La habitación de paredes blancas se encontraba en un silencio sólo interrumpido por los rítmicos pitidos de un electrocardiógrafo. Ni nuestro nuevo cliente ni yo nos atrevíamos a articular palabra alguna. La pequeña niña de cinco años que descansaba en aquella cama llevaba ya más de una semana sin despertar.
Rodolfo Dantés, el abogado de la familia de la niña, me pidió que saliéramos al pasillo para hablar. Pude apreciar que estaba verdaderamente afectado por la tragedia.
—No debió pasar. Simón… mi cliente… se desvive por la pequeña Andrea. Estoy seguro de que él conducía con todo el cuidado del mundo.
—Los accidentes ocurren, señor Dantés. ¿Cómo fue?
—Simón metió a la niña en el coche cuando ya estaba dormida. Quería darle una sorpresa, la llevaba a Port Aventura. La niña duerme como un tronco, así que se habría despertado ya allí.
—Bonito detalle. ¿Qué ocurrió entonces?
—Un camión se salió de su carril. Simón intentó esquivarlo, perdió el control del coche y volcaron.
—Entiendo. Pero los accidentes no entran en nuestra jurisdicción, señor Dantés… usted nos ha llamado por otra cosa, ¿no es así?
El letrado suspiró y sacó una fotografía de su maletín. Se aseguró de que no hubiese gente cerca antes de mostrármela.
—La ambulancia llegó relativamente pronto, recogió a mi cliente y a su hija y los llevó al hospital, donde fueron debidamente atendidos. El problema vino cuando la grúa recogió el coche… y encontraron esto en el maletero.
Cogí la foto de su mano y se me heló la sangre en las venas. En toda esta historia, sinceramente, no me encajaba esa pieza… pero ahí estaba: un hombre joven, de unos treinta y pocos años, muerto por una herida de bala en la cabeza.
—Imposible que esto ocurriera durante el accidente.
—En cuanto Simón despertó, la policía le comunicó que estaba detenido como principal sospechoso del asesinato. Y no puedo culparlos, es comprensible que sospechen del propietario de la escena del crimen… pero mi cliente no pudo hacerlo, estoy seguro.
—Usted es un abogado competente —dije, demostrando que me había documentado sobre él antes de acceder a verlo—. Seguro que podrá demostrar su inocencia…
—No lo entiende. Simón es hijo único, huérfano y viudo. Andrea sólo le tiene a él. Cuando despierte del coma necesita tener a su padre cerca… y sólo Dios sabe cuánto podría alargarse el juicio antes de que pueda exonerarlo. Necesito ayuda externa, señor Ryder.
---
—¿Opinión? —pregunté.
Estaba de vuelta en la oficina, acompañado por nuestro cliente y por Zalaya. El abogado sostenía entre sus manos nerviosas una taza de mi mejor té de cacao, coco y vainilla.
—Habría que llamar a Boniatus —comentó Zalaya—. No querrá perderse esto…
—El profesor se ha ganado unas vacaciones, y se merece disfrutar de ellas sin interrupción. Además, dentro de lo malo, en este caso en concreto su departamento quizás iba a tener muy poco trabajo.
—Hm, cierto, es una ECM, no lo había pensado.
—¿ECM? —preguntó el abogado.
—Escena del Crimen Móvil —explicó Zalaya.
—Exacto. Sabemos dónde se encontró el cadáver, pero no dónde lo mataron. En estas fotos no se aprecia que haya apenas sangre en el maletero, y las heridas de bala en la cabeza tienen la mala costumbre de sangrar.
—¿Y entonces? ¿No tienen con qué trabajar?
—Yo no he dicho eso, pero necesitaría saber dónde buscar. Podemos empezar por el coche, pero ayudaría tener alguna idea aproximada de dónde más ha estado y de quién ha tenido acceso a él.
—Si me disculpan, voy a llamar a mi pasante para que me consiga esa lista —terció el abogado.
