Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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lunes, 16 de febrero de 2009

Caso nº 00019: UN REGALO EN LA OSCURIDAD (CERRADO)

La figura se desplazó dándole la espalda a las cámaras de seguridad. Era alto, voluminoso. Había abierto la puerta, y la alarma no sonó. Ni la normal ni la silenciosa. Se adelantó hasta el ordenador de seguridad, introdujo un disco en la unidad y las cámaras se apagaron.
Cuando se volvieron a conectar, una figura yacía en el suelo, desmadejada. Un cadáver en las oficinas de la Sociedad del Misterio.

El teléfono sonó a las seis cuarenta y cinco de la mañana. La mano tanteó, tiró un botellín de agua, aporreó la lamparilla hasta dar con el puñetero inalámbrico. Estaba al lado de un libro de criminología.
Ryder contestó.
—Mfffgl… ehem… Ryder… ¿Quién es?

Quince minutos después se había personado en la entrada de la Sociedad del Misterio.
Matilde López, señora de la limpieza que trabajaba para una empresa contratada por la Sociedad fue la que descubrió el cadáver, que, tirado, se hallaba en la misma entrada de las oficinas.
Ryder, quieto y con la mano en el mentón, analizó lo que veía, a saber:
1.- Un cadáver en la entrada de la Sociedad del Misterio.
2.- No había manchas de sangre ni arma homicida a la vista.
3.- Había una nota en el tablón de los anuncios.
4.- La nota sólo tenía en el exterior dos letras. A. K.
Rezaba lo siguiente:


“Siento despertarle, doctor, pero tenía algo entre manos y no sabía donde dejarlo. Confío en que aquí esté a resguardo, ya sabe, hay muchos carroñeros sueltos.
No lo he hecho por animadversión ninguna hacia ustedes. No quiero decirles mucho más, pero les diré que son los únicos en los que confiaría un asunto de ésta índole.
Atentamente:

A. K.

P.D: Dígale a Boniatus, de mi parte, que el café es excelente. Le alabo el gusto.”


Ryder llamó a la policía y a la plana mayor de la Sociedad: Tenía un cadáver en sus oficinas y había mucho que hacer…

---

Tan pronto como el juez de instrucción lo ordenó, la doctora Irene "Watson" Garzón se encargó de levantar el cadáver. El detective Ryder le dedicó una mirada de despedida mientras su rostro desaparecía en una bolsa para cadáveres. Por el momento sólo habían conseguido su identidad: Carlos Duarte de la Torre, 40 años recién cumplidos, cirujano. Aparte de eso, nada más.
-Esto va a ser complicado, Jack -dijo la forense.
-Lo sé, mi equipo y yo nos pondremos a trabajar en cuanto...
-No, no me has entendido. Quiero decir que me huele a encerrona.
-Encontraremos a ese asesino, tranquila.
-No deberíais hacerlo.
-¿Perdona?
-Deberíais dejar este caso en manos de la policía.
-¡Irene! ¡Por si no te has dado cuenta, nos han dejado un cadáver en casa!
-Lo sé.
-¿Te das cuenta de cómo nos hace quedar eso?
-Como los principales sospechosos. Por eso la policía no se mostrará muy abierta a colaborar.
-¡Exacto! Y por eso tenemos que encontrar al asesino. Es la única forma de demostrar nuestra inocencia.
-¿Recuerdas lo que decía papá en estos casos?
Ryder suspiró.
-Piensa en ajedrez -continuó la doctora-. Si A. K. es la mente criminal que me has dicho que es, cada jugada tiene que estar ensayada para obligarte a reaccionar. Y como tú mismo has dicho, encontrar al asesino es lo único que demostraría vuestra inocencia... así que eso tiene que ser lo que quiere que hagáis.
-¡Pero...!
-Ya os pilló la última vez, ¿recuerdas? No puedes entrar en su juego. No si no quieres que se vuelva a salir con la suya.
El detective cayó derrotado sobre su silla.
-Arjona y yo nos ocuparemos de que esto se haga bien -añadió la doctora Garzón-. Vosotros nos habéis ayudado con un montón de casos... deja que ahora ayudemos nosotros.
-¿Me avisarás cuando determines la causa de la muerte?
Esa fue toda la respuesta que la doctora recibió. El detective Ryder estaba sumido en sus propios pensamientos, atrapado por ellos y sin ninguna intención de escapar.

