arjona no se ha encontrado con demasiadas dificultades últimamente, y cuando ha surgido algo, según me dicen, Mendoza ha metido la mano para mantenernos lejos. No aceptamos casos porque no nos llegan.
—El caso es que, últimamente, tampoco se te ve por aquí con demasiada frecuencia…
—Tengo… tengo cosas de las que ocuparme.
—Ya, lo he visto —dijo depositando sobre mi escritorio una captura de pantalla impresa.

Eché un vistazo.

—¿Y?
—¿Quién es Mycroft y por qué dirige nuestra página de Facebook?

Suspiré. Entonces algo en la pantalla de mi ordenador captó mi atención.

—Cuando fundé la Sociedad del Misterio —dije con aire distraído mientras hacía clic—, intenté reclutar a Watson. Me dijo que estaba demasiado ocupado por entonces. Un mes después le vi morir.
—Lo recuerdo.
—Lo recuerdas pero no lo sabes. Porque Watson no fue el único caso. Mycroft es un viejo amigo, lo bastante inteligente como para formar parte de la Sociedad y lo bastante ocupado como para quedarse fuera. Hace tiempo que quiero reclutarlo y siempre ha tenido que rechazar mi oferta.
—¿Qué ha cambiado ahora?
—Facebook. Cuando Mycroft supo que íbamos a abrirnos una página, me dijo que ese era un trabajo para el que sí que se veía lo bastante disponible.
—¿Y cómo es que te ha dado ahora por el Facebook? ¿Y pretendes que me crea que una página de Facebook que ni siquiera diriges tú es lo que te ha mantenido tan ocupado?

No respondí. Mis ojos bailaban rápidamente por la pantalla, al principio entrecerrados con interés, cada vez más encendidos.

—¿Jack?

Hice clic en un punto concreto de la pantalla, y comencé a escribir a toda velocidad.

—El Profesor ya está de vacaciones, ¿verdad? —pregunté.
—Jack, ¿me estás escuchando?
—La Sociedad del Misterio no es una agencia de detectives, Zalaya. Es una comunidad. Un punto de encuentro para mentes inquietas, para personas que quieren hacer algo productivo con su cerebro y ayudar a la comunidad. Facebook es una de las redes sociales más grandes del mundo, así que se ajusta perfectamente a nuestras necesidades. Llevo más de un año pensando en esto, y Mycroft me ha dado el empujón que me faltaba. A tu segunda pregunta diré “No”, y de momento es todo lo que voy a decir. Y necesito saber si Boniatus está operativo o no y, sobre todo, cuánto café ha dejado preparado para emergencias.
—¿A qué diablos viene…? —comenzó a protestar Zalaya, pero entonces lo comprendió.
—Así es, muchacho —asentí con media sonrisa.
—¿Para cuándo? —quiso saber.
—Bueno, el fin de semana le viene fatal, así que… para el lunes.
—¿Oficial o particular?
—Particular esta vez. A ver si nos sale mejor que lo del Exiliado.
—¿Lo anunciamos ya al equipo?

Me levanté con una sonrisa de oreja a oreja.

—Voy a colgarlo ahora mismo en el tablón —proclamé—. Nuestra gente se merece saber que el próximo lunes tenemos un caso.

lunes, 8 de febrero de 2010

Primer Duelo de Investigadores - Caso nº 00024: EL SECRETO DE LOS CAPARRÓS (CERRADO)

—Quizás no sea nada —advertí abriendo el dossier—. Pero con los datos que tengo, desde luego a mí también me da la impresión de que aquí hay algo que falla. No sé si conoceréis el caso de los hermanos Caparrós.

En mi despacho se celebraba una reunión a puerta cerrada. De pie, a mi lado, el inspector Raúl Escobar, de Homicidios, con semblante inquieto; frente a mí, cada uno sentado en una silla, Celdelnord y el Doctor Rasudoque; y sobre mi escritorio, un caso policial cerrado hacía dos meses.

—Iván y Andrés Caparrós —dije mostrando sus fotografías—. Ladrones de casas, detenidos media docena de veces. Un equipo inseparable, si pillaban a uno el otro se entregaba, en la cárcel siempre se apoyaban el uno al otro contra los internos más violentos. Y de pronto, el veinticuatro de noviembre… Andrés mata a Iván y se entrega a la policía.
—Tuvieron una discusión —explicó el inspector Escobar—. Según Andrés, le pudo la codicia y quiso llevarse una tajada mayor del botín de su último robo. Como su hermano no cedía, perdió el control y le apuñaló con un cuchillo de cocina. Después se dio cuenta de lo que había hecho y se sentó a esperarnos en la escalera, con el arma del crimen en sus manos y la sangre de su hermano en su camisa. Confesó, nos explicó cómo ocurrió todo, nos pidió un momento para coger sus efectos personales, y luego nos acompañó sin resistencia al calabozo. A los agentes que vinieron conmigo y a mí nos dejó atónitos lo sereno que estaba.
—Las pruebas eran claras. Un típico caso de habitación cerrada, no había más forma de entrar ni salir que la puerta principal, y tenemos un video que demuestra que nadie la cruzó salvo Andrés desde el momento del crimen hasta la llegada de la policía. La pelea descrita cuadra con la que escuchó el vecino de los Caparrós y con lo que nos cuenta la escena del crimen. La trayectoria de la salpicadura se correspondía con la posición de los dos hermanos. La salpicadura de sangre en la ropa de Andrés, las huellas en el cuchillo, todo sugiere que el caso está cerrado correctamente: Andrés acuchilló a Iván.
—Suena bastante claro —opinó Celdelnord—. ¿Dónde está el problema?

Escobar vaciló un segundo.

—No puedo demostrar nada —explicó—, de momento es sólo una intuición. Pero los Caparrós nunca han sido asesinos. Ni siquiera tienen antecedentes por violencia. Una vez, incluso, el propietario de una casa en la que robaron fue asesinado… y ellos confesaron el robo sólo para poder testificar contra el asesino.
—¿Le ha comentado eso a sus superiores? —preguntó Rasudoque.
—Dicen que para todo hay una primera vez. Y supongo que no deja de ser posible… pero matar a tu hermano a cuchilladas sin antecedentes no es muy común.
—Bueno, no sólo hablamos de hermanos sino de cómplices —apuntó Celdelnord—. ¿Tenemos alguna prueba ambigua?
—Creo que no —confesó Escobar—. Aparte de las pruebas forenses que ya he mencionado… el vecino de los Caparrós es estudiante de imagen y sonido, y justo en el momento de la pelea estaba haciendo pruebas con su cámara. No tenemos video del asesinato, pero gritaron mucho y las paredes de esos apartamentos son casi de papel… tenemos la discusión grabada.
—Necesitaremos copias —asintió Rasudoque—. ¿Podemos acceder al escenario?
—La escena ya está desprecintada y limpiada, me temo. Hace dos meses del crimen, y el cuerpo está convencido de tener al culpable entre rejas. Os puedo pasar las fotos, si queréis. Revisamos la escena a fondo.
—¿Modus Operandi?
—Tenían un coche, un León del 99, que utilizaban para vigilar las casas que iban a robar. Estudiaban a los propietarios, sus costumbres, sus movimientos, sus horarios. Y el día del robo, aparecían a pie, sin el vehículo que los vecinos pudieran haber visto los días atrás; entraban con un par de mochilas, robaban los objetos de valor que pudieran llevar consigo, y salían sin ser vistos. Como salían a pie, si alguien los veía no llamaban la atención.
—¿Y podremos hablar con el sospechoso? —preguntaron los dos a la vez.
—Eso puede ser complicado —intervine—. Andrés está siendo un preso modelo: educado, respetuoso, tranquilo, trabajador… nunca se mete en peleas. Está siendo incluso puntual. Con semejante comportamiento, el alcaide está encantado de concederle su única petición… que, por desgracia, es no recibir visitas. No, si queremos hacerle salir de su celda tendremos que captar su atención, y para eso necesitaremos algo sólido con lo que trabajar.
—Pero no hay nada sólido, ¿verdad, Jack? —preguntó Celdelnord—. Las pruebas son claras, nadie más pudo hacerlo, y tenemos incluso la confesión del asesino. No tenemos nada con lo que trabajar, ¿o me equivoco?
—Todo apunta en esa dirección, sí. Pero cuando Escobar me comentó el caso, me hice inmediatamente esta pregunta: ¿a cuánto ascendía su último botín?
—Su último robo fue un fiasco —explicó Escobar—. Sólo pudieron llevarse una vajilla bastante estropeada antes de que los propietarios aparecieran por casa. Pudieron escapar por los pelos.
—¿Qué demuestra eso? —inquirió Rasudoque—. Aquí mi rival lo ha dicho bien claro, las pruebas apuntan a que Andrés Caparrós mató a su hermano.
—Pero no demuestran el móvil —apostillé—. Para eso sólo tenemos la confesión del sospechoso. Y no me cuadra que alguien que siente adoración por su hermano, que se entrega para no dejarlo solo en prisión, lo apuñale por unos platos viejos… Andrés Caparrós oculta algo, y quiero saber qué es.

viernes, 5 de febrero de 2010

Primer Duelo de Investigadores - LOS CONTENDIENTES

El duelo comenzará en breve, damas y caballeros. Si no se abre el caso en este fin de semana, será el mismo lunes cuando suceda. Así que creo que ya va siendo hora de presentar a los contendientes, ¿no os parece?

Muy bien. Si vamos a hacerlo, hagámoslo bien.

A la izquierda del ring...

... una de las mentes más rápidas que han pisado nuestras oficinas, en más de un sentido. Puedes adorarlo u odiarlo, pero nunca te deja indiferente. Desde casi nuestros más tiernos inicios, este detective ha estado ahí disfrazando brillantes razonamientos como comentarios mordaces, y es que aunque siempre despierte una sonrisa no por ello sus conjeturas son simples chistes. Encontró el Tomo Transformado y descubrió quién causó una Muerte en Directo. El único investigador capaz de declararse a sí mismo muerto dos veces e incluir una receta de cocina en una de ellas, damas y caballeros, el Doctor Borislaw Rasudoque.

Y a la derecha del ring...

... aún está en la categoría de detective debutante, pero ya se ha consolidado como una de las mentes más prometedoras de la Sociedad del Misterio. Ingresó en nuestras filas hace tan solo tres casos, y ya ha resuelto dos de ellos. Un rendimiento que no ha tenido parangón en nuestras oficinas desde los tiempos del Profesor Boniatus. Encontró el Tesoro del Exiliado y logró resolver una Duda desde el Pasado. Señoras y señores, la más reciente promesa de la Sociedad del Misterio, Celdelnord.

Sólo uno de ellos se alzará con la victoria. El otro tendrá que esperar a su próxima oportunidad. ¿Quién ganará?

Pronto lo sabremos.

martes, 2 de febrero de 2010

Interludio: EL PRIMER DUELO

Damas, caballeros...

... sé que he tardado en volver por aquí, y sé que os prometí sorpresas. En parte, me temo, el retraso se ha debido precisamente a dos de esas sorpresas... que están tardando más de lo previsto en estar listas, por lo que he decidido dejarlas aparte y volver a la actividad antes de que nos durmamos todos.

Sin embargo, como habréis leído, he dicho "dos de esas sorpresas"; lo que sugiere que hay más de dos.

Y una de ellas es la que podéis ver asomándose por el título de este post.


Como muchos de vosotros ya sabéis, todo investigador de la Sociedad del Misterio que logra resolver tres casos entra a formar parte de la junta directiva de la Sociedad, haciéndose (si lo desea) con un departamento, participando activamente en la investigación preliminar y teniendo el derecho de publicar y dirigir sus propios casos. Así fue como nuestros ilustres Profesor Boniatus, Jnum y Zalaya lograron llegar a donde están ahora.

Pues bien, tenemos entre manos una situación algo... digamos "inusual". Ya que, en estos momentos, son dos los investigadores que se encuentran a un solo caso del ascenso. Dos detectives con dos casos cerrados cada uno, dos miembros de la Sociedad disputándose el puesto.

Esta situación sin precedentes requiere medidas nunca antes utilizadas. Por explicarlo en pocas palabras... vamos a tener un Duelo de Detectives. Un caso policial antiguo, cabos sueltos que nunca llegaron a atarse, que nuestros dos investigadores en contienda tendrán que resolver ellos solos. El vencedor se alzará con el ascenso. El perdedor tendrá que esperar a su próxima oportunidad.

¿Dónde os deja eso a los demás?

Bueno, como ya he dicho, en este próximo caso sólo podrán participar los dos contendientes. Arjona ya me ha hablado de otro caso al que lleva unos días dándole vueltas, así que en cuanto se resuelva el duelo saltaremos todos a la palestra. Pero mientras tanto... quiero conocer vuestras opiniones del caso, pero de una forma un poco diferente. Podréis seguir la investigación de nuestros dos contendientes, sacar vuestras propias deducciones sobre el caso... y votar por quien creáis que está más cerca de la solución. En todo momento podréis cambiar vuestros votos, según el cariz que tome la investigación.

Esta es sólo una de las sorpresas que os tengo reservadas. En los próximos días haré una breve presentación de cada uno de los contrincantes. Después de eso, y antes de que termine esta semana... comenzará el duelo.