—Por supuesto. ¿Tú cómo lo ves, Zalaya?
—Coincido, necesitamos saber quién ha usado o tenido a mano ese coche. Pero no creo que debamos descartar que realmente el señor… ¿Cómo ha dicho que se llama su cliente?
—Simón Cañizares— replicó Dantés cubriendo el teléfono, y volvió a su llamada.
—Simón Cañizares. Que el señor Simón Cañizares estuviese deliberadamente trasladando un cadáver en su maletero hacia Port Aventura.
—A estas alturas yo ya no descarto nada —apunté—, pero ¿quién lleva un muerto al parque de atracciones con su hija de cinco años en el coche?
—Yo no, desde luego. Pero no digo que sea lógico, sino que no deja de ser posible. Acuérdate del Exiliado y de lo inocente que parecía.
—Hay una complicación añadida… he hablado con Irene, ha conseguido echarle un ojo al informe de la autopsia. Y hay algo que no termina de encajar… El cuerpo se ha empezado a descomponer a lo bestia durante el traslado. A día de hoy es imposible determinar exactamente cuándo se cometió el crimen.
—¿Cómo ha ocurrido eso? —inquirió Zalaya.
—Lo está investigando para nosotros, pero lo que sí que es cierto es que nos echa por tierra cualquier intento de cronología. Sabemos que ese cadáver se introdujo en ese maletero antes del accidente, pero no sabemos cuándo ni en qué momento lo mataron.
—¿Lo que quiere decir?
—Que aunque sepamos quién accedió cuándo al coche, no podremos relacionar eso con la fecha de la muerte. Necesitaremos algo más para descubrir quién lo hizo.
lunes, 23 de agosto de 2010
Caso nº 00025: UN EQUIPAJE INESPERADO (CERRADO)
Un misterio de
Jack Ryder
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miércoles, 19 de agosto de 2009
Caso nº 00022: EL ASESINO ASESINADO (CERRADO)
—Sammy el Hurón —musité—. Quién iba a decir que acabaría así.
El flash de la cámara de Boniatus iluminó por un segundo el cadáver que yacía a mis pies. Samuel Preciados, alias “Sammy el Hurón”. Asesino a sueldo, de los más caros. Especializado en lo que él mismo llamaba "trabajos de limpieza": la eliminación de cualquier rastro dejado atrás en un crimen... incluyendo al criminal.
Causa de la muerte, herida de bala en la cabeza. No dejaba de ser irónico.
—Gracias por venir tan rápido —me dijo el subinspector Roberto Alterio—. Esta semana estamos algo cortos de personal.
—Es lógico, con la mitad de Homicidios en el Congreso de Criminología. ¿Quién ha quedado al mando del departamento?
—Mendoza.
—Pues gracias a ti por llamarnos, Roberto.
—A mandar. Mendoza puede decir lo que quiera, pero en el departamento no hay nadie que se lo crea.
—Ya, pues si la gente se lo creyera un poquito menos quizás no nos habrían retirado la invitación al Congreso —gruñí entre dientes—. ¿Quién lo encontró?
—Un vecino oyó el disparo y nos llamó. Luego oyó un portazo, pero cuando salió a mirar ya no había nadie. Los demás vecinos de la planta confirman esta versión.
—Zalaya, ve a ver si puedes sacarle algo más a los vecinos —dije a nuestro jefe de departamento de testimonios y declaraciones —. Esto va a ser jodido, Roberto. El Hurón tenía enemigos en todo el submundo criminal. La lista de sospechosos va a ser interminable.
—Lo sé. Por eso os he llamado, si conozco bien a Mendoza cerrará el caso a la primera de cambio, por falta de pruebas, y encima se chuleará de que no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más. Prefiero que lo veáis vosotros primero… y si hay que cerrarlo, al menos sabré que se ha hecho todo lo posible.
—Arjona escoge bien a su equipo, Roberto. ¿Profesor?
