Gonzalo Estrada (cincuenta y dos años, desempleado, soltero) nunca había sido precisamente una buena persona. Expulsado de dos colegios cuando niño, a los dieciocho años ingresó en prisión por primera vez por un delito de lesiones. Bebedor, violento y grosero, se ganó una terrible reputación en el barrio del Pinar, donde se había criado y donde siempre había vivido. No obstante, a los treinta y cinco años, violó y asesinó de una puñalada a una joven del vecindario, Luisa Ceballos (veintidós años, manceba de farmacia, soltera). El asesinato no fue premeditado, según parece ni siquiera fue intencionado, la joven intentó huir y Gonzalo Estrada perdió el control… pero ese hecho sólo sirvió para que otras dos vecinas, África Nieto (treinta años, dependienta de una tienda de comestibles, casada) y Águeda Benítez (quince años, estudiante de instituto), reuniesen finalmente el valor para confesar a sus familias que también habían sido violadas y amenazadas por Estrada. El posterior registro de su domicilio sirvió para encontrar una caja con fotografías de sus víctimas desnudas. Fue condenado a treinta años de cárcel. Salió ayer en libertad condicional, tras cumplir las dos terceras partes de su condena.
Esta mañana se ha encontrado su cuerpo sin vida en el vertedero municipal. Presentaba una única herida subclavicular. El informe del forense dictaminó que la muerte había sido instantánea: la hoja seccionó varios vasos sanguíneos y nervios, amén de provocar una punción pulmonar. Junto al cadáver se encontró un cuchillo de limpieza manchado con su sangre.
Decir que nadie en el barrio lloró su muerte sería accesorio a estas alturas. Pero creo que ni aún así podíamos esperar nada de lo que ocurrió a continuación.
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Llegué a comisaría tan pronto como pude. El Inspector Arjona, un viejo conocido de los tiempos de Watson, me esperaba con una cierta impaciencia. Me llamó la atención la sonrisa socarrona que intentaba borrar de sus labios.
—Gracias por venir, Jack —me saludó, y me guió por los pasillos de la comisaría—. Sabes que normalmente nos gusta resolver estas cosas por nosotros mismos, pero esta vez hemos coincidido todos en que tendríais que echarle un vistazo a este caso.
—¿La muerte de Gonzalo Estrada? Sí, algo he leído. ¿Tenéis alguna pista?
A modo de respuesta, me condujo hasta una sala de interrogatorios. Al otro lado del espejo, podía ver a un hombre sentado con una mirada serena.
—¿Quién es? —pregunté.
—Alejandro Ruiz. Cuarenta y ocho años. El viudo de África Nieto, una de las víctimas de Estrada. Es el tendero del barrio. Se ha declarado autor del asesinato.
—Cómo, ¿ya?
—A primera hora de la mañana. Su mujer se suicidó poco después de que Estrada ingresara en prisión, él quería vengarse, así que le estuvo siguiendo por la noche, vio que se acercaba de nuevo a su tienda en la calle Cereza y decidió tomar cartas en el asunto. Le agarró por la espalda, le apuñaló por encima de la clavícula, limpió y tiró el arma a la basura, y luego se deshizo del cadáver. No se arrepiente, se siente orgulloso de lo que ha hecho y está dispuesto a aceptar la condena como un hombre. Lo único que sí nos pide es una reducción de condena a cambio de revelar el paradero del cadáver.
—Pero el cadáver ya ha aparecido —musité—. Se encontró esta mañana en el vertedero.
—Sí, bueno… es que éste llegó antes de que se encontrara el cuerpo.
Tomé nota de estos datos. Pero a veces me pasa que oigo antes de escuchar, retengo lo que me han dicho pero no es hasta unos segundos después que me doy cuenta de su significado. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que acababa de oír.
—Perdona, ¿has dicho “éste”?
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—Pablo Benítez —presentó el inspector Arjona al joven del otro lado del segundo—. Treinta y tres años, estudiante de medicina. Hermano de Águeda Benítez, otra de las víctimas. Se entregó tan pronto como se supo que había aparecido el cadáver de Estrada.
