Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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lunes, 21 de enero de 2008

Caso nº 00007: CINCO DÍAS PARA MORIR (CERRADO)

Eran las cinco treinta y siete de la tarde cuando llegué al escenario de nuestro nuevo misterio. Allí, junto con los implicados en el caso, me esperaba la policía… y nuestro nuevo jefe de procesamiento de la escena del crimen, el recién ascendido profesor Boniatus, que según la policía llevaba ya esperándome cuarenta y cinco minutos. Lo que confirmaba que su coche sí funcionaba.

—¿Qué tenemos?
—Desaparición, posible secuestro. Señales de violencia, pero no hay nota de rescate. La desaparecida es Ágata Castro, viuda, ochenta y dos años. Está impedida.
—¿Impedida? ¿Qué tiene?
—¡Qué no tiene! Artritis, insuficiencia renal, arterioesclerosis, diabetes, demencia senil, ataques epilépticos, episodios psicóticos… El armarito de su baño es una farmacia de tres plantas. Ahora iba a llamar a su médico para conseguir más información sobre su estado.
—Ya veo. ¿Qué llevas hecho?
—Primero he sacado fotos, nada más llegar. El resto de los tres cuartos de hora que llevo aquí esperándote me he dedicado a procesar la escena.

Carraspeé.

—Bueno, soy... —titubeé-, soy el investigador jefe, tengo... tengo... a veces tengo otros casos que atender y...
—Ya -interrumpió—. El puto coche, ¿no?
—Y que sigo sin saber qué es lo que le pasa.

Palmeé el hombro a mi compañero para felicitarle por un trabajo bien hecho y pedí a la policía que me pusiera al corriente. Ágata Castro vivía sola con la enfermera que su hijo contrató para ella, Berta Pocino (cuarenta y tres años, soltera). Su familia (hijo, nuera y nieta) apenas la visitaban. Todos los días entre semana, a las tres de la tarde, durante la siesta de la señora Castro, Berta bajaba a la tienda a comprar los avíos para el día. Esta tarde, sin embargo, cuando regresó de la compra media hora más tarde, se encontró con la casa revuelta… y sin la señora Castro. Inmediatamente se puso a buscarla y, al no dar con ella, fue preguntando a todos los vecinos hasta que, una hora después y presa de la desesperación, llamó a la policía y al señor Héctor Cubero, hijo de la señora Castro (cincuenta y cuatro años, casado, presidente de una empresa de importaciones textiles).

—¿Se ha verificado la historia de la señorita Pocino? —pregunté al sargento al mando.
—Estamos contrastándola ahora mismo. Por el momento tenemos varios testigos: el tendero que la atendió, cinco vecinos a los que preguntó en sus propias casas, y una señora que sacaba algo a reciclar cuando ella volvía a casa.
—Entonces parece que su versión se sostiene.
—No exactamente —me corrigió el sargento—. Esto certifica que salió de casa e hizo todo lo que ha declarado… pero no que no cometiera ella misma el crimen. No tiene testigos dentro de la propia casa.

Observé la escena del crimen. La habitación olía a cerrado, las persianas estaban casi bajadas y no parecían haber sido subidas en una semana. Había signos evidentes de pelea, o de forcejeo. La señora Castro se resistió. Una lámpara volcada, una silla caída, trozos de vidrio de una botella. Esto último me llamó la atención: ¿el secuestrador decidió utilizar una botella rota como arma para disuadir a su víctima de escapar? ¿La agredió? Busqué rastros de sangre, pero el suelo estaba completamente seco y las sábanas todo lo limpias que podían estar. ¿Faltaba algo, aparte de la víctima? No había marcas de polvo en los muebles ni de arrastre en el suelo salvo junto a la librería. Pero en este caso, parecía que sólo la habían desplazado levemente, como si la hubieran empujado sin querer.

Había postergado demasiado el siguiente paso. Fui directamente a hablar con la familia de la víctima. Además del ya citado Héctor Cubero, allí estaban Ofelia Salazar (cuarenta y ocho años, esposa de Héctor Cubero y marchante de arte) y Aída Cubero (treinta y tres años, hija de los Cubero, nieta de Ágata Castro, soltera, ejecutiva de cuentas de una agencia publicitaria).

—¡Ah, por fin! —exclamó el señor Cubero al verme llegar—. ¿Ha descubierto ya algo?
—Aún estamos investigando…
—Pues dese prisa, joven. He tenido que abandonar una reunión importantísima en la sede central de mi empresa, y me gustaría poder volver cuanto antes.
—No seas así, Héctor —le reprochó su esposa—. Todo el día trabajo, trabajo, trabajo. ¡Deberíamos ser capaces de sacar tiempo para los problemas de la familia!
—Sería la primera vez —masculló Aída por lo bajo.
—Verá, detective —prosiguió Ofelia Salazar—. Mi suegra siempre ha sido… digamos, “de trato difícil”. Pero sigo sin poder entender para qué querría nuestra Berta escondérnosla…
—Yo creo que se ha ido ella sola —gruñó Héctor Cubero—. Mi madre está loca, lo sabe todo el mundo.
—¡Papá! ¡No hables así de la abuela!
—No, Aída, hija, tu padre cuando se lo propone es así de “diplomático” pero ahí tiene razón. La abuela Ágata no está bien de la cabeza. Pero no sé, no creo yo que se hubiera ido por sí sola…
—Bueno, si quiere mi opinión —expresó Aída Cubero en voz baja—, yo no descartaría que la abuela esté muerta y que Berta se haya deshecho del cuerpo antes de llamar a nadie.
—¿Tiene alguna prueba que respalde esa teoría, señorita?
—Bueno, no… pero ¿no lo vería usted lógico? Berta es su enfermera, si algo le pasaba a la abuela ella sería la responsable directa, así que entierra el cadáver y luego llama diciendo que ha desaparecido. Así se libra de las sospechas.
—Necesito un trago —se lamentó Héctor Cubero.
—¿También ahora tenía que salir tu alcoholismo a relucir? —masculló Ofelia Salazar con un mohín de desprecio.
—¡Beber me ayuda a relajarme! ¡Y aquí tu hija está insinuando que mi madre está muerta!
—¡También es tu hija! ¡Y te recuerdo que, hace un momento, tú mismo estabas deseando volverte a tu reunión!
—Damas, caballero —interrumpí—, si queremos que esta investigación progrese voy a necesitar su colaboración. Veamos, ¿qué estaban haciendo cuando recibieron la llamada?
—Ya se lo he dicho, estaba en una reunión con el notario —replicó Héctor Cubero—. Fuera de la ciudad, además, o sea que encima he tenido que conducir una hora de vuelta para que, probablemente, mi madre se haya ido por su propio pie.
—Yo negociaba la compra de unos cuadros cuando me llamaron —explicó Ofelia Salazar—. Fui la primera en llegar.
—Y yo estaba en mi oficina, archivando una campaña recién cerrada —agregó Aída Cubero—. Pregunte a cualquiera de mi agencia. Llegué poco después que mi madre.

Tomé debida nota de las declaraciones de los tres implicados, cuando de pronto Boniatus me llamó para que acudiera de nuevo al dormitorio de la víctima. Al llegar a su encuentro, pude ver la preocupación reflejada en su rostro.

—Tenemos un problema serio, jefe —me dijo—. Acabo de hablar con el médico de la señora Castro.
—Informe.
—¿Todos esos medicamentos que tiene en el armarito del baño? Los necesita tomar a diario. Todos. Algunos dos veces al día.
—Dime que no significa lo que creo que significa.
—Me temo que así es, Jack —agregó con gesto grave—. Sin su medicación, su médico le da unos cinco días de vida.

Observé un par de detalles más de la casa y volví al salón. Allí me dirigí al sargento que llevaba el caso.

—La Sociedad del Misterio acepta este caso, pero tenemos que empezar pidiendo un favor.
—Adelante.
—Retengan a la señorita Pocino, por supuesto, es nuestra principal sospechosa… pero, si fuera posible, evite que estas tres personas abandonen la ciudad.

Los familiares de la víctima protestaron indignados. Amenazaron con demandarme. El señor Cubero incluso hizo un amago de agredirme físicamente. Yo traté de mantenerme imperturbable todo el tiempo que pude.

El sargento me llevó aparte.

—¿A qué ha venido eso, Ryder? —me increpó—.¿Es consciente de que acaba de insultar a los afectados familiares de una anciana desaparecida?
—La cerradura no ha sido forzada, así como ninguna de las ventanas—expliqué—. El secuestrador tenía llave… y eso apunta directamente a la familia.
—O a la enfermera, ¿no cree? A fin de cuentas, es nuestra sospechosa principal.
—Hay más. La familia Cubero es rica, ¿no es cierto?
—Sí, tienen negocios muy prósperos, ¿pero a qué viene…?
—Bien. ¿Quién secuestraría a un miembro de una familia rica y no pediría un rescate? Eso me hace pensar que no se trata de la enfermera.
—No son pruebas sólidas. No puede dedicarse a sospechar de cualquiera sin pruebas sólidas.

Bajé la mirada. Ciertamente, sólo teníamos indicios, pero no podía dejar que el secuestrador saliese indemne, no con tan poco tiempo.

—Cinco días —dije entonces—. Denos cinco días para investigar este caso. Si en cinco días no hemos logrado encontrar ninguna prueba, abandonaremos la investigación.
—Tendrán que trabajar con lo que tienen, Ryder —me replicó el sargento—. Dudo mucho que ahora mismo la familia se muestre muy abierta a hablar con usted o sus agentes.
—Pero necesitaremos…
—Traigan alguna prueba sólida contra alguna de estas tres personas, y yo mismo prepararé la sala de interrogatorios. Hasta entonces, trabajen con lo que tienen. Yo intentaré convencer a la familia de que lo mejor en este caso es que permanezcan en la ciudad… por si se supiera algo.

Agradecí al sargento su consideración y nos pusimos inmediatamente manos a la obra. Teníamos cinco días para resolver un secuestro… antes de que se convirtiera en un homicidio.