—Piso franco —opinó Boniatus—. Casi sin amueblar, sólo cosas de trabajo. No sacaba mucho la basura, pero sólo hay una bolsa llena y una segunda recién empezada… Se instaló hace poco. Las vistas no son gran cosa, una fachada da al supermercado y la otra a la fachada del edificio de al lado. Habría que asegurarse, pero dudo que escogiera el piso por la ubicación. Con la reputación del Hurón, no creo que su objetivo esté por esta zona.
—A ver si podemos averiguarlo pronto. ¿Qué tenemos del portátil?
—Los datos están encriptados, me llevará un ratillo —replicó uno de los técnicos de Jnum.
La víctima presentaba orificios de entrada y salida. La bala le atravesó la cabeza, así que debió acabar en alguna parte. Pregunté a Boniatus a ese respecto.
—Junto a la ventana —me indicó—. Necesitaremos algo más de equipo para determinar la trayectoria y calcular el punto de origen, me temo.
—¿Roberto?
—Haré lo que pueda, pero no podré pedir un equipo hasta que Mendoza haya sido informado… así que a partir de ahí depende de él.
—¿Y crees que estará dispuesto?
—Pues no sé yo, Jack. Entre tú y yo… está un poco de mala leche porque Arjona ha ido al Congreso de Criminología y él no.
—¿Cómo era aquello que decías antes? ¿Eso de “no podía pasarle a un cerdo que se lo mereciera más”?
Hubo algunas sonrisas de asentimiento entre mis jefes de departamento. Para mi sorpresa, también se nos unieron algunos de los uniformados personados en la escena.
—Jack, tenemos un problema —avisó el técnico de Jnum.
Me aproximé al ordenador. En pantalla aparecía un correo electrónico.
—¿Qué tenemos?
—El trabajo para el que fue contratado el Hurón. Una limpieza. No tenemos el nombre ni la descripción de su objetivo, me temo… Hay comunicaciones anteriores que no han dejado rastro, o al menos aquí se menciona una, quizás ahí hubiera más datos. Pero sabemos que su presa iba a ser otro asesino, que el Hurón no debía eliminarlo hasta que hubiera terminado su trabajo… y tenemos el momento y el lugar. Y no te va a gustar.
El cursos seleccionó una frase del correo para hacerla más visible.
—Oh, no.
—Sabemos que el Hurón no terminará su trabajo —explicó Jnum—. Pero eso nos sigue dejando con el primer asesinato. No sabemos quién y no sabemos a quién, pero van a matar a alguien este domingo a medianoche… durante la cena de clausura de las Primeras Jornadas Internacionales de Criminología y Derecho Penal.
Sopesé esta información. Un asesino sin rostro, una víctima sin nombre, y menos de cinco días para impedir el crimen... y si actuábamos antes de tiempo, si interveníamos sin saber tras quién debíamos ir, podíamos alertar al asesino de nuestra investigación.
—Deja que Boniatus termine de procesar la escena, danos diez minutos de ventaja y avisa a la central de lo que tenemos aquí —pedí a Alterio—. Os cedemos este caso, sabemos que Mendoza no nos querrá intentando resolver este asesinato y no nos vamos a meter; pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitar el segundo crimen.
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lunes, 2 de febrero de 2009
Caso nº 00018: MUERTE EN DIRECTO (CERRADO)
»Buenas noches, damas y caballeros, bienvenidos una noche más a “Simón Dice”. Hoy tendremos un programa muy especial, con la presencia de dos grandes personalidades enfrentadas: el controvertido documentalista Javier Rodríguez, autor de la polémica cinta que ustedes pueden ver en cines, “Atraque a mano armada”, como parte atacante; y el empresario naviero Eddy Puccio, propietario de cinco puertos deportivos en nuestro país, como parte ofendida. Creo que coincidirán conmigo en que hoy el debate va a ser de los buenos.