La forense se despidió y salió del despacho. En la puerta se cruzó con el Profesor Boniatus, que la saludó cordialmente y pasó a hablar con el jefe.
-No he podido evitar escuchar la conversación. ¿Entonces vamos a hacerle caso? ¿Nos vamos a mantener fuera de la investigación?
-Sí y no, respectivamente -respondió Ryder con media sonrisa-. Irene tiene razón, es una encerrona, y ya hemos pasado por eso y no nos gustó la primera vez; pero... ¿qué consigue A. K. con que nos pongamos a perseguir al asesino?
-¿Que nos acusen de obstrucción a la justicia?
-No, eso sería "qué gana". Pero lo que consigue es distraernos del resto de las piezas de este caso.
-¿Qué resto de...?
-Averigua dónde estaba la consulta de la víctima. No menciones el asesinato. Vamos a seguir ese cabo, vamos a averiguar quién era Carlos Duarte para A. K. y por qué le quería muerto.

viernes, 18 de julio de 2008

Caso nº 00013: EL RABO DEL DIABLO (CERRADO)

La Sociedad del Misterio lleva ya doce casos en su historial, y todos ellos resueltos con éxito. En cada uno de nuestros trabajos nos hemos enfrentado a enigmas más o menos difíciles de resolver. Pero si ha habido un punto en común entre casi todos los casos, si de algo podemos presumir de entender, sin duda es del que se convirtió en punto de partida de nuestra decimotercera aventura.

El Profesor Boniatus y yo llegamos al plató en compañía de nuestra clienta, la actriz protagonista de la película “El Rabo del Diablo”. El escenario, que simulaba ser una iglesia, hervía de actividad ante la perspectiva del rodaje de una de las escenas más complejas de la producción. La iluminación acababa de fallar, y el director estaba histérico llamando al técnico de efectos especiales para que corrigiera el problema. Algunos de los actores aún no se habían presentado. Y los de Maquillaje amenazaban con dimitir.

Ciertamente, el tipo de película en la que tenía sentido que la Sociedad del Misterio tuviese que investigar.

—Muy bien, tenemos que movernos con discreción. Profesor, investiga la escena sin llamar demasiado la atención. Si alguien te pregunta, hemos venido a ver el rodaje invitados por nuestra amiga la señorita… ehm…
—Jenny Thales —completó nuestra asiliconada clienta.
—Por supuesto. Busca cualquier cosa extraña, lo que sea. No sabemos a qué nos enfrentamos.

Boniatus se puso manos a la obra. Yo invité a nuestra clienta a incorporarse al trabajo con normalidad y reflexioné sobre el misterio que teníamos entre manos. Jenny Thales, la célebre actriz porno, estaba en nuestra ciudad rodando su última película, una gran producción cuyo (ejém) “argumento” giraba en torno a la idea de un demonio apareciendo en un convento para poseer (con perdón) a las monjas, las cuales a su vez debían combatirlo y expulsarlo. A los pocos días de empezar el rodaje, comenzó a recibir cartas amenazantes y fotografías acuchilladas de ella en el plató, tanto entre escena y escena como durante el propio rodaje. Las fotos estaban ahora en una caja en poder de Jnum, nuestro nuevo Jefe de Departamento de Pruebas Físicas, y siendo sometidas a un análisis intensivo. Las cartas decían siempre lo mismo: “Morirás en tu cumpleaños, puta”.

La policía no se había tomado esto en serio, porque al parecer Jenny Thales recibía amenazas constantemente y siempre resultaban ser bromas de sus novios. Sin embargo, dos días después de que se recibieran la primera carta y las tres primeras fotos, una de sus compañeras de reparto, Thathyana, desapareció sin dejar rastro.

—¿Quién es usted? —inquirió de pronto un hombre con coleta y gorra.
—Soy un amigo de Jenny, me ha dicho que podía venir…
—No lo he autorizado. ¿Seguro que no está con el grupo de Piña?
—¿Quién es Piña?
—El cura. El que no hace más que protestar desde que empezamos el rodaje. Tiene su propio grupito de manifestantes.

Benito Piña. Cómo no. El cura que se negó a enterrar a Jorge Brezo porque cabía la remota posibilidad de que quizás se pudiera haber suicidado a lo mejor. Eso explicaba los manifestantes de la entrada.

—Oh, no, créame, yo no estoy en contra… Le sorprendería la cantidad de porno que tengo en mi oficina.
—¡En su oficina! ¡Esa ha estado bien! —replicó el hombre con una carcajada—. Soy Aitor Larroca, el director.
—Jack —dije estrechándole la mano—. ¿Dice entonces que han recibido quejas por la película?
—Uno intenta hacer algo más artístico y con argumento y no veas la que te montan. Tenemos guardias de seguridad para impedir que la gente entre. Por eso me había extrañado verle por aquí.

