Bienvenidos a la Sociedad del Misterio

El juego ha comenzado. Cada entrada a esta bitácora será un misterio por resolver. Dispondréis de todos los datos del caso, así como de un espacio de libre intercambio (los comentarios) donde podréis intercambiar teorías, pedir nuevas pistas y, cuando estéis preparados, formular vuestra acusación.

¿Os creéis capaces de resolver los casos de la Sociedad del Misterio?
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lunes, 8 de febrero de 2010

Primer Duelo de Investigadores - Caso nº 00024: EL SECRETO DE LOS CAPARRÓS (CERRADO)

—Quizás no sea nada —advertí abriendo el dossier—. Pero con los datos que tengo, desde luego a mí también me da la impresión de que aquí hay algo que falla. No sé si conoceréis el caso de los hermanos Caparrós.

En mi despacho se celebraba una reunión a puerta cerrada. De pie, a mi lado, el inspector Raúl Escobar, de Homicidios, con semblante inquieto; frente a mí, cada uno sentado en una silla, Celdelnord y el Doctor Rasudoque; y sobre mi escritorio, un caso policial cerrado hacía dos meses.

—Iván y Andrés Caparrós —dije mostrando sus fotografías—. Ladrones de casas, detenidos media docena de veces. Un equipo inseparable, si pillaban a uno el otro se entregaba, en la cárcel siempre se apoyaban el uno al otro contra los internos más violentos. Y de pronto, el veinticuatro de noviembre… Andrés mata a Iván y se entrega a la policía.
—Tuvieron una discusión —explicó el inspector Escobar—. Según Andrés, le pudo la codicia y quiso llevarse una tajada mayor del botín de su último robo. Como su hermano no cedía, perdió el control y le apuñaló con un cuchillo de cocina. Después se dio cuenta de lo que había hecho y se sentó a esperarnos en la escalera, con el arma del crimen en sus manos y la sangre de su hermano en su camisa. Confesó, nos explicó cómo ocurrió todo, nos pidió un momento para coger sus efectos personales, y luego nos acompañó sin resistencia al calabozo. A los agentes que vinieron conmigo y a mí nos dejó atónitos lo sereno que estaba.
—Las pruebas eran claras. Un típico caso de habitación cerrada, no había más forma de entrar ni salir que la puerta principal, y tenemos un video que demuestra que nadie la cruzó salvo Andrés desde el momento del crimen hasta la llegada de la policía. La pelea descrita cuadra con la que escuchó el vecino de los Caparrós y con lo que nos cuenta la escena del crimen. La trayectoria de la salpicadura se correspondía con la posición de los dos hermanos. La salpicadura de sangre en la ropa de Andrés, las huellas en el cuchillo, todo sugiere que el caso está cerrado correctamente: Andrés acuchilló a Iván.
—Suena bastante claro —opinó Celdelnord—. ¿Dónde está el problema?

Escobar vaciló un segundo.

—No puedo demostrar nada —explicó—, de momento es sólo una intuición. Pero los Caparrós nunca han sido asesinos. Ni siquiera tienen antecedentes por violencia. Una vez, incluso, el propietario de una casa en la que robaron fue asesinado… y ellos confesaron el robo sólo para poder testificar contra el asesino.
—¿Le ha comentado eso a sus superiores? —preguntó Rasudoque.
—Dicen que para todo hay una primera vez. Y supongo que no deja de ser posible… pero matar a tu hermano a cuchilladas sin antecedentes no es muy común.
—Bueno, no sólo hablamos de hermanos sino de cómplices —apuntó Celdelnord—. ¿Tenemos alguna prueba ambigua?
—Creo que no —confesó Escobar—. Aparte de las pruebas forenses que ya he mencionado… el vecino de los Caparrós es estudiante de imagen y sonido, y justo en el momento de la pelea estaba haciendo pruebas con su cámara. No tenemos video del asesinato, pero gritaron mucho y las paredes de esos apartamentos son casi de papel… tenemos la discusión grabada.
—Necesitaremos copias —asintió Rasudoque—. ¿Podemos acceder al escenario?
—La escena ya está desprecintada y limpiada, me temo. Hace dos meses del crimen, y el cuerpo está convencido de tener al culpable entre rejas. Os puedo pasar las fotos, si queréis. Revisamos la escena a fondo.
—¿Modus Operandi?
—Tenían un coche, un León del 99, que utilizaban para vigilar las casas que iban a robar. Estudiaban a los propietarios, sus costumbres, sus movimientos, sus horarios. Y el día del robo, aparecían a pie, sin el vehículo que los vecinos pudieran haber visto los días atrás; entraban con un par de mochilas, robaban los objetos de valor que pudieran llevar consigo, y salían sin ser vistos. Como salían a pie, si alguien los veía no llamaban la atención.
—¿Y podremos hablar con el sospechoso? —preguntaron los dos a la vez.
—Eso puede ser complicado —intervine—. Andrés está siendo un preso modelo: educado, respetuoso, tranquilo, trabajador… nunca se mete en peleas. Está siendo incluso puntual. Con semejante comportamiento, el alcaide está encantado de concederle su única petición… que, por desgracia, es no recibir visitas. No, si queremos hacerle salir de su celda tendremos que captar su atención, y para eso necesitaremos algo sólido con lo que trabajar.
—Pero no hay nada sólido, ¿verdad, Jack? —preguntó Celdelnord—. Las pruebas son claras, nadie más pudo hacerlo, y tenemos incluso la confesión del asesino. No tenemos nada con lo que trabajar, ¿o me equivoco?
—Todo apunta en esa dirección, sí. Pero cuando Escobar me comentó el caso, me hice inmediatamente esta pregunta: ¿a cuánto ascendía su último botín?
—Su último robo fue un fiasco —explicó Escobar—. Sólo pudieron llevarse una vajilla bastante estropeada antes de que los propietarios aparecieran por casa. Pudieron escapar por los pelos.
—¿Qué demuestra eso? —inquirió Rasudoque—. Aquí mi rival lo ha dicho bien claro, las pruebas apuntan a que Andrés Caparrós mató a su hermano.
—Pero no demuestran el móvil —apostillé—. Para eso sólo tenemos la confesión del sospechoso. Y no me cuadra que alguien que siente adoración por su hermano, que se entrega para no dejarlo solo en prisión, lo apuñale por unos platos viejos… Andrés Caparrós oculta algo, y quiero saber qué es.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Segundo Aniversario - Caso nº 00023: UNA DUDA DESDE EL PASADO (CERRADO)

Sentado a la mesa de la cafetería del aeropuerto, en compañía de dos de mis jefes de departamento, no dejaba de consultar el reloj una y otra vez. Podría decirse que estaba impaciente por volver a ver a mi viejo amigo y colaborador… pero lo cierto es que me intrigaba su llamada. Hacía ya casi una década que no recurría a mí. ¿En qué podía estar trabajando?

Las puertas de la zona de recogida de equipajes se abrieron para dejar pasar a una marabunta de viajeros. Pero él se destacaba sobre el resto. Sus dos metros de estatura, su considerable envergadura, su cabello gris ondulado y sus inseparables gabardina negra y bufanda roja. Se detuvo en la misma puerta, dio un rápido vistazo a su alrededor, identificó el letrero de la cafetería y prosiguió su avance. Llevaba un periódico doblado en una mano y un maletín en la otra. El sol de la mañana filtrándose por los grandes ventanales de la terminal arrancaba destellos de la cadena de su reloj.

Cuando llegó a nuestra mesa me estrechó la mano con firmeza y me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Pero sólo sus labios sonreían. Algo le preocupaba, y mucho.

—¿Sería posible que hablásemos a solas, Jack? —preguntó en un impecable castellano sin acento.
—El Profesor Boniatus y Zalaya son de confianza, están entre la élite de la Sociedad del Misterio. Caballeros, creo que ya habréis oído hablar del inspector O’Halloran, de la INTERPOL.

O’Halloran saludó educadamente a mis compañeros, pero se le seguía viendo incómodo con su presencia. No obstante, éste era un punto en el que yo no pensaba ceder: si la Sociedad del Misterio iba a involucrarse en un caso de INTERPOL, quería que mis jefes de departamento conocieran los detalles de primera mano.

El inspector soltó el periódico sobre la mesa. Lo primero que me llamó la atención fue que no era del día… sino de una semana atrás. La noticia de portada hablaba del asesinato de una mujer de la localidad, Leyre Úbeda (48 años, soltera, profesora de secundaria) en lo que parecía haber sido un crimen pasional. Siete puñaladas. La policía aún no nos había pedido nuestra colaboración, pero sí, reconocí la noticia, y así se lo dije a O’Halloran.

—Conoces lo que pedimos a la policía que dejase que se hiciera público, Jack —replicó—. Este caso se nos echa encima y necesito tu punto de vista, así que voy a revelar información confidencial. Confío en que todos los aquí presentes seremos unos caballeros y esto no saldrá de aquí.

Tan pronto como los tres dimos nuestra palabra, O’Halloran abrió su maletín y extrajo unas cuantas fotos. Cuando me pasó la primera supe inmediatamente lo que habría en las demás.

—Herida en forma de estrella —comentó Boniatus al recibir la primera foto de manos de Zalaya—. Pequeño diámetro. En la herida del cuello se aprecia una marca circular… como si al clavarse el arma hasta el fondo la empuñadura hubiese golpeado la piel. ¿Un destornillador, tal vez?
—Espera, espera, esta herida no encaja —musitó Zalaya con la segunda foto ante sus ojos—. Todas las heridas están causadas por encima de la ropa, sin contar claro la del cuello. Así que ¿por qué está desabrochado el penúltimo botón de la blusa?
—Porque ahí es donde les practica la incisión para llegar al estómago —murmuré mecánicamente. La tercera foto, tal y como me temía, mostraba la incisión a la que había hecho referencia.
—Ya te puedes imaginar el contenido del estómago entonces, ¿no, Jack? —preguntó O’Halloran.