—¿Dos hombres se han entregado por el mismo crimen?
—Historias similares. Su hermana tenía quince años cuando fue violada, y eso la trastornó hasta el punto de haber acabado recluida en el Centro Arca para enfermos mentales. A partir de ahí, casi todo es lo mismo que nos ha contado Ruiz: le sigue por la noche, llegan hasta Calle Cereza, ve que Estrada vuelve a acercarse a su casa, decide asesinarlo, le agarra por la espalda, le apuñala sobre la clavícula. Se conforma con saber que su hermana está a salvo y que el violador ha pagado por su crimen, y está dispuesto a aceptar la condena con dignidad. Dos diferencias: dice que tiró el cuerpo a un contenedor cercano, y que tiró el arma a la alcantarilla.
—Pero se encontró un arma junto con el cuerpo —observé—. Es más, si luego vas a entregarte, ¿por qué deshacerte del arma?
—Dice que al principio no pensó en entregarse, pero que lo ha estado estudiando durante toda la noche y que le parece lo más honorable.
—Así que tenemos a dos hombres que confiesan el mismo crimen. Ambos sienten que son héroes por haber matado a una amenaza para el barrio. Pero sólo había una herida, así que está claro que uno de los dos miente. Quieres que averigüe quién es el inocente, ¿no?
Arjona sonrió. Puse los ojos en blanco.
—Tiene que ser una broma.
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—Bernardo Ceballos —anunció Arjona, mientras yo contemplaba al hombre mayor que aguardaba al otro lado del tercer espejo—. Sesenta y tres años. Policía, a dos años de su jubilación. El padre de la víctima mortal de Estrada. Llegó diez minutos después que Benítez.
—¿Y su historia?
—Sabía de sobra que Estrada no se merecía la condicional. Que volvería a las andadas. Así que anoche, cuando debería haber estado de servicio, pidió a un compañero que le cubriese y firmase en su nombre y fue a seguirle. Y cuando lo vio paseando por el barrio, esperó a llegar al polideportivo de la calle Manivela para cogerlo a solas, lo acuchilló y lo llevó en un saco al vertedero. Luego quemó el saco. El arma, dice, se la dio a un vagabundo al que aún no hemos conseguido encontrar. Pero éste es el dato que da más verosimilitud a la historia: la causa de la muerte de Estrada es exactamente la misma que la de la hija de Bernardo. Ambos recibieron la puñalada en el mismo sitio.
—Está bien, a ver si lo he entendido. Tenemos un cadáver con una única herida, un arma manchada de sangre y tres sospechosos orgullosos de confesarse culpables del asesinato. No hay más que una herida, así que sólo uno de ellos pudo hacerlo, ¿no?
—Básicamente sí.
—Y lógicamente en el cuchillo no se habrán encontrado huellas…
—Eso habría sido lo normal.
—No me digas que se han encontrado huellas de los tres…
—No, no es eso, a ver, efectivamente no hay huellas. Pero tampoco hay tejidos, se ha encontrado sangre de la víctima pero no epiteliales, tejido muscular, nervioso ni pulmonar. Y por si te parecía poco… la forma de la hoja no casa con la de la herida.
—Arjona, amigo mío—dije marcando el número de Boniatus—, la Sociedad del Misterio acepta encantada el desafío.
martes, 18 de marzo de 2008
Caso nº 00009: LAS TRES MUERTES DE GONZALO ESTRADA (CERRADO)
Un misterio de
Jack Ryder
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conjeturas
Etiquetas: arma blanca, asesinato, autoincriminación, una caja de porno, venganza, vertedero, violación
lunes, 26 de noviembre de 2007
Caso nº 00004: LA CAZA DEL ZORRO (CERRADO)
Comenzó como una simple fiesta de disfraces. Pero ha terminado en tragedia.
Estos son los hechos. Todos los años, en Noviembre, trece de los antiguos alumnos de la promoción del 98 de la Facultad de Psicología se reúnen para celebrar una fiesta de disfraces. La de este año tuvo lugar el pasado fin de semana, la noche del 24 de Noviembre. Siempre se celebra en casa de alguno de los antiguos alumnos. Este año el anfitrión fue Víctor García (veintisiete años).