»Pero no es esa la única razón por la que digo que el programa de hoy va a ser especial. Antes de comenzar, me gustaría tener con ustedes una pequeña confesión.
»Recientemente, he sido víctima de serias amenazas si continuaba con el programa como hasta ahora. Al parecer, alguien se ha sentido tan ofendido con alguno de mis anteriores debates, que ha pensado que se imponían medidas desesperadas… no les mentiré, damas y caballeros: las amenazas eran de muerte.
»La cadena me pidió que me tomara en serio las amenazas. Y si he de ser sincero, estos últimos días yo mismo me planteé hacerles caso. Honestamente, estuve a punto de no presentarme hoy, de disculparme con mis dos invitados de la noche y de hacer que emitieran un especial con los mejores momentos de “Simón Dice”. Y sí, lo confieso, pensaba mantenerlo en secreto, no quería que nadie lo supiera, más que los ejecutivos de la cadena y yo.
»Pero entonces pensé: ¿de qué tengo que esconderme? Sé que este programa siempre ha sido polémico, sé que suelo escoger los temas de debate más controvertidos, y siempre he sabido que no a todo el mundo le gustará lo que hago. Pero sigo teniendo un público fiel, un público al que no le asusta escuchar la verdad, al que no le asusta que se le contradiga. Un público que, incluso en mis momentos más oscuros, me ha mostrado siempre su apoyo. ¿Y acaso no me debo yo a ese público?
»Así que aquí me tienen, damas y caballeros. Desafiante y provocador como siempre. Si alguien quiere matarme, si esas amenazas no eran palabras vacías… que vengan, si se atreven.
»Bien, no quiero que se nos vaya toda la noche con este tema, el debate de hoy es muy interesante, así que vamos a comenzar…
---
Un relámpago iluminó las oficinas de la Sociedad del Misterio mientras en el video se cortaba la emisión. Un corte que había tenido lugar un segundo demasiado tarde.
—Esas fueron las últimas palabras de Simón Yagüe —expliqué parando la reproducción—. Seguro que alguno de vosotros lo vio la semana pasada. Justo después de esas palabras, alguien entre el público le disparó en toda la cara, en directo para todo el país.
—Ahora la policía ha acudido a nosotros —apuntó Boniatus—. Según parece, han llegado a un callejón sin salida. Después de una semana interrogando a espectadores, no parecen tener nada sólido.
—El caso está frío, pero tiene que quedar algo que la policía haya pasado por alto. Esto es lo que tenemos: el arma del crimen estaba en un cubo de basura. No se han encontrado huellas. O el asesino usaba guantes, o sabe bien cómo limpiar un arma. La pistola estaba registrada a nombre de la víctima, así que cabe suponer que tenía enemigos. Balística ha determinado que el disparo se efectuó desde la entrada del plató, en medio de las gradas. Se ha interrogado a los espectadores que tenían asientos contiguos a esa zona, pero todos estaban mirando a Yagüe así que nadie vio nada. La policía nos prestará las pruebas que les pidamos, siempre y cuando las devolvamos en un plazo de veinticuatro horas.
—Dado que creemos que el propio Yagüe era consciente de tener enemigos —aportó Zalaya—, voy a ir al estudio a hablar con todos los miembros del equipo. Quizás alguien sepa algo, o quizás incluso encontremos a alguien con motivos para matarlo.
—Voy contigo —dijo Boniatus—. Quiero echarle un vistazo al estudio, tanto a la escena del crimen como a los camerinos, los pasillos, todo.
—Yo estudiaré las pruebas que nos pase la policía —terció Jnum—. Boniatus, ya sabes, si encuentras algo…
—De acuerdo. A los dos que vais a salir, id con cuidado que con este temporal la carretera no es muy segura… ¿se puede saber de qué te ríes, Ceres?
—No, de nada, Jack.
—Muy bien, mientras nuestros jefes de departamento nos elaboran sus informes, quiero que los demás nos dediquemos a trabajar con lo que tenemos. Estