Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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miércoles, 8 de abril de 2009

Caso nº 00020: EL RUFIÁN, LA FURCIA Y LA ESTANTERÍA (CERRADO)

Debo reconocer que en un principio no pensaba aceptar este caso. Cuando recibí la llamada de Arjona, estaba revisando por quinta vez que lo llevaba todo en la maleta y preparándome para un viaje de veinte días. Y el hecho de que mi viejo amigo se negase a proporcionarme datos, lejos de picar mi curiosidad (como habría hecho en cualquier otra situación), no estaba logrando otra cosa que irritarme. Sin embargo, siempre he sabido leer entre líneas, y cuando me dijo “Te juro que este caso está hecho para la Sociedad del Misterio” supe que algo de interés debía tener.
Aunque confieso que no me esperaba que tuviera tanto.

—Tenías razón —musité mientras contemplaba el rótulo del establecimiento—. Este caso nos estaba llamando a gritos.

Con una sonrisa de medio lado (de esas capaces de berrear “Te lo dije” desde la otra punta de la habitación sin despegar los labios), Arjona me dio una palmada en el hombro y me invitó a entrar en el sex-shop “La Caja del Porno”.

El lugar se encontraba patas arriba. El escaparate roto, la lencería por los suelos, consoladores y más consoladores de muy diversas formas, colores y (sobre todo) tamaños rodando por las baldosas. La alarma, según me comentó Arjona, había saltado a las tres de la madrugada con la rotura del cristal, pero cuando la policía llegó el asaltante (o los asaltantes) ya se habían dado a la fuga. No sin antes, eso sí, arramblar con todo el mobiliario.

—El dueño, Daniel Inclán —indicó señalando a un hombre de gesto compungido y agitado que hablaba con un par de agentes—. Le sacamos de la cama a las tres de la madrugada cuando saltó la alarma.
—¿Sospechosos?
—Yolanda Ferrán y Chema Pascual. Prostituta y su chulo, drogadictos los dos, de lo mejorcito del barrio. Al parecer ya habían robado alguna cosilla por aquí, y el dueño dice que se la tenían jurada porque él siempre les echaba. Las grabaciones de seguridad los muestran entrando en la tienda, pero sólo es unos segundos porque inmediatamente Pascual se carga la cámara. Ya les estamos buscando para interrogarlos.
—¿Ha notado si falta algo? ¿Dinero de la caja? ¿Género?
—Eso es lo más extraño. Hasta donde ha podido terminar del inventario, no falta nada. Pero claro, paró en cuanto abrió la puerta del almacén, como comprenderás…

Un agente uniformado nos franqueó el paso a la trastienda. La puerta no podía abrirse del todo, porque topaba con un par de voluminosas cajas al otro lado. Pero al cruzar el umbral, la estantería volcada quedaba directamente a la vista.

De debajo de ella, entre las cajas volcadas de pornografía y artículos eróticos, sobresalían una mano y parte de una cabeza.

—Israel Delgado, el socio del dueño —me informó Arjona—. Socio capitalista, por lo general no pisaba la tienda salvo para tratar alguna cuestión monetaria. Al parecer, y según Inclán, a Delgado no le hacía demasiada gracia este negocio… pero lo consideraba rentable, así que invertía en él.
—¿Asesinato? —pregunté.
—De momento lo trataremos como homicidio, pero aún no sé más. Hay señales de pelea, ¿ves?, así que es fácil deducir que había alguien más implicado y cabe suponer que la estantería cayó en el forcejeo. Pero de momento no lo hemos podido confirmar. Pudo haber sido un accidente aislado.
—Mmmhm. ¿Cómo crees que ocurrió?
—Supongo que Delgado vio el escaparate roto, entró para intentar detener al ladrón (o ladrones), pelearon y se cayó la estantería. O se la tiraron, aún no lo tengo claro.
—Debe haber sido un mal golpe —dije golpeándola con el nudillo—. La estantería es robusta, pero no sé yo si podría matar a un hombre. Aunque bueno, no soy forense. ¿Irene lleva el caso?
—No, ¿no te lo dijo? Se ha ido a pasar la Semana Santa con su madre. Está Fábrega sustituyéndola.
—Uff, Fábrega. Malo, esto va a frenar mucho la investigación. No me entiendas mal —agregué, viendo la expresión en el rostro de Arjona—, Fábrega es un gran experto forense y respeto, incluso admiro, su conocimiento y su sabiduría; pero no tiene pulso para hacer bien una autopsia y sus ojos ya no son lo que eran. Va a tardar en tener la autopsia completa, que lo sepas.
—Eso suena a interés, Jack —me dijo con una sonrisa—. ¿Cuento contigo en el caso?
—Lo siento, me encantaría, pero mi vuelo sale dentro de —consulté mi reloj— tres horas y media, y ya sabes que hay que facturar con tiempo. Tengo los billetes, tengo la reserva del hotel, tengo las entradas para el teatro, y lo más importante, tengo a mi señora esperándome al otro lado, así que me temo que esto es inapelable.
—¿¿¿Qué??? —exclamó Arjona—. Pero… pero… ¡Porno!
—Lo sé, viejo amigo, lo sé, y no creas que no me interesa este caso. Sata y yo intentaremos mantenernos en contacto, si podemos, para saber cómo evoluciona la investigación.
—¡Venga ya! ¡Un homicidio, una puta, cajas de porno por todas partes! ¡La víctima muerta por la estantería del porno! ¡No puedes decirme que te vas sin siquiera compartir una opinión conmigo!
—Arjona, amigo mío, claro que te voy a dar una opinión. Dices que fueron dos personas quienes entraron aquí, y las señales de pelea muestran que hubo, efectivamente, dos personas; si contamos entre esas dos a la víctima, nos sobra uno. Yo estudiaría bien esa versión de los hechos antes de darla por buena.
—No puedes irte, Jack, tío. ¡Esto es un trabajo para la Sociedad del Misterio!
—Exacto —repliqué sacando mi móvil—. Lo único que digo es que yo me tengo que ir. Pero Zalaya está de guardia, y ya que algún día le tiene que tocar dirigir su primera investigación... estoy seguro de que le encantará que sea esta.

lunes, 7 de enero de 2008

Caso nº 00006: EL FAISÁN DE ORO (CERRADO PROVISIONALMENTE)

A veces el trabajo de investigador resulta frustrante. Todos hemos trabajado con casos en los que no parecía haber ninguna prueba, pero en ocasiones ni siquiera hay un punto de partida.

El Departamento de Policía tiene un caso de asesinato entre manos. Varón, más de sesenta años. Causa de la muerte: traumatismo craneal contundente. Fue golpeado hasta la muerte, desnudado y abandonado en el campo a primeros de año. Unos adolescentes que habían ido a acampar bajo las estrellas lo encontraron el pasado día 4.

Hasta ahí todo parecía normal. El problema es que no hay manera de identificar a la víctima. Sus huellas no figuran en ninguna base de datos. No había documentación alguna. Nadie ha reclamado el cuerpo. Nadie ha denunciado una desaparición en los últimos días. Por si fuera poco, Irene (la cual os desea un feliz año nuevo desde su posición en el laboratorio forense, por cierto) nos informa de que no hay forma de deducir qué objeto se utilizó como arma del crimen: base rectangular, aproximadamente el tamaño de un folio, pero ninguna marca identificativa. No hay huellas sobre el cuerpo, no hay piel bajo sus uñas, el ADN encontrado era animal. Considerando la causa de la muerte y que el cuerpo se encontró en medio del campo, podemos descartar que un animal lo matase. Se sabe que el cuerpo fue trasladado, porque la hierba que se encontró en sus encías no se corresponde con la del lugar en el que fue encontrado. Pero de momento no se sabe dónde se cometió el crimen.

Sintiéndome impotente ante este caso, presenté mis disculpas a Irene y acudí a la cita de trabajo que tenía en el exclusivo club de caballeros “El Faisán de Oro”. Tiene su sede en un lujoso local a las afueras de la ciudad, con un amplio comedor con capacidad para treinta personas (el número de socios), una sala de lectura con chimenea (la más frecuentada en esta época), auditorio, sala de trofeos, bodega, pistas de pádel y piscina climatizada. Sólo hay dos formas de entrar en este club: siendo asquerosamente rico, o siendo familiar de un socio.

Gerónimo Sáez de Vidal (78 años, presidente del club) nos llamó esta mañana para encargarnos un caso de robo. Sería poco honesto negar que me sentía un poco decepcionado de investigar un robo teniendo un asesinato tan intrigante a la vista. Pero el trabajo es el trabajo. Cuando el señor Sáez de Vidal me recibió, se disculpó por el ruido de las máquinas (estaban arreglando una de las pistas de pádel), me hizo pasar rápidamente a la sala de lectura (donde, decía, el estruendo era menor) y cerró la puerta tras de sí.

Miré a mi alrededor. Hacía frío, ya lo había notado al entrar pero ahora que nos quedábamos quietos se hacía bastante más insufrible. Había manchas oscuras en las molduras de las paredes. Se habían afanado en limpiarlas, pero siempre quedan restos. Hollín, me arriesgaría a aventurar. Quizás ese club era algo menos elegante y algo más decadente de lo que siempre hacían ver.