La iluminación del plató cambió momentáneamente a rojo y luego desapareció. El cambio brusco me hizo desviar mi mirada por un momento, buscando su origen con curiosidad, y así fue como vi a la señorita Thales discutir con un hombre. Era muy, MUY claramente, un hombre. Lo bastante claramente como para que el tatuaje de su muslo fuese visible y, al mismo tiempo, permaneciera parcialmente cubierto. Al parecer, él estaba bastante furioso con ella y eso la había ofendido. Decidí esperar un tiempo prudencial para hablar con él, y seguí hablando con el director sin perder de vista al otro.

—Ya le digo, he entrado con Jenny. ¿Esto está siempre tan ajetreado?
—Hoy rodamos la escena final. Es la más complicada, necesitamos más efectos especiales, una coreografía impecable con todas las actrices para el mismo actor, están fallando los efectos de luces y humo y nos falta una actriz.
—Thathyana, sí, Jenny me ha comentado algo.
—Le habrá comentado también entonces que la muy cerda tiene costumbre de marcharse en mitad del rodaje sin avisar, ¿no? Porque ya es la tercera película en la que me hace lo mismo. Estamos teniendo que reescribir el guión para cubrir su parte.
—Claro, lógico —respondí, pensando que la señorita Thales no me había comentado esta tendencia de su compañera a los actos de desaparición—. ¿Y los efectos?
—Son cruciales para esta escena. No las usamos para nada más. Las probamos hace una semana y dieron fallos, tuvimos que arreglarlas y probar hasta que conseguimos que se encendieran, y ya desde entonces dejé dicho que nadie las tocase más hasta que las tuviéramos que usar de verdad. Juro que no se han usado sin tener al técnico de efectos especiales hurgando detrás. ¡Se supone que no tendrían que fallar!
—Entiendo. Y dígame…
—Disculpe, acabo de ver a otro que no debería estar aquí. ¡Eh, usted!

Y se perdió entre el gentío. Si de verdad había visto entre tanta gente a alguien que estuviera fuera de lugar, tendríamos que ofrecerle un trabajo en la Sociedad del Misterio. Total, porno no le iba a faltar.

En fin. El hombre con quien discutía la señorita Thales ya se había quedado a solas. Me acerqué a él, con el reparo justo y necesario con el que un hombre vestido se acerca a uno con el que no tiene ese punto en común, y le saludé.

—¿Qué quiere?
—Oh, sólo saludar. Verá, soy amigo de Jenny, me ha invitado a venir al rodaje, y pensé…
—¿Le ha traído para sustituirme?

Eso me extrañó, halagó y espantó al mismo tiempo.

—¿Qué? ¡No! ¡Sólo soy un aficionado al género!
—Ya, claro. O sea, que la muy puta frígida me corta el rollo dos veces, me quedo dos días sin cobrar por su culpa y ahora me trae un suplente.
—Oiga, que le digo que yo no… perdone, ¿sin cobrar?
—¿No era un aficionado al género? ¡Los actores porno no cobramos si no “acabamos la faena”! ¡Creí que sabía algo más!
—Vaya, perdone, me temo que sólo soy aficionado a nivel espectador.

Eso pareció tranquilizarle. Si no sabía cómo trabaja un actor porno, difícilmente podía ser su reemplazo.

—Bueno. Pues que disfrute del espectáculo. Hoy es mi gran escena, todas las chicas para mí. Espero que Jenny no me vuelva a joder. O bueno, o que sí, usted ya me entiende.
—Por supuesto. Pues mucha mierda para esta escena, señor…
—Rick. Rick Grande.

El actor se puso los cuernos que constituían casi por completo su disfraz de diablo y se fue al centro del escenario, a la espera de que las luces estuviesen arregladas y la coreografía reorganizada para empezar a rodar.

Yo allí ya tenía bastante. Y la verdad, sentía curiosidad por lo que Jnum hubiera podido encontrar en las fotos. Como no conseguía encontrar a Boniatus entre el gentío, le llamé al móvil; pero me dijo que aún seguía trabajando, que de hecho se había metido a investigar en el camerino de la actriz desaparecida, y que le llevaría algún tiempo.

Había trabajo que hacer. El cumpleaños de Jenny Thales era el próximo jueves 24. Si realmente había alguien intentando asesinarla (y la verdad, no las tenía todas conmigo), apenas teníamos una semana para resolver el misterio, así que abandoné el plató. Ya esperaría a que sacaran la película. O incluso el libro.