La fiesta comenzó a las diez de la noche y terminó, contra la voluntad de los participantes, a medianoche. En el transcurso de la velada, hubo algunas quejas por parte de los vecinos. Según parece, la música estaba tan alta que incluso los vecinos del bloque de enfrente llamaron para protestar. Es gracias a uno de estos vecinos, a una vecina más concretamente, que tenemos algunos datos acerca del trágico suceso.
Hacia las once cincuenta, Soraya Díaz (cuarenta y dos años, maestra de inglés, casada) llevaba cerca de hora y cuarto pendiente de la fiesta de sus ruidosos vecinos. Su hijo estaba de campamentos y ella acababa de encontrar una caja de porno bajo su cama, y se había quedado tan afectada por el descubrimiento que no podía dormir. En un principio miraba con la esperanza de ver apagarse las luces, pero poco después de las once vio a una pareja retozando en uno de los dormitorios y, aunque ahora se avergüenza de reconocerlo, le llamó la atención lo bastante como para dedicarse a cotillear. Entonces vio cómo una persona, disfrazada de cowboy, entraba en el dormitorio principal a solas se ponía a buscar algo entre los cajones de la cómoda, al principio con tranquilidad, luego cada vez más desesperadamente. En ese momento, una segunda persona disfrazada del Zorro entraba en la habitación envuelta en su capa. No llegaron a hablar un minuto, aunque el cowboy pareció reírse del Zorro, y entonces éste último sacó la mano de la capa y hubo un fuerte destello. La música estaba demasiado fuerte como para distinguir si el ruido que lo acompañó formaba parte de la percusión o si era, como a la señora Díaz le había parecido, un disparo. Pero lo cierto es que el cowboy caía al suelo. “El Zorro” depositó entonces un objeto metálico y reluciente junto al cuerpo del Cowboy y volvió a la fiesta.
A medianoche la policía, alertada por la señora Díaz, interrumpía la fiesta. Nadie había oído ningún disparo, pero en ese momento algunos empezaron a echar en falta al anfitrión. La policía entró en el dormitorio principal y allí encontraron a Víctor García, muerto por una herida de bala en el corazón. Junto al cadáver descansaba el arma del crimen, la cual por cierto resultó estar registrada nombre de la víctima. Ninguna huella aprovechable en la escena. Los invitados explicaron que Víctor García, totalmente borracho, había estado presumiendo de su pistola y que había ido a su cuarto a buscarla para enseñársela a todos.
El siguiente paso lógico era identificar a quien llevase el disfraz del Zorro. Pero naturalmente, las cosas no fueron tan simples… aquel año, tres invitados fueron disfrazados de Zorro. Según parece, sin ponerse previamente de acuerdo. Basándose en el testimonio de la señora Díaz, los tres Zorros han sido puestos bajo custodia y se ha pedido los restantes nueve invitados que no abandonen la ciudad.
Por desgracia, los posteriores interrogatorios no han ayudado a esclarecer las circunstancias de la muerte de Víctor García. Sus tres ex-compañeros tenían motivos para verle muerto. Os transcribo a continuación algunos extractos de las declaraciones de los tres:
SIMÓN JIMENO, 28 años:
“Víctor y yo no nos llevábamos precisamente bien. Cualquiera de mis compañeros se lo podría decir. Cuando íbamos a la facultad, yo salía con una chica, Elena; y en la fiesta de graduación, el muy cerdo me la robó. La emborrachó y se acostó con ella. Elena nunca pudo superar la depresión, no podía mirarme a la cara. Lo último que he sabido de ella es que se fue a Londres y que está intentando rehacer su vida.
¿Que si le quería muerto? Digamos sólo que no voy a llorar por él. Pero seguía viniendo a las fiestas, porque mi consulta es todo un éxito, estoy prometido con una mujer maravillosa y no tengo nada de qué esconderme. Aunque claro, ni se me habría ocurrido presentarle a mi mujer a ese cerdo.