Inspiré hondo antes de coger la cuarta foto. Aquello, que a ojos de un observador neófito podría y debería resultar ridículo, hizo que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. El único dato que siempre se había mantenido oculto a la prensa. El pequeño patito de goma quirúrgicamente introducido en el estómago de las víctimas.

—Ruby —dije en un hilo de voz.

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Ocho años atrás, el doctor Juan “Watson” Garzón encontró un patito de goma en el estómago de una víctima de asesinato. No había sido ingerido de forma natural. La incisión en el vientre se había practicado post-mortem. La muerte fue causada por una puñalada en el corazón con un destornillador de estrella, acompañada por seis heridas más de igual factura.

Antes de que pudiésemos investigar más, el inspector O’Halloran reclamó el cuerpo en nombre de INTERPOL. El comisario Regordán indicó que el asesinato se había cometido en su jurisdicción, y que si no había una buena razón para entregarlo no lo haría. El súbdito británico explicó entonces que se trataba de la undécima víctima del apodado por la prensa “Asesino del Destornillador”, y conocido dentro de INTERPOL como “Ruby” por el patito de goma que era su firma (y del que, obviamente, la prensa nunca supo nada). Ruby había cometido asesinatos en Texas, Nevada, Nueva York, México, Argentina, Francia, Escocia e Inglaterra; una víctima por estado (salvo en Texas y en Escocia, que cayeron dos), antes de llegar a nuestra ciudad.

Tras una ardua negociación, Regordán consiguió firmar una colaboración entre ambos departamentos. Pero O’Halloran sospechaba que Ruby huía del país en cuanto olía a un agente de la ley. Por eso en Texas asesinó a dos personas… la primera víctima tardó en aparecer, pero para cuando se hicieron públicas las dos muertes el asesino desapareció para resurgir en Nevada. En Escocia, de hecho, la segunda víctima fue un policía.

Si queríamos averiguar algo antes de que desapareciera, necesitaríamos a alguien que pudiese trabajar de incógnito. Y casualmente, había un joven estudiante sin rango alguno en la policía, con un buen dominio del inglés, a quien el forense jefe recomendó sin dudarlo.

Así fue como obtuve el alias de Jack Ryder, que utilicé para aquella operación encubierta y que retomé cuando fundé la Sociedad del Misterio. Así fue como, haciéndome pasar por periodista, logré seguir la pista del asesor forense y ciudadano americano Peter D. Gordon, a quien se había visto hablando con la última víctima en más de una ocasión, y de quien conseguimos averiguar que había estado trabajando en todas las ciudades en las que actuó Ruby, justo en las fechas señaladas.

Gracias a nuestra colaboración, Peter D. Gordon fue arrestado, extraditado, juzgado… y condenado a muerte. Su abogado ha recurrido la sentencia desde entonces, pero tras el último intento el juez dictó que el acusado sería llevado a la silla eléctrica el tres de Octubre.

—¿Crees que tenemos al hombre equivocado? —pregunté.
—Conoces los datos del caso mejor que nadie, Jack —replicó O’Halloran—. Los estuviste estudiando durante meses incluso después de la detención. Si tú me dices que el hombre que los americanos tienen en el corredor de la muerte es Ruby, no necesitaré más.

Suspiré.

—Matheson me metió el miedo en el cuerpo. Por eso seguí estudiando el caso. Y entonces llegué a la conclusión que ya conocemos: que las pruebas estaban blindadas, que Gordon tenía que ser Ruby. Pero eso no quita que el abogado tenga razón… si nos equivocamos, el culpable seguirá suelto y habremos causado la muerte de un inocente.
—¿Sí o no, Jack? ¿Tenemos a Ruby entre rejas, o no?
—Este trabajo me ha enseñado a asegurarme de todo antes de poder afirmar nada, O’Halloran, y menos aún algo tan serio como esto. Hace ocho años estaba convencido. Pero quiero repasarlo para estar seguro.

O’Halloran se derrumbó en su asiento. Pero su mirada desde el principio me decía que iba a hacerlo de todas formas. Si el hombre al que teníamos entre rejas era efectivamente Ruby, entonces es que había un segundo asesino; si no, es que el auténtico asesino seguía suelto. De cualquiera de las dos maneras, teníamos a un homicida que cazar.

—Podemos ayudar, pero necesitaré meter al equipo en esto.
—Regordán me ha dicho que me puedo fiar de vosotros. ¿Qué necesitáis?
—Acceso a la última escena del crimen. Quiero que Boniatus la estudie desde cero, sin influencia de los casos anteriores.
—Se puede conseguir.
—Una entrevista con Nuria Copano y otra con Carlos Ashmoor. Necesito que Zalaya conozca a los implicados.
—Con Ashmoor no creo que haya problemas. Copano puede estar algo menos dispuesta.
—Y los informes de los crímenes originales. Quiero repasarlos con calma, ahora que tengo algo más de experiencia.
—Sin problemas. Pero piensa que tenemos un límite de tiempo…
—Normalmente trabajamos con un margen de dos semanas. Justo el tiempo que tenemos antes de que Gordon sea ejecutado. Podemos hacerlo, O’Halloran. Puedes confiar en mí.

Intercambiamos algunas palabras más y nos separamos. O’Halloran debía volver a comisaría a ver si había nueva información, y nosotros teníamos que ponernos manos a la obra. Pero creo que intuyó que, en parte, le había mentido.

Claro que haríamos el trabajo. Pero ¿cómo podía decirle que confiase en mí… si yo mismo no estaba seguro de haber condenado al hombre correcto?

lunes, 15 de diciembre de 2008

Caso nº 00017: ESCALERA AL CIELO (Segunda parte) (CERRADO)

Johann Radenauer era un hombre muy conocido y renombrado en determinados círculos, aunque menos cuanto más nos alejábamos de su Dusseldorf natal. Aunque su reputación había llegado al extremo de lo dudoso en varias ocasiones, y aunque se le conocía por sus pocos escrúpulos en sus métodos y a la hora de escoger clientes, seguía siendo considerado uno de los mejores detectives privados del mundo, y sin lugar a dudas el más caro de Alemania. El hecho de que ahora descansase en el depósito de cadáveres de nuestra ciudad no hacía sino complicar lo que prometía ser un caso sencillo.

En el momento de su muerte llevaba casos para tres clientes distintos en el momento de su muerte, ninguno de ellos español. Por desgracia, y aunque los nombres de sus clientes eran conocidos, en su oficina no quedaba constancia alguna de la naturaleza de sus investigaciones. Según había informado su secretario, Radenauer solía tomar notas de sus progresos en una libreta de la que nunca se separaba, y no era hasta que el caso estaba cerrado que pasaba estos datos a su ordenador. Al parecer ya había sufrido el ataque de un hacker una vez y no había vuelto a confiar en las máquinas durante una investigación en curso.

La policía alemana estaba investigando a los clientes, intentando averiguar cuál era el motivo de sus tratos con Radenauer. Pero todos sus clientes eran hombres ricos y poderosos, con ejércitos de abogados dispuestos a litigar hasta la muerte para defender su privacidad. Dos de ellos estaban bajo sospecha de serias actividades criminales, pero la policía llevaba siguiéndoles el rastro durante años sin conseguir encontrar nada sólido. No, si queríamos descubrir quién le había asesinado tendríamos que trabajar desde el final en lugar de confiar en el principio.

Hasta ahora trabajábamos para el injustamente detenido padre Froilán, y nuestro cometido era demostrar su inocencia. Pero ahora era el propio inspector Garcete quien nos pedía ayuda. Ahora, todos nuestros esfuerzos estaban puestos en cazar al asesino.

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El padre Piña esbozó una media sonrisa cuando me recibió en la iglesia. Supongo que para él aquello debía ser como su oportunidad para enfrentarse a Satanás en un combate de boxeo. Por fin el investigador jefe en persona. Me apresuré a dejarle claro que colaborábamos con la policía y que nuestra única intención era desenmascarar al asesino que había mancillado su parroquia.
Huelga decir que eso no le hizo mostrarse más cooperativo.

—Si el asesino fuese alguno de los pecadores de mi rebaño, tenga por seguro que yo lo descubriría y lo entregaría —protestó—. Su presencia aquí sólo sirve para perturbar una vez más la paz de la casa de Dios.
—El cuerpo apareció en la escalinata de su parroquia, padre Piña —repliqué, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no decir su apellido en plural—. Es normal que la investigación tenga que pasar por aquí. Y las pruebas, como ya sabrá, apuntan a que alguien trató de escapar pasando por encima de su gallinero.
—¿Y el otro investigador? —dijo con una mueca de desprecio—. El profesor algo, no me acuerdo, se comía pero no me acuerdo de lo que era…
—Siguiendo otra pista, padre. Como verá, no todo nuestro trabajo implica molestarle a usted. ¿Dónde está el padre Froilán? Tenemos algunas preguntas que hacerle.
—No ha tenido suerte. Acaba de salir a visitar a una familia de feligreses enfermos.
—Zalaya, nos vendría bien su testimonio —dije a nuestro nuevo jefe de departamento—. A ver si todavía lo alcanzas. Tomaré nota de todo lo que se hable y te lo pasaré en la oficina.

Con un gesto de despedida, Zalaya salió a la caza del sacristán. Piña y yo nos quedamos a solas.

—¿Qué tal ha salido el mercadillo? —pregunté, para tratar de limar asperezas.
—Todo vendido, hemos obtenido una buena recaudación —replicó con un gesto de incomodidad al ver a la policía ir al patio trasero y volver con tablas en las manos—. Al final la mitad de las pertenencias han vuelto a sus legítimos dueños, que han pagado para recuperarlas… pero en fin, supongo que el padre Froilán acertó, que de esta forma el rebaño se mostraría más dispuesto a hacer donaciones.

Anoté lo dicho, tal y como le había prometido a Zalaya, incluyendo el detalle de que Piña hubiera tenido cuidado de no decir “El padre Froilán tenía razón”.

—¿Qué saben del asesinato? —preguntó finalmente sin tapujos.
—No puedo responder a su pregunta.
—¿Quieren mi ayuda o no?
—Queremos su cooperación, padre Piña. Pero no podemos compartir con usted información confidencial de una investigación en curso. Seguro que un hombre de su posición lo comprenderá.