—Gracias por venir con tanta rapidez —me dijo—. Se trata de un caso extremadamente grave, y no quería llamar a la policía.
—¿Sería tan amable de explicarme por qué? —dije con cierta desgana.
—Bueno, porque estoy convencido de que el ladrón es un miembro de este club. No pudo ser de otra forma, el robo ocurrió durante nuestra cena de Nochevieja. He estado haciendo mis indagaciones por mi cuenta… yo también soy aficionado a la investigación, ¿sabe? Pero no he conseguido nada. Y por eso acudo a ustedes, que como sector privado podrán evitar un escándalo para nuestro club.
—Entiendo. Bien, ¿qué les ha sido sustraído?
—Nuestro emblema y orgullo, señor Ryder —se lamentó—. La escultura del faisán de oro que da nombre a nuestro club.

Noté que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Bien, empecemos por lo básico. De todos los miembros de su club, ¿cuántos abandonaron la sede entre la noche del robo y este momento?
—Prácticamente todos. Debe entender que muchos de nuestros socios viajan por el mundo, y sólo vienen al club para las ocasiones especiales.
—Eso significa que, si realmente fue uno de ellos, probablemente su estatua ya haya sido fundida y vendida como nuevas piezas. Es consciente de ello, ¿verdad?

Casi pareció que le acababa de comunicar la muerte de un ser querido.

—Ellos no lo harían… sería deshonrar el buen nombre de este club.
—Señor Sáez de Vidal, les está acusando de robo. Si tiene usted razón, y ahora mismo no tengo pruebas que lo indiquen, cabría pensar que el ladrón no tiene en muy alta estima el buen nombre del club.

—Tiene razón, supongo que tiene razón —musitó—. Debe haber sido alguno de los más jóvenes, nuestras nuevas adquisiciones… Gustavo Hormigo, probablemente; entró aquí ocupando la plaza de su difunto hermano, y nunca me ha parecido que encaje del todo en este club. O Simón Montenegro, que creo que sólo está en el club por las cacerías anuales.
—Entenderá que no debemos descartar a ningún sospechoso. Supongo que tendrá un archivo con los datos de todos los socios, ¿no?
—Naturalmente… Le agradecería que esta investigación se llevara de la forma más discreta posible.
—Por supuesto.
—Sin la intervención de la policía, quiero decir. Tenemos una reputación, ya sabe.
—Por supuesto.

Sáez de Vidal me hizo entrega de un abultado archivador de acordeón. En el interior estaban, por orden alfabético, los expedientes de todos los miembros del club. Les eché un vistazo por encima, dispuesto a estudiarlos con más detenimiento en la oficina.

Entonces algo me llamó la atención. Inmediatamente saqué uno de los expedientes del archivador y se lo mostré a Sáez de Vidal.

—Supongamos, por poner un ejemplo, que yo le preguntara por este socio…
—Arturo Quintanilla —respondió—. El Aventurero, le llamamos. Vendió todas sus pertenencias hace tres años, salvo su barco, y desde entonces se dedica a viajar por el mundo… Oh, cielos, ¿cree que fue él?
—Un poco pronto para creerlo, de momento sólo estoy tanteando, pero ya que utilizamos esta hipótesis de trabajo… ¿diría usted que el señor Quintanilla tenía enemigos en este club?
—Ni en este club ni fuera, que yo sepa. Es un hombre muy generoso. Vive de su herencia, pero siempre saca algo del dinero que hizo con la venta de sus pertenencias para donaciones. Y aquí nos encantan sus historias.
—Entiendo… ¿Cuándo le vio por última vez?
—Pues… la noche de fin de año, sin duda, vino para la cena anual. Pero se fue de los primeros.
—¿Y no ha vuelto?
—Ya le digo que no tiene un domicilio, ni siquiera le queda familia. Vive en su barco. Después de aquella noche, tenía previsto viajar a Egipto.
—Entiendo. Bien, me pondré con su caso de inmediato. Procure no contar al resto de los socios sus sospechas, podría hacer peligrar la investigación.
—¿Mantendrá a la policía al margen?
—No puedo prometerle nada. Haré lo que pueda.

Salí de la sede del club con los expedientes de los socios bajo el brazo. Tan pronto como entré en mi coche, saqué el expediente de Quintanilla y marqué un número en mi móvil.

—¿Irene? Soy Jack. Creo que acabo de identificar a tu cadáver.