¿Cómo quiere que sepa qué hacía exactamente a esa hora? No sé, no me dedicaba a mirar el reloj. Pero si fue unos diez minutos antes de que llegara la policía… Debía estar hablando con Marcos, el que iba disfrazado de Drácula. Estuve un rato hablando con él, supongo que pudo ser en ese momento.”
DIEGO BANDERAS, 27 años:
“Víctor, sí… Un hijo de puta, y odio hablar mal de los muertos. Cuando salimos de la facultad, hablábamos de montar nuestro propio gabinete. Mi tío es psiquiatra, y ya lo tenía hablado con él para que nos pasase a algunos de sus clientes. ¿Sabe lo que hizo Víctor? Se llevó a los clientes de mi tío, me dejó tirado y montó él solo su consulta.
¿Muerto? No, tampoco llegaría yo a tanto. A ver, quién de todas las víctimas no querría vengarse de él. Pero qué va, sería incapaz de hacerle nada, si de bueno que soy llego a ser tonto. Y me dan pánico las armas de fuego. No sé, alguien que se dedica a fardar de pistola y que la enseña en las fiestas como si fuera un juguete está pidiendo a gritos que le acabe pasando algo malo.
Bueno, esto casi da vergüenza decirlo, pero ya que lo pregunta… bebí más de lo que estoy acostumbrado y me puse malísimo. Eso sería a las diez y media, o así. Algunos compañeros, aunque sinceramente no recuerdo quiénes fueron, me llevaron a la salita y me tumbaron allí… me iban a dejar en uno de los dormitorios, pero Víctor no quería que me metieran en el principal y el otro estaba ocupado. Y allí estuve hasta que ustedes llegaron. De vez en cuando entraba alguien a ver cómo estaba, pregunten a los demás invitados.”
ANTONIO VEGA, 30 años:
“¿Víctor? Oh, sí, Víctor, el popular. ¿Sabe? Le caía bien a todo el mundo. Al menos, hasta que le conocías mejor. No le mentiré, era una rata. Yo tardé un año más en salir de la facultad por su culpa… en el último examen, el muy cabrón se copió de mí. Y luego consiguió convencer al profesor de que había sido a la inversa. Me colgó sus propias trampas.
Oh, no, ¿por qué iba yo a querer vengarme de él otra vez? Cómo, ¿no se lo ha dicho nadie? Verá, Víctor era una rata dispuesta a pisar a quien hiciera falta para salirse con la suya, pero de todas sus víctimas, yo fui el único que le devolvió la jugada. Durante su primer año de ejercicio me dediqué a pisarle todos los pacientes que sabía que tenían pensado ir a su consulta. Yo por entonces todavía estaba estudiando, pero me aseguré de recomendarles a otros psiquiatras más cualificados, no sé si me entiende. Así que, al final, ya que él me obligó a esperar un año antes de poder montar una consulta, yo le obligué a esperarme a mí.
A esas horas… Hmm… Vale, sí, a esas horas estaba en la cama. Con otra de las invitadas. Patricia Mármol, que iba de Catwoman esa noche. Estuve tirándole los tejos desde que llegué a la fiesta, y sobre las once nos fuimos a uno de los dormitorios de Víctor. De hecho, si le soy sincero, cuando terminamos me quedé dormido, porque recuerdo que me despertaron las voces de la policía al llegar.”
Los tres tienen coartadas aceptablemente sólidas. Marcos López (28 años) confirma que estuvo hablando con Simón Jimeno antes del final de la fiesta, pero tampoco está seguro de la hora exacta; Patricia Mármol ha corroborado la coartada de Antonio Vega, incluida la parte de “nos quedamos dormidos”; y el resto de los invitados vieron a Diego Banderas vomitar en la alfombra y se lo llevaron a la salita, pero reconocen que ninguno de ellos se quedó mirándolo toda la noche.
Así que ¿quién miente? ¿Quién mató a Víctor García? Y sobre todo, ¿cómo podemos demostrarlo?
Un misterio de
Jack Ryder
publicado a las
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conjeturas
Etiquetas: alcohol, arma de fuego, asesinato, disfraz, una caja de porno, venganza