Sabíamos cosas nuevas, por supuesto. Sabíamos que el arma homicida, un cuchillo de hoja ancha y plana, había perdido la punta en el interior del cuerpo. Sabíamos que la víctima había llegado a España cuatro días antes de su muerte. Pero no íbamos a compartir esa información, y menos con Piña… porque también sabíamos que Radenauer había alquilado un apartamento con vistas a la iglesia. Un apartamento desde el que vigilaba a alguien que frecuentaba San Conrado. Un apartamento que Boniatus se estaba encargando de peinar.

—Está bien —gruñó con un gesto de disconformidad—. ¿Qué debo hacer para que se vayan pronto de aquí?
—Proporcionarnos una lista de sus feligreses y de las personas que ayudaban en la iglesia, poniendo especial hincapié en quién estuvo aquí en los siete días anteriores al asesinato; permitirnos entrar y tomar lo que necesitemos para nuestra investigación, sabiendo que le devolveremos todo aquello que no sea una prueba del caso; y ayudaría que estuviera dispuesto a hacer una declaración.
—¿Qué quiere saber?
—Dice que no conocía a la víctima. ¿Aún lo piensa?
—Naturalmente, si no lo conocí en vida mucho menos ahora.
—¿No oyó nada en el momento del crimen?
—Mi despacho está lejos de la puerta principal. Aparte de que no oigo demasiado bien.
—¿Qué estuvo haciendo en su despacho aquella noche?
—Preparar mi sermón del día siguiente.
—¿Podría demostrarlo?
—¡Soy un hombre de Dios, por todos los santos! —tronó perdiendo la paciencia—. ¡No tengo que demostrar mi inocencia ante semejante atrocidad!
—Sin embargo tampoco veía necesario demostrar que su sacristán era culpable —respondí, y me arrepentí en el mismo momento en que lo dije.
—El padre Froilán carece de disciplina, y tengo serias dudas sobre su vocación.
—¿Basadas en qué?
—¡En su excesiva indulgencia hacia el pecado! ¡Si por ese hombre fuera, en el Reino de los Cielos entraría cualquiera!

Anoté todo esto y decidí no explotar más esta vía. Estaba claro que aquél era un tema en el que el padre Piña no atendería a razones.

—Le confeccionaré esa lista, ya que así me lo pide —gruñó—. Y la policía puede retirar de mi iglesia lo que necesite, si me prometen que luego nos será devuelto. Ahora, detective, buenas tardes y disculpe.

Se dio la vuelta y volvió a ocuparse de vigilar que la policía no causaba ningún estropicio irreparable. No íbamos a sacar nada más de él... aunque en realidad tampoco podía decir que esperase sacarle tanto.

Di una vuelta por San Conrado. No espero llegar al nivel de Boniatus en su propio campo, sólo intentaba encontrar rastros de sangre medianamente evidentes, medianamente ocultos. Por supuesto no tuve suerte. Sabíamos que el asesino apuñaló a Radenauer en la escalinata, entró en la iglesia y escapó por el gallinero. Pero no teníamos nada más. Ni un arma, ni ADN, ni un rastro de sangre. Habíamos hecho nuevos descubrimientos... pero seguíamos estando en el mismo punto.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Caso nº 00016: ESCALERA AL CIELO (Primera parte) (CERRADO)

Hay algunas cosas a las que, seamos sinceros, aún no estamos muy acostumbrados. Nos ofertamos como consultoría criminalística tanto para fuentes oficiales como para particulares; pero lo cierto es que, hasta el momento, casi todos nuestros casos nos han llegado por medio de la policía. Solemos ayudar a esclarecer misterios, pero no nos pasa muy a menudo que sea el principal sospechoso quien acude a nosotros. Y desde luego, nunca antes hemos mantenido una reunión con nuestro cliente en los calabozos de la comisaría.

Pero lo de este caso, sin lugar a dudas, ha superado todas mis expectativas. Porque reunir todo lo arriba mencionado, todavía me lo podría haber visto venir. Pero cuando vi al sospechoso, supe que acabábamos de batir un record.

—No se levante, por favor, Padre Froilán— le dije.

El padre Froilán Prieto permaneció sentado en su camastro, con gesto apesadumbrado. Aunque me pareció que mi llegada le había animado un poco.

—No sabía a quién acudir —confesó el sacerdote—. El padre párroco me ha hablado de ustedes en muchas ocasiones, aunque debo reconocer que no en términos muy elogiosos, y supongo que cuando me he dado cuenta de mi situación he pensado en ustedes.
—En su llamada no aclaraba nada. ¿Quiere contarme qué ha ocurrido exactamente?
—Verá, ese es el problema, yo mismo no lo termino de entender.
—Cuénteme lo que sepa, y por favor procure no omitir nada.
—Está bien. Todo empezó ayer por la noche. Debe usted saber que ejerzo de sacristán en la parroquia de San Conrado, en la que también desempeño algunas tareas manuales. Se me da bien la carpintería y me defiendo un poco con la fontanería. Mejor que al padre párroco por lo menos.

»Le cuento esto para ponerle en antecedentes. Anoche, tras terminar el servicio, el padre párroco me pidió que fuese a arreglar el gallinero... Tenemos un pequeño gallinero en el patio trasero de la iglesia, y hace un par de días se rompió el techo; uno de los chiquillos que vienen a catequesis quiso hacerse el gracioso y le dio por emprenderla a patadas, y las maderas cedieron. El caso, como le digo, es que a petición del padre párroco estuve una hora, de ocho a nueve, reemplazando tablas y liándome a martillazos. No sé si servirá de algo, pero me clavé un par de astillas que lo demuestran.

»Pues bien. Cuando terminé de reparar el gallinero, volví a la sacristía y descubrí que la policía me estaba esperando. ¡Y me acusaban de haber cometido un asesinato!

—¿Un asesinato? ¿Cuándo?
—¡Eso es lo raro! Según dicen, el crimen acababa de tener lugar. ¡Yo había estado haciendo reparaciones, por el amor de Dios!
—¿Quién es la víctima?
—¡No lo sé! Me han enseñado un retrato del pobre hombre en la mesa de autopsias, pero no le había visto en mi vida. ¿Por qué iba a matar a un completo desconocido?
—Está bien, serénese. ¿Les ha contado usted su coartada?
—¡Por supuesto que sí! Pero dicen que, si no había nadie viendo cómo reparaba el gallinero, mi coartada no es sólida.
—Aún así parece un poco traído por los pelos. Quizás usted no tenía una coartada irrefutable, pero las cosas como son... yo tampoco la tenía, anoche estaba solo en mi despacho entre las ocho y las nueve. Y como yo, seguro que media ciudad. ¿Le han detenido sólo por no tener coartada?

El Padre Froilán suspiró abatido.

—Al parecer, la víctima dijo mi nombre justo antes de morir. Y dado que murió en las escaleras de la parroquia, han sumado dos y dos y han decidido que soy culpable.

¡Incriminado ni más ni menos que por las últimas palabras de la víctima! Aquella prueba iba a ser difícil de refutar.

—Tiene que creerme, detective, yo no he hecho nada malo... sería incapaz de hacer daño a una mosca...
—Padre, quiero dejarle una cosa clara, ¿de acuerdo? Porque no me gustaría generar falsas esperanzas. Podemos aceptar su caso, podemos investigar, podemos intentar encontrar todas las pruebas posibles y, si está en nuestra mano, podemos exculparle. Pero nos debemos a los hechos. Quiero que tenga claro que sólo podremos ayudarle si los hechos le dan la razón. ¿Lo comprende?
—Lo comprendo.
—Bien. Pida que le traigan papel y lápiz. Si recuerda algo más, lo que sea, apúntelo inmediatamente y pregunte por el inspector Arjona, él nos lo hará llegar.

Me despedí del sacristán y salí de su celda. Inmediatamente, pregunté quién llevaba el caso y quién había encontrado el cuerpo. La investigación corría a cargo del inspector Garcete, que estaba en la escena del crimen; en cuanto a quién encontró el cuerpo... ahí tuve algo más de suerte.

—Sí, fui yo —dijo la agente Victoria Robles (24 años, soltera)—. Mi turno había terminado y volvía a casa, cuando vi a aquel anciano tendido sobre los escalones de la iglesia.
—Necesitaría todos los datos de lo que ocurrió en ese momento, si es tan amable.
—Como quiera, pero ya tenemos al asesino entre rejas. Todas las pruebas le apuntan a él.
—Luego volveremos a lo de las pruebas, si no le importa. Me gustaría que siguiéramos esta historia en orden.
—Muy bien. Al principio pensé que se trataba de un borracho, con la cara tan colorada y tal, pero cuando vi el reguero de sangre que bajaba los escalones corrí hacia él para ayudarle. Ya iba de paisano, así que me identifiqué como policía y traté de tranquilizarle. Llamé a una ambulancia y pedí refuerzos. Luego le expliqué que la ayuda estaba en camino. Llevaba guantes, ya hace frío, así que me permití tratar de incorporar al pobre hombre, y así fue como le vi la puñalada en el costado. Traté de cortar la hemorragia. Se me quedó mirando, con esos ojos claros y vidriosos, con pánico. Le pregunté quién le había hecho eso, y entonces, casi ahogándose, me dijo claramente el nombre "Froilán"... y murió.
—Y sospechó del Padre Froilán por la ubicación del cuerpo.
—Las pruebas, como le digo, me dan la razón. Tenemos las huellas del sacerdote en los botones de la chaqueta de la víctima, y se ha demostrado que su coartada era falsa y, si me lo permite, algo desesperada.
—¿Lo dice sólo porque no había testigos?
—Lo digo porque el gallinero que jura haber estado arreglando sigue roto, señor Ryder.
—¿Ha dado el sospechoso alguna explicación a sus huellas en la chaqueta?
—Sigue empeñado en que jamás había visto a ese hombre.

Apunté esos datos. Esto no iba muy bien.

—De acuerdo. ¿Qué sabemos de la víctima?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Ese es el punto más oscuro de la investigación. No sabemos quién es. Nadie en el barrio lo reconoce. No llevaba identificación. Y sus huellas no constan en nuestros registros.
—Eso es raro, ¿no le parece?
—Sigue siendo un cadáver, y sigue habiendo incriminado al cura. Entiendo que intenta hacer su trabajo, detective, pero no se mate investigando. Ese hombre es culpable, la víctima le ha acusado justo antes de morir.
—No me entienda mal, agente Robles. No dudo de su palabra. Pero los caminos del Señor son inescrutables, ¿no?

———

—Así que ya lo veis —dije a mis jefes de departamento de nuevo en las oficinas de la Sociedad del Misterio—. Tenemos caso nuevo, y hay demasiados puntos oscuros como para pensar que ya esté todo resuelto.
—¿Entonces vamos tras el auténtico asesino? —tanteó Boniatus.
—No tan deprisa. El padre Froilán nos ha contratado para demostrar su inocencia.
—Pero buscaremos al asesino, ¿no? —quiso saber Jnum.
—Quizás ya lo tengamos, aún es pronto para saber si la policía se ha equivocado o no. Así que nos centraremos en la tarea para la que hemos sido contratados. El padre Froilán tiene tres cosas en su contra: sus huellas en la chaqueta, su falta de coartada, y las últimas palabras de la víctima. Si conseguimos desmontar al menos dos de esas tres, quizás podamos hacer que la policía considere reabrir la investigación.
—¿Y cómo lo hacemos? Parecen bastante concluyentes...
—Nos lo repartiremos. Boniatus, te quiero en la parroquia de San Conrado; averigua qué estuvo haciendo el padre Froilán en el momento del crimen y por qué basa su coartada en algo que no parece haber hecho. Jnum, la policía te dará acceso a las pruebas, empieza por la chaqueta; comprueba si esas huellas llegaron allí de forma natural o si las han podido poner, encuentra una explicación. Yo me quedo con las últimas palabras de la víctima. Encontrad lo que podáis. Pero procurad no ir con ninguna idea preconcebida, no sabemos si nuestro cliente es en realidad el asesino.

martes, 14 de octubre de 2008

Caso nº 00015: EL ÚLTIMO NÚMERO DEL GRAN LIPARI (CERRADO)

Las luces del Palacio de la Magia se encendieron durante el entreacto. El público, fascinado por el espectáculo, mostraba un enorme alivio al poder por fin comentarlo en voz alta. Sin lugar a dudas, El Gran Lipari estaba causando sensación.

Víctor Arjona era todo un ejemplo del efecto que el mago ejercía en su público. Aquella era la quinta vez que asistía al espectáculo. Y esta vez se había traído refuerzos… dos filas completas del patio de butacas ocupadas por la Sociedad del Misterio en pleno.

—Reconozco que es bueno —concedí—. Le he pillado ya un par de distracciones, pero por lo general las camufla bastante bien.
—Pues espérate a ver el truco del escapismo. ¡Yo todavía no tengo ni idea de cómo lo hace!
—Cuenta.
—Ni hablar, prefiero que lo veas tú mismo.
—Oh, vamos, llevas todo el espectáculo comentándome los casos sobre la marcha, ¿pretendes que me crea que…?
—Hay una apuesta de por medio, Jack. No pienso dejarte jugar con ventaja.
—Interesante comentario, viniendo de alguien que ya ha visto el truco cuatro veces.

A punto estuvo de contestarme, pero las luces volvieron a apagarse. El patio de butacas volvió a sumirse en un silencio casi ceremonial cuando El Gran Lipari reapareció en el escenario en un anillo de fuego, sus facciones duras dramáticamente iluminadas.

—Lo que están a punto de ver es un truco —sentenció con voz campanuda mientras el fuego del anillo perdía intensidad—. Una ilusión. No es real. En apariencia voy a desaparecer de mi confinamiento y a reaparecer en libertad, pero en realidad todo forma parte de una elaborada estratagema visual. Y sin embargo, aunque lo reconozco abiertamente ante todos ustedes, estoy dispuesto a apostar a que nadie podrá descubrir jamás cómo lo he hecho. Es más: como esta es la última semana que voy a representar este truco, voy a subir las apuestas… daría un millón de euros a quien lograse resolver el misterio, si eso fuera posible.

Cuando el fuego se hubo extinguido por completo, en el rostro del Gran Lipari aparecía una sonrisa de superioridad. Buena estrategia, pensé. Nada mejor que decir al público "Soy más inteligente que vosotros" para que acepten inconscientemente el desafío.

Lo siguiente que pensé fue "Voy a descubrir tu truco y te lo voy a estampar en los morros, chulo de mierda".

—Mi encantadora ayudante Melanie me ayudará a poner el truco en marcha. Presten todos atención, por favor, porque cualquier mínimo detalle podría ser la clave para descubrir mi secreto.

Melanie, una exuberante rubia oxigenada que encajaba a la perfección en el perfil de "encantadora ayudante", regresó al escenario contoneándose y sonriendo como un anuncio andante y portando en sus manos una camisa de fuerza. El mago extendió sus brazos con gesto sombrío y los introdujo por las mangas. Luego se dejó atar con firmeza por la chica.

—¿Querría alguien subir al escenario a comprobar que estoy bien sujeto? Señalaría a alguno de ustedes, pero me temo que tendrán que presentarse voluntarios…

Algunas risas. Diligentemente, y antes de que nadie (y sobre todo Arjona) pudiese levantar su mano, Jnum se puso en pie y saltó sobre el escenario.

—¿Le conozco de algo? —preguntó el mago. Jnum negó con la cabeza—. ¿Querría decirnos a qué se dedica?
—Dirijo el departamento de procesamiento de pruebas físicas de la Sociedad del Misterio —anunció con orgullo.
—¡Un investigador profesional! ¡Y especializado en pruebas físicas! No podía pedir un testimonio más fiable. ¿Diría usted que las correas están bien sujetas?
—Ésta está algo floja.
—Vaya por Dios. ¿Le importaría apretarla bien para que me resulte imposible escapar? Así, gracias. ¿Mejor?
—Las correas sí. Aunque veo por aquí una costura suelta que…
—No se corte, si no se fía podemos cambiar la camisa si hace falta, tengo de sobra.
—¿Quiere no distraerme mientras trabajo?

El público estalló en risas mientras Jnum examinaba la camisa palmo a palmo. Lipari no perdió la compostura en ningún momento.

—¿Su veredicto? —preguntó cuando Jnum se dio finalmente por satisfecho.
—La camisa está hecha a medida. No se trata de una prenda homologada de las de uso regular en centros psiquiátricos, ha sido confeccionada expresamente para usted. Tiene algunos errores de diseño, pero parece segura. El correaje es bueno, resistente y en los lugares adecuados, no restringe la movilidad de las piernas y se podría sacar por el cuello si tuviera las mangas sueltas, pero eso parece poco probable. Las correas son inaccesibles desde el interior, la tela es gruesa y no permite desgarrones. Aunque todavía podría salir corriendo.
—Impresionante. ¿Le importaría que le citáramos en próximas representaciones?
—A mí me va bien.

Jnum volvió a su asiento entre aplausos (en su mayoría por nuestra parte). Lipari se situó en el centro del escenario.

—Como se ha dicho, aún podría salir corriendo. Y más de un escapista ha sido capaz de burlar la seguridad de una camisa de fuerza. Pero ¿cómo se puede forcejear con gruesas mangas y recias correas… cuando no hay espacio para la movilidad?

Dicho esto, del techo descendieron cuatro paredes de grueso cristal que Melanie hizo encajar entre sí encerrando al Gran Lipari. La cabina resultante también había sido diseñada a medida del mago: sus codos comprimidos en torno a su pecho tocaban las paredes de cristal, su espalda estaba apoyada contra la pared posterior y sus brazos contra la anterior. Estaba completamente encerrado.

—Denme treinta segundos y habré escapado —sentenció sin mover más músculos que los necesarios para hablar—. Luego tendrán una hora para descubrir cómo lo hice.

Sobre la cabina cayó un pesado telón, y frente a él, un enorme reloj que pendía del techo se hizo visible y comenzó a correr con un sonoro tictac. La chica, Melanie, entró dos segundos entre las cortinas y luego volvió a salir.

—Eso es nuevo —musitó Arjona.
—¿Nunca antes se había metido ahí?
—No, normalmente espera fuera poniendo cara de que le interesa mucho el reloj.

Transcurridos los treinta segundos, las cortinas volvieron a alzarse automáticamente en medio de un nuevo anillo de fuego. Las llamas delanteras se extinguieron, dejando la cabina a la vista del público. Efectivamente, El Gran Lipari había desaparecido dejando la camisa de fuerza en el suelo tras de sí.

Pero durante veinte segundos, no ocurrió nada más.

—Esto sí que es raro —musitó Arjona—. Normalmente, a estas alturas Lipari ya habría reaparecido ahí, a la entrada de la sala, en la otra punta.

Un hombre se levantó de entre el público y caminó hacia la puerta de entrada, al principio con tranquilidad, luego cada vez más agitado. Cuando cruzó el umbral, oímos un grito de terror.

Arjona y yo fuimos los primeros en levantarnos. Así que fuimos de los primeros en encontrar, fuera de la sala, el cadáver degollado del Gran Lipari. La escena era grotesca, el rostro de horror de ese hombre, su impecable frac arrugado y sus piernas rotas y desencajadas.

---

Con el teatro acordonado, con la policía tomando declaración a los testigos, la velada adoptó un nuevo y lúgubre tono. Arjona, que hasta el momento se había mostrado ilusionado como un crío, contemplaba abatido el lugar donde se había encontrado el cuerpo del mago. Su último acto de desaparición, con una trágica reaparición.

Al fondo, el ingeniero, la costurera, el tramoyista y la encantadora ayudante estaban declarando ante cuatro agentes uniformados. El equipo de Lipari al completo. Pude escuchar parte de las declaraciones:

MELANIE ROCA, 25 años, soltera, encantadora ayudante: No puedo creerme que Francisco esté… ese es su verdadero nombre, Francisco Lopera. El Gran Lipari es su nombre artístico, ¿saben…? ¿Cómo dice? No, Melanie es mi nombre. Puede consultarlo, Melanie Roca es oficialmente mi nombre de verdad. No me puedo creer que esté muerto. Era… era una gran persona. Llevaba nuev… siete, siete años ya trabajando con él. Y este número era sin duda el mejor que había hecho.

ÁLVARO MEMBRIVE, 53 años, casado, ingeniero: Fui yo quien encontró el cuerpo, sí. Me gusta ver el espectáculo desde el patio de butacas, para ver si se nota algo, y cuando vi que Lipari no reaparecía me preocupé. Mi trabajo con El Gran Lipari consistía en diseñar sus trucos. Así de simple. El número del escapista fue idea mía… no, preferiría no revelarlo, es mi mejor obra. En cualquier caso es extremadamente complicado, no bastaría con una simple explicación, y Lipari firmó un acuerdo de confidencialidad que protege mi obra, así que si no es con una orden preferiría que no supieran en qué consiste.

ROSALÍA CASAUZ, 46 años, casada, diseñadora: Yo me encargaba de diseñar el vestuario para El Gran Lipari y para Melanie. Es un trabajo bastante sufrido, la verdad, porque tienes que preparar la ropa para esconder elementos de atrezzo y demás… ¿Cómo? Sí, claro que teníamos camisas de fuerza trucadas, diseño mío. Pero si le echa un vistazo a la camisa de la cabina verá que es cien por cien auténtica, sin trampa ni cartón. Lipari no quería ser tan obvio.

ENRIQUE MARTOS, 22 años, soltero, tramoyista: ¿Qué quiere que le diga? Me paso la representación entre bambalinas. Soy el encargado de operar los telones, anillos de fuego y demás elementos del escenario, y todo eso se hace desde el sótano. Hace ocho años que trabajo… bueno, que trabajaba con Lipari. Para mí era casi como un padre… aquí somos todos familia, por así decirlo.


—¿Cómo crees que lo haría? —comenté.
—Supongo que eso ya da igual.
—Jnum dice que la camisa quizás no era tan robusta como dijo, que aquella costura floja podría…
—Jack, déjalo. Lipari ha muerto, dudo mucho que la apuesta siga en pie. No tengo tiempo para ponerme a intentar adivinar cómo hacía su truco.
—Pues deberías.
—¿Ah, sí? Estamos investigando un asesinato, ¿se puede saber por qué debería seguir jugando?
—Lipari desapareció vivo y reapareció muerto. Ninguno de nosotros sabemos dónde estuvo durante ese minuto, pero allá donde estuviera, su asesino tuvo que estar con él.

Arjona levantó la mirada sorprendido. Los cuatro miembros del equipo de Lipari seguían tomando declaración.

—¿Crees que ha sido uno de ellos? —preguntó.
—Apostaría un millón de euros.

viernes, 18 de julio de 2008

Caso nº 00013: EL RABO DEL DIABLO (CERRADO)

La Sociedad del Misterio lleva ya doce casos en su historial, y todos ellos resueltos con éxito. En cada uno de nuestros trabajos nos hemos enfrentado a enigmas más o menos difíciles de resolver. Pero si ha habido un punto en común entre casi todos los casos, si de algo podemos presumir de entender, sin duda es del que se convirtió en punto de partida de nuestra decimotercera aventura.

El Profesor Boniatus y yo llegamos al plató en compañía de nuestra clienta, la actriz protagonista de la película “El Rabo del Diablo”. El escenario, que simulaba ser una iglesia, hervía de actividad ante la perspectiva del rodaje de una de las escenas más complejas de la producción. La iluminación acababa de fallar, y el director estaba histérico llamando al técnico de efectos especiales para que corrigiera el problema. Algunos de los actores aún no se habían presentado. Y los de Maquillaje amenazaban con dimitir.

Ciertamente, el tipo de película en la que tenía sentido que la Sociedad del Misterio tuviese que investigar.

—Muy bien, tenemos que movernos con discreción. Profesor, investiga la escena sin llamar demasiado la atención. Si alguien te pregunta, hemos venido a ver el rodaje invitados por nuestra amiga la señorita… ehm…
—Jenny Thales —completó nuestra asiliconada clienta.
—Por supuesto. Busca cualquier cosa extraña, lo que sea. No sabemos a qué nos enfrentamos.

Boniatus se puso manos a la obra. Yo invité a nuestra clienta a incorporarse al trabajo con normalidad y reflexioné sobre el misterio que teníamos entre manos. Jenny Thales, la célebre actriz porno, estaba en nuestra ciudad rodando su última película, una gran producción cuyo (ejém) “argumento” giraba en torno a la idea de un demonio apareciendo en un convento para poseer (con perdón) a las monjas, las cuales a su vez debían combatirlo y expulsarlo. A los pocos días de empezar el rodaje, comenzó a recibir cartas amenazantes y fotografías acuchilladas de ella en el plató, tanto entre escena y escena como durante el propio rodaje. Las fotos estaban ahora en una caja en poder de Jnum, nuestro nuevo Jefe de Departamento de Pruebas Físicas, y siendo sometidas a un análisis intensivo. Las cartas decían siempre lo mismo: “Morirás en tu cumpleaños, puta”.

La policía no se había tomado esto en serio, porque al parecer Jenny Thales recibía amenazas constantemente y siempre resultaban ser bromas de sus novios. Sin embargo, dos días después de que se recibieran la primera carta y las tres primeras fotos, una de sus compañeras de reparto, Thathyana, desapareció sin dejar rastro.

—¿Quién es usted? —inquirió de pronto un hombre con coleta y gorra.
—Soy un amigo de Jenny, me ha dicho que podía venir…
—No lo he autorizado. ¿Seguro que no está con el grupo de Piña?
—¿Quién es Piña?
—El cura. El que no hace más que protestar desde que empezamos el rodaje. Tiene su propio grupito de manifestantes.

Benito Piña. Cómo no. El cura que se negó a enterrar a Jorge Brezo porque cabía la remota posibilidad de que quizás se pudiera haber suicidado a lo mejor. Eso explicaba los manifestantes de la entrada.

—Oh, no, créame, yo no estoy en contra… Le sorprendería la cantidad de porno que tengo en mi oficina.
—¡En su oficina! ¡Esa ha estado bien! —replicó el hombre con una carcajada—. Soy Aitor Larroca, el director.
—Jack —dije estrechándole la mano—. ¿Dice entonces que han recibido quejas por la película?
—Uno intenta hacer algo más artístico y con argumento y no veas la que te montan. Tenemos guardias de seguridad para impedir que la gente entre. Por eso me había extrañado verle por aquí.

La iluminación del plató cambió momentáneamente a rojo y luego desapareció. El cambio brusco me hizo desviar mi mirada por un momento, buscando su origen con curiosidad, y así fue como vi a la señorita Thales discutir con un hombre. Era muy, MUY claramente, un hombre. Lo bastante claramente como para que el tatuaje de su muslo fuese visible y, al mismo tiempo, permaneciera parcialmente cubierto. Al parecer, él estaba bastante furioso con ella y eso la había ofendido. Decidí esperar un tiempo prudencial para hablar con él, y seguí hablando con el director sin perder de vista al otro.

—Ya le digo, he entrado con Jenny. ¿Esto está siempre tan ajetreado?
—Hoy rodamos la escena final. Es la más complicada, necesitamos más efectos especiales, una coreografía impecable con todas las actrices para el mismo actor, están fallando los efectos de luces y humo y nos falta una actriz.
—Thathyana, sí, Jenny me ha comentado algo.
—Le habrá comentado también entonces que la muy cerda tiene costumbre de marcharse en mitad del rodaje sin avisar, ¿no? Porque ya es la tercera película en la que me hace lo mismo. Estamos teniendo que reescribir el guión para cubrir su parte.
—Claro, lógico —respondí, pensando que la señorita Thales no me había comentado esta tendencia de su compañera a los actos de desaparición—. ¿Y los efectos?
—Son cruciales para esta escena. No las usamos para nada más. Las probamos hace una semana y dieron fallos, tuvimos que arreglarlas y probar hasta que conseguimos que se encendieran, y ya desde entonces dejé dicho que nadie las tocase más hasta que las tuviéramos que usar de verdad. Juro que no se han usado sin tener al técnico de efectos especiales hurgando detrás. ¡Se supone que no tendrían que fallar!
—Entiendo. Y dígame…
—Disculpe, acabo de ver a otro que no debería estar aquí. ¡Eh, usted!

Y se perdió entre el gentío. Si de verdad había visto entre tanta gente a alguien que estuviera fuera de lugar, tendríamos que ofrecerle un trabajo en la Sociedad del Misterio. Total, porno no le iba a faltar.

En fin. El hombre con quien discutía la señorita Thales ya se había quedado a solas. Me acerqué a él, con el reparo justo y necesario con el que un hombre vestido se acerca a uno con el que no tiene ese punto en común, y le saludé.

—¿Qué quiere?
—Oh, sólo saludar. Verá, soy amigo de Jenny, me ha invitado a venir al rodaje, y pensé…
—¿Le ha traído para sustituirme?

Eso me extrañó, halagó y espantó al mismo tiempo.

—¿Qué? ¡No! ¡Sólo soy un aficionado al género!
—Ya, claro. O sea, que la muy puta frígida me corta el rollo dos veces, me quedo dos días sin cobrar por su culpa y ahora me trae un suplente.
—Oiga, que le digo que yo no… perdone, ¿sin cobrar?
—¿No era un aficionado al género? ¡Los actores porno no cobramos si no “acabamos la faena”! ¡Creí que sabía algo más!
—Vaya, perdone, me temo que sólo soy aficionado a nivel espectador.

Eso pareció tranquilizarle. Si no sabía cómo trabaja un actor porno, difícilmente podía ser su reemplazo.

—Bueno. Pues que disfrute del espectáculo. Hoy es mi gran escena, todas las chicas para mí. Espero que Jenny no me vuelva a joder. O bueno, o que sí, usted ya me entiende.
—Por supuesto. Pues mucha mierda para esta escena, señor…
—Rick. Rick Grande.

El actor se puso los cuernos que constituían casi por completo su disfraz de diablo y se fue al centro del escenario, a la espera de que las luces estuviesen arregladas y la coreografía reorganizada para empezar a rodar.

Yo allí ya tenía bastante. Y la verdad, sentía curiosidad por lo que Jnum hubiera podido encontrar en las fotos. Como no conseguía encontrar a Boniatus entre el gentío, le llamé al móvil; pero me dijo que aún seguía trabajando, que de hecho se había metido a investigar en el camerino de la actriz desaparecida, y que le llevaría algún tiempo.

Había trabajo que hacer. El cumpleaños de Jenny Thales era el próximo jueves 24. Si realmente había alguien intentando asesinarla (y la verdad, no las tenía todas conmigo), apenas teníamos una semana para resolver el misterio, así que abandoné el plató. Ya esperaría a que sacaran la película. O incluso el libro.

martes, 18 de marzo de 2008

Caso nº 00009: LAS TRES MUERTES DE GONZALO ESTRADA (CERRADO)

Gonzalo Estrada (cincuenta y dos años, desempleado, soltero) nunca había sido precisamente una buena persona. Expulsado de dos colegios cuando niño, a los dieciocho años ingresó en prisión por primera vez por un delito de lesiones. Bebedor, violento y grosero, se ganó una terrible reputación en el barrio del Pinar, donde se había criado y donde siempre había vivido. No obstante, a los treinta y cinco años, violó y asesinó de una puñalada a una joven del vecindario, Luisa Ceballos (veintidós años, manceba de farmacia, soltera). El asesinato no fue premeditado, según parece ni siquiera fue intencionado, la joven intentó huir y Gonzalo Estrada perdió el control… pero ese hecho sólo sirvió para que otras dos vecinas, África Nieto (treinta años, dependienta de una tienda de comestibles, casada) y Águeda Benítez (quince años, estudiante de instituto), reuniesen finalmente el valor para confesar a sus familias que también habían sido violadas y amenazadas por Estrada. El posterior registro de su domicilio sirvió para encontrar una caja con fotografías de sus víctimas desnudas. Fue condenado a treinta años de cárcel. Salió ayer en libertad condicional, tras cumplir las dos terceras partes de su condena.

Esta mañana se ha encontrado su cuerpo sin vida en el vertedero municipal. Presentaba una única herida subclavicular. El informe del forense dictaminó que la muerte había sido instantánea: la hoja seccionó varios vasos sanguíneos y nervios, amén de provocar una punción pulmonar. Junto al cadáver se encontró un cuchillo de limpieza manchado con su sangre.

Decir que nadie en el barrio lloró su muerte sería accesorio a estas alturas. Pero creo que ni aún así podíamos esperar nada de lo que ocurrió a continuación.

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Llegué a comisaría tan pronto como pude. El Inspector Arjona, un viejo conocido de los tiempos de Watson, me esperaba con una cierta impaciencia. Me llamó la atención la sonrisa socarrona que intentaba borrar de sus labios.

—Gracias por venir, Jack —me saludó, y me guió por los pasillos de la comisaría—. Sabes que normalmente nos gusta resolver estas cosas por nosotros mismos, pero esta vez hemos coincidido todos en que tendríais que echarle un vistazo a este caso.
—¿La muerte de Gonzalo Estrada? Sí, algo he leído. ¿Tenéis alguna pista?

A modo de respuesta, me condujo hasta una sala de interrogatorios. Al otro lado del espejo, podía ver a un hombre sentado con una mirada serena.

—¿Quién es? —pregunté.
—Alejandro Ruiz. Cuarenta y ocho años. El viudo de África Nieto, una de las víctimas de Estrada. Es el tendero del barrio. Se ha declarado autor del asesinato.
—Cómo, ¿ya?
—A primera hora de la mañana. Su mujer se suicidó poco después de que Estrada ingresara en prisión, él quería vengarse, así que le estuvo siguiendo por la noche, vio que se acercaba de nuevo a su tienda en la calle Cereza y decidió tomar cartas en el asunto. Le agarró por la espalda, le apuñaló por encima de la clavícula, limpió y tiró el arma a la basura, y luego se deshizo del cadáver. No se arrepiente, se siente orgulloso de lo que ha hecho y está dispuesto a aceptar la condena como un hombre. Lo único que sí nos pide es una reducción de condena a cambio de revelar el paradero del cadáver.
—Pero el cadáver ya ha aparecido —musité—. Se encontró esta mañana en el vertedero.
—Sí, bueno… es que éste llegó antes de que se encontrara el cuerpo.

Tomé nota de estos datos. Pero a veces me pasa que oigo antes de escuchar, retengo lo que me han dicho pero no es hasta unos segundos después que me doy cuenta de su significado. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que acababa de oír.

—Perdona, ¿has dicho “éste”?

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—Pablo Benítez —presentó el inspector Arjona al joven del otro lado del segundo—. Treinta y tres años, estudiante de medicina. Hermano de Águeda Benítez, otra de las víctimas. Se entregó tan pronto como se supo que había aparecido el cadáver de Estrada.
—¿Dos hombres se han entregado por el mismo crimen?
—Historias similares. Su hermana tenía quince años cuando fue violada, y eso la trastornó hasta el punto de haber acabado recluida en el Centro Arca para enfermos mentales. A partir de ahí, casi todo es lo mismo que nos ha contado Ruiz: le sigue por la noche, llegan hasta Calle Cereza, ve que Estrada vuelve a acercarse a su casa, decide asesinarlo, le agarra por la espalda, le apuñala sobre la clavícula. Se conforma con saber que su hermana está a salvo y que el violador ha pagado por su crimen, y está dispuesto a aceptar la condena con dignidad. Dos diferencias: dice que tiró el cuerpo a un contenedor cercano, y que tiró el arma a la alcantarilla.
—Pero se encontró un arma junto con el cuerpo —observé—. Es más, si luego vas a entregarte, ¿por qué deshacerte del arma?
—Dice que al principio no pensó en entregarse, pero que lo ha estado estudiando durante toda la noche y que le parece lo más honorable.
—Así que tenemos a dos hombres que confiesan el mismo crimen. Ambos sienten que son héroes por haber matado a una amenaza para el barrio. Pero sólo había una herida, así que está claro que uno de los dos miente. Quieres que averigüe quién es el inocente, ¿no?

Arjona sonrió. Puse los ojos en blanco.

—Tiene que ser una broma.

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—Bernardo Ceballos —anunció Arjona, mientras yo contemplaba al hombre mayor que aguardaba al otro lado del tercer espejo—. Sesenta y tres años. Policía, a dos años de su jubilación. El padre de la víctima mortal de Estrada. Llegó diez minutos después que Benítez.
—¿Y su historia?
—Sabía de sobra que Estrada no se merecía la condicional. Que volvería a las andadas. Así que anoche, cuando debería haber estado de servicio, pidió a un compañero que le cubriese y firmase en su nombre y fue a seguirle. Y cuando lo vio paseando por el barrio, esperó a llegar al polideportivo de la calle Manivela para cogerlo a solas, lo acuchilló y lo llevó en un saco al vertedero. Luego quemó el saco. El arma, dice, se la dio a un vagabundo al que aún no hemos conseguido encontrar. Pero éste es el dato que da más verosimilitud a la historia: la causa de la muerte de Estrada es exactamente la misma que la de la hija de Bernardo. Ambos recibieron la puñalada en el mismo sitio.
—Está bien, a ver si lo he entendido. Tenemos un cadáver con una única herida, un arma manchada de sangre y tres sospechosos orgullosos de confesarse culpables del asesinato. No hay más que una herida, así que sólo uno de ellos pudo hacerlo, ¿no?
—Básicamente sí.
—Y lógicamente en el cuchillo no se habrán encontrado huellas…
—Eso habría sido lo normal.
—No me digas que se han encontrado huellas de los tres…
—No, no es eso, a ver, efectivamente no hay huellas. Pero tampoco hay tejidos, se ha encontrado sangre de la víctima pero no epiteliales, tejido muscular, nervioso ni pulmonar. Y por si te parecía poco… la forma de la hoja no casa con la de la herida.
—Arjona, amigo mío—dije marcando el número de Boniatus—, la Sociedad del Misterio acepta encantada el desafío.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Caso nº 00005: LA ESCENA Y EL CRIMEN (CERRADO)

Como bien sabéis, la Sociedad del Misterio se define como una “consultoría criminalística”. Nosotros no somos la ley, no tenemos ningún tipo de autoridad, pero asesoramos al Cuerpo de Policía y a particulares siempre que haya un misterio por resolver.

Esto ha llevado a alguna que otra situación extraña, como la que nos ocupa. Hace algo más de un mes, cuando aún estábamos en mitad del caso del Asesinato del Doctor Watson, recibí por correo convencional una carta de Gabriel Rojas, guionista especializado en el cine de intriga. Se había adentrado de lleno en un nuevo proyecto, y quería saber si podríamos asesorarle para garantizar que la escena del asesinato que daría origen a toda la trama. Ocupados como estábamos resolviendo un caso, y más siendo yo uno de los principales sospechosos, no pude responderle en su momento.

Después de resolver ese misterio, recibí una segunda carta del guionista. Insistía en que quería que esta historia fuese perfecta y que estaba deseando trabajar con nosotros en este proyecto. Con gran amabilidad le respondí que la Sociedad del Misterio se encarga de asesorar en crímenes reales, y que aunque le agradecíamos la confianza depositada en nosotros nos iba a ser imposible ayudarle.

Con todo, no dejó de insistir. Decidí hacer algo de investigación por mi cuenta. Gabriel Rojas fue un buen guionista de misterio (no excepcional, pero bueno) hasta sus dos últimos trabajos. Esas dos películas fueron auténticos fracasos de crítica y taquilla. Desde entonces, y hasta la primera carta que recibimos, Gabriel Rojas pasó cinco años sin trabajar. Durante toda su carrera había formado equipo con el guionista Federico Aquino, su mejor amigo, pero tras su último fracaso no se les volvió a ver juntos. Según se ha sabido, Rojas consideraba a Aquino el responsable de sus últimos fracasos… algo a lo que el propio Aquino prefería no dar importancia. “Trabajemos por separado, de acuerdo”, ha dicho en más de una entrevista, “y cuando cada uno haya estrenado un guión ya se verá de quién era la culpa”. Rojas se volvió huraño, encerrado en su oficina día sí día también. Sólo su secretaria, Susana Montero, le veía con regularidad, y nadie que la conozca se explica cómo le ha seguido soportando cada día.

Y de pronto, hace tres meses, contactó con el director con el que más veces había trabajado, Leopoldo Romero, y le dijo que estaba preparando una nueva historia. Que sería la mejor historia de misterio que nadie hubiera leído jamás. Que nadie sería capaz de adivinar el final. Y que quería que la dirigiera él, que quería volver a trabajar con él en equipo, con sólo dos condiciones: nadie podría ver ni una página del guión sin su consentimiento (y eso incluía al director), y Federico Aquino quedaría fuera del proyecto. Desde entonces, ese proyecto cinematográfico ha sido el mayor de los secretos de la industria.

Recibimos su penúltima carta la semana pasada. Nos ofrecía una primicia exclusiva: el derecho a leer la página del guión en la que se relataba la escena del asesinato. Su intención era remitirnos esa página en breve, cuando se hubiera asegurado de que todo estaba bien escrito, y nos desafiaba a descubrir al asesino sólo con esa página. También decía que, si nos interesaba lo que pudiéramos leer, esperaba que le recompensásemos concediéndole por fin esa sesión de asesoramiento.

Esta última semana he estado terriblemente ocupado entre el seminario de criminología que he estado impartiendo y el congreso de nuevas técnicas de investigación criminalística al que fui como ponente (terriblemente mal organizado, se me han quitado las ganas de repetir). Pero cuando anoche por fin logré tener un momento libre, decidí acercarme por la oficina de Rojas para explicarle personalmente que no ofrecíamos ese tipo de servicios y pedirle amablemente que no se tomase la molestia de desvelar parte de la trama de su nuevo guión.

Imaginad mi sorpresa cuando, al llegar a la dirección del remitente, me encuentro con tres coches patrulla.

Nuestra aliada del laboratorio forense, Irene “Watson” Garzón, me dio la bienvenida a la que había resultado ser una escena del crimen. No podía explicarse cómo había llegado allí tan rápido ni quién me había avisado esta vez, pero se alegraba de ver que esta vez estábamos en el juego desde el principio. En la recepción de la oficina, la secretaria temblaba y lloraba. Ella había sido quien encontró el cadáver. Declaró que se sentía maltratada y humillada por él todos los días, pero que jamás le habría deseado algo como esto.

El cuerpo de Gabriel Rojas yacía inerte en el centro de la habitación. Herida de bala, orificio de entrada a escasos milímetros del esternón. Bajo su escritorio, del interior de una caja de cartón volcada aparecían esparcidas una serie de fotos pornográficas tomadas con cámara espía, en las que todas las caras habían sido recortadas. La caja fuerte había sido abierta y vaciada. Toda la sala había sido rociada con keroseno, especialmente las fotografías. La puerta de entrada había sido arrancada de sus goznes y todavía no había aparecido; pero frente al umbral, en el interior de la oficina, se encontró una navaja de barbero abierta, que la secretaria identificó como una propiedad del difunto.

No me cabía duda de que el asesino había sido interrumpido. Pero ¿cómo encajaban la puerta y la navaja de barbero en toda esta historia?

Tomé mis correspondientes notas y aconsejé a la policía que empezase por identificar a las personas de las fotografías. Cuando me aseguré de que tenía todo lo que podía conseguir hasta que el laboratorio forense obtuviera nuevos resultados, volví a nuestras oficinas a pensar en el caso.

Esta mañana he recibido nueva información. Una curiosa marca de nacimiento ha servido para identificar al hombre de las fotografías como Leopoldo Romero, el director. La mujer aún sigue sin identificar. Sabemos que las dos últimas películas que la víctima escribiera para Romero fueron sendos fracasos y que esto repercutió negativamente en la reputación del director. Por lo que podríamos tener, en principio, a un sospechoso bastante plausible.

Pero antes de que pudiera reflexionar sobre este giro de los acontecimientos, recibí por correo la última misiva de Gabriel Rojas. Esbocé una amarga sonrisa por la renombrada eficiencia de Correos, y abrí el sobre como última deferencia al difunto. En su interior, tal y como había prometido, se encontraba una copia de la página de guión que relataba el asesinato de su nueva película.

El cuerpo aparecía tendido en el centro de su habitación, con un agujero de bala. Bajo la mesa había una caja con fotos comprometidas, a todas se les habían cortado las cabezas. La caja fuerte abierta y vacía. La escena estaba completamente bañada en keroseno. Con las únicas excepciones de la puerta y la navaja de barbero, Gabriel Rojas había escrito su propio asesinato.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Caso nº 00003: ASESINATOS ANTICIPADOS (CERRADO)

Tenemos un nuevo caso, equipo, y mucho me temo que éste puede habernos llegado algo tarde. Ya hay dos víctimas mortales. La única ventaja es que sabemos quién será la tercera.

Esta es la situación. Hace hoy exactamente dos semanas, el lunes 22 de Octubre, mientras investigábamos el Caso del Asesinato del Doctor Watson, la policía recibió una llamada de alguien que quería denunciar un asesinato. Dio el nombre de la víctima (Estela Muñoz, veintisiete años, soltera, azafata) y el lugar donde se había encontrado el cuerpo (el domicilio de la víctima). El denunciante, un varón, colgó antes de identificarse. La policía lo atribuyó al nerviosismo.

Inmediatamente acudieron a la supuesta escena del crimen. Imaginad su sorpresa cuando, al llegar a la dirección que se les había dado, encuentran a Estela Muñoz con vida, recién salida de la ducha, envuelta en una toalla.

Al principio pensaron que se había tratado de algún tipo de error, que quizás la dirección estaba mal, y basándose en esa suposición se dedicaron a visitar a los vecinos, puerta por puerta, por si acaso el crimen había sido cometido en el mismo edificio pero en otra casa. Tardaron quizás más de lo necesario en darse cuenta de que, aunque la dirección pudiera estar mal, el nombre se correspondía.

La señorita Muñoz trató de quitarle hierro al asunto. Parecía estar más extrañada que asustada. Explicó que acababa de volver del gimnasio, que durante un par de horas no había estado en casa y que lo único que se le ocurría era que algún vecino no la viera por casa y pensase algo raro. La policía se disculpó por las molestias y se retiró.

Al día siguiente, el 23 de Octubre, Estela Muñoz apareció muerta en su casa. Herida de bala en la cabeza. Hora estimada de la muerte: las nueve y cuarto de la noche, la misma hora a la que la policía la visitó el día anterior. Nuevamente recién salida de la ducha.

Una semana más tarde, el martes 30 de Octubre, la policía recibió una nueva llamada denunciando un asesinato. Esta vez la víctima era un varón (Pedro Elorriaga, treinta y ocho años, abogado, casado). El cuerpo “había sido encontrado”, presuntamente, en los lavabos del club nocturno “La jungla” a las once de la noche.

La policía, prevenida tras el fracaso anterior, envió una unidad al domicilio de Pedro Elorriaga, otra al club nocturno en cuestión. Como era de esperar, encontraron a Elorriaga vivo y ningún cadáver en el club. Elorriaga acababa de volver de un viaje de trabajo y había parado a recoger a su mujer en el trabajo, con lo que nuevamente no se encontraba en casa en el momento de la llamada.

Esta vez se quedaron vigilando la casa. Elorriaga recibió instrucciones precisas: si por cualquier motivo tenía que salir de casa, avisaría a la policía para que le siguieran. Y efectivamente, esa misma noche avisó diciendo que había recibido una llamada urgente de un cliente y que tendría que salir a reunirse con él. Dio la dirección del cliente y anunció que tardaría unos minutos en salir, ya que la llamada le había pillado en la ducha y estaba aún sin vestir.

A los diez minutos, tal y como se esperaba, su coche salió del garaje. La policía lo siguió, pero lo perdieron en el tráfico. Aunque el coche volvió a aparecer, y efectivamente en la dirección a la que había dicho que iría, Elorriaga ya no estaba. Rápidamente enviaron hombres al club nocturno… y allí encontraron el cadáver, esta vez degollado. El camarero que lo encontró no podía dejar de hablar del escalofriante contraste: vestido con un impecable traje de Armani, y envuelto en bolsas de basura.

Se ha verificado que, efectivamente, Elorriaga recibió una llamada de un cliente suyo, Ernesto Núñez (35 años, constructor, viudo), quien está intentando llevar a su socio a juicio por un presunto caso de corrupción urbanística del que intenta desvincularse. Se le ha interrogado, sólo por si acaso, pero no tenemos gran cosa: llamó a su abogado desde el coche, camino de su oficina, y acordó que le esperaría allí. La oficina en cuestión estaba en plena mudanza, así que quizás no era el lugar más cómodo para reunirse con él, pero sí el más discreto. He aquí unos fragmentos de su declaración:

"¿Que si yo habría querido...? ¡No! Oigan, entiendo que tengan que considerarme sospechoso, pero yo le necesitaba con vida para el juicio, ¿por qué iba a matarlo? ¿Se les ocurre algún motivo?"

"La mudanza, sí... No se crean que me voy muy lejos, me quedo en este mismo edificio, sólo estoy trasladando mi oficina. Verán, sé que puede sonar poco profesional, pero... he perdido a mi esposa recientemente, y esta oficina me traía muchos recuerdos de ella. Por favor, no me pregunten por qué."

En realidad no hizo falta preguntar. La policía encontró, en el cajón inferior de un archivador, una caja con una enorme colección de fotografías porno amateur en las que aparecían él y su mujer. Al menos, quisieron pensar que se trataba de él y su mujer (las personas de las fotografías llevaban máscaras, y nadie se atrevió a preguntar).

Hacia estas alturas fue cuando conseguimos cerrar el Caso del Asesinato del Doctor Watson, así que cuando la policía recibió una tercera llamada, acudieron directamente a nosotros. Han localizado el origen de las tres llamadas, pero en cada caso fue una cabina pública distinta. Esta vez no hay miramientos: la policía ha puesto a la nueva futura víctima bajo vigilancia permanente, con dos hombres dentro de la casa y otros dos en el exterior. Presumiblemente, el cuerpo de esta nueva víctima aparecerá en su lugar de trabajo, así que allí también hay hombres vigilando.

La nueva futura víctima es la viuda de Elorriaga, Miriam Esquivel. Treinta y tres años, recepcionista de un gimnasio. Estaba muy afectada porque, en el momento que su marido salía de casa, ella había salido a sacar la basura, por lo que ni siquiera pudo despedirse de él antes de su muerte. Os podéis imaginar en qué estado se encuentra ahora que sabe que es la siguiente.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

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El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Caso nº 00001: LA MANO DEL MUERTO (CERRADO)

El vecino de al lado fue quien avisó a la policía. La víctima era muy hogareña, pero aún así salía todos los días a trabajar; tras dos días de encierro, el vecino intrigado llamó varias veces a su puerta para saber si se encontraba bien. Al no obtener respuesta, llamó a las autoridades. Y nuestro contacto en la policía me llamó a mí.

Cuando llegué, la policía ya se había hecho cargo de la escena del crimen. El cadáver fue encontrado en su dormitorio, en ropa de casa, con una herida de arma blanca en el corazón, la mano derecha cercenada y cinco cartas de una baraja francesa sobre ella. Se trataba de un hombre joven, no más de treinta años, contable, que respondía al nombre de Andrés Jiménez. Soltero, aunque en su habitación se encontraron fotografías de él y una mujer con la que luego supimos que mantenía una relación estable. Huérfano de padre, su única familia la constituían su madre y su hermano menor, que vivían juntos fuera de la ciudad.

Analicé la escena. La cama estaba hecha, lo que indicaba que el crimen ocurrió antes de que la víctima se acostase o después de que se hubiera levantado; más probablemente lo primero, dado que no iba vestido para ir a trabajar. Una amplia colección de pornografía en una caja de cartón, bajo la cama. Me pregunté si su chica sabría algo de aquella "galería de arte". Sobre el escritorio, un ordenador portátil apagado, con la pantalla abierta. Una lata de cerveza medio vacía en la mesita de noche. Por lo demás, aquella habitación era de una pulcritud que casi daba asco. Austera, porque aquel hombre vivía sin grandes lujos, pero pulcra hasta rozar el umbral del dolor. Por supuesto, no tuvimos la suerte de encontrar el arma del crimen.

La policía se hizo cargo de la dura tarea de notificar la muerte de Jiménez a sus allegados. Se decidió ocultar el detalle escabroso de la mano y las cartas. El portátil y las cartas de baraja (dos ases, dos ochos y un dos) fueron procesadas como pruebas. El equipo del forense levantó el cuerpo.

Cuando la "viuda" llegó al domicilio del difunto, yo fui la primera persona que vio. Me fijé en sus ojos. Estaban deshechos en lágrimas.

La policía se encargó de tomarle los datos, pero ella no me quitaba ojo de encima. Era comprensible, yo había sido la primera persona a la que veía en el escenario. Aproveché para tomar mis propias notas. La chica se llamaba Cecilia Ordóñez. Veintiocho años. Era camarera. Conoció a la víctima en el trabajo. También conocía a su hermano, pero aún no le habían presentado a su madre. Observé que el agente que la interrogaba no caía en la cuenta, o quizás procuraba evitar, preguntar acerca de la pornografía del difunto. "Novato", pensé.

Cuando se le preguntó dónde había estado hacía dos días, respondió que llevaba toda la semana trabajando dos turnos al día y que no había tenido tiempo para nada más. Una coartada lo bastante sólida, pensé, puesto que una camarera podía disponer de cerca de un centenar de testigos por cada turno trabajado.

El hermano llegó poco después. Aún le temblaban las piernas cuando cruzaba el umbral.

Su nombre era David. Veintiseis años. Estudiante universitario de medicina, repetidor compulsivo. Siempre se había sentido criado por su hermano mayor, desde la muerte de su padre quince años atrás. Su madre había caído en una fuerte depresión por aquellas fechas, y fueron los dos hermanos quienes tuvieron que cuidar de ella... y de ellos mismos.

Hacía cuatro días que no se separaba de su madre. Sus problemas de salud se habían agravado en los últimos meses. No podía dejarla sola más de unas horas. Ella podría corroborarlo.

La policía estaba a punto de dejarles ir, con la ya famosa frase de "no salgan de la ciudad", cuando llegó una llamada del laboratorio. Habían enchufado el ordenador portátil. Resultaba que no estaba apagado, sino hibernando. Al parecer, el ordenador se quedó encendido después del asesinato hasta que se agotó la batería.

El equipo aún conservaba la última dirección visitada. Se trataba de un casino online.

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La policía prosiguió su investigación; pero la Sociedad del Misterio ya había iniciado la suya propia. Lo primero que hicimos fue consultar el estado de las cuentas bancarias de la víctima. Si era aficionado al juego online, podía tener problemas de dinero. Eso nos daría un posible móvil.

Para mi asombro, nos encontramos justo con el caso contrario. A pesar de los pocos lujos con los que vivía la víctima, su cuenta bancaria estaba a reventar. Y así llevaba cerca de un año. Lo que, por supuesto, nos daba un móvil todavía más poderoso.

Volví a hablar con los allegados. Ni Cecilia ni David sabían nada de la situación económica de Andrés. Curiosamente, David sí que conocía la afición de su hermano por el póker... del mismo modo que Cecilia conocía la pasión de su novio por el porno. A ninguno de los dos le preocupaban estas cosas, siempre que no llegasen a convertirse en una enfermedad.

Pregunté a David por su propia situación financiera. Su respuesta no me sorprendió: vivía con un cierto desahogo, considerando que vivía en casa de su madre y que por tanto tenía vivienda y comida pagadas. Cecilia, por otra parte, estaba pasando apuros económicos. Por eso había tenido que empezar a trabajar dos turnos al día. Andrés no sabía nada de esta situación, o al menos Cecilia no se lo había querido contar.

Había algo que me inquietaba desde el principio. La autopsia no reveló ninguna herida defensiva. Sin embargo, la víctima tuvo que ver venir a su asesino, ya que el arma le vino de frente. Andrés se mantenía en buena forma. Practicaba taekwondo, según nos había dicho la novia. Así que ¿por qué no se defendió de su agresor?

Mantuve una última reunión con Cecilia y David. No quería seguir molestando a los allegados sin tener nada contra ellos, pero necesitaba la perspectiva de aquellos que le conocían. Ya se había creado un clima de confianza entre nosotros tres... no, de confianza no; tal vez la palabra más precisa sea "costumbre". Si en algún momento habían estado a la defensiva, ese tiempo había quedado atrás.

-Es algo que tenía que pasar -acabó por murmurar David.
-¿Qué quieres decir? -inquirió Cecilia-. ¿Quién querría verle muerto?
-Bueno, Ceci, no lo sé, pero piensa que era un jugador empedernido de póker. Y debía ser la hostia de bueno, cuando se sacó tanto dinero. Nunca sabes con quién estás jugando, así que quizás alguno de sus rivales...
-Lo estamos investigando -interrumpí-. Hasta el momento nada. Todos tienen una coartada sólida. De muchos de ellos, incluso, nos creemos lo que nos dicen de que no habrían sabido cómo encontrar a Andrés fuera de la red.
-Yo desde luego no habría sabido -admitió Cecilia, y de nuevo las lágrimas se le agarraron a la garganta.
-Calma, calma, Ceci -la consoló David-. ¿Prefieres que me quede esta noche por aquí? Para que no te quedes sola...
-David, por favor -le espetó ella entre sollozos-. Qué pensará el detective... Por favor, no se lleve a engaños -me dijo-. David no está interesado sexualmente en mí, si lo estaba considerando como motivo.
-Yo no he dicho nada -me apresuré a aclarar.
-No, pero ella tiene razón, es mejor evitar los malentendidos -replicó David-: soy gay. Sólo me preocupo por mi cuñada, eso es todo, no intento aprovecharme de la situación.
-Entendido -respondí.
-Y de todas formas no hace falta que te quedes -añadió ella para su cuñado-. Se está quedando una amiga conmigo estos días.
-Como tú quieras.

Hubo un minuto de silencio inintencionado, y de pronto David volvió a suspirar.

-¿Sabe qué es lo más irónico? -me dijo-. En el póker hay una jugada que se dice que da mala suerte. ¿Sabe cuál es?
-No juego mucho al póker -admití.
-La pareja de ases y ochos. La llaman "La mano del muerto".
-Disculpadme -se excusó de pronto Cecilia rompiendo otra vez a llorar-. Ahora mismo me siento una persona horrible.
-¿Y eso? -pregunté.
-Mi novio está muerto. No hace ni dos semanas que fue asesinado... y no puedo dejar de pensar en que no dejó testamento. Soy despreciable.
-Es algo natural, Ceci -explicó David-. En la facultad hemos dado algo de psicología, y creo que es comprensible que, después de un trauma como éste, tu mente busque una idea distinta a la que aferrarse. Yo por ejemplo pienso en mamá.
-¿Y te ayuda?
-No especialmente. Pero que ya te digo, que es algo natural.

Pagamos la cuenta de los cafés, nos despedimos y volví de nuevo a la Sociedad del Misterio. Algo se nos estaba pasando por alto, estaba seguro. El asesino siempre, SIEMPRE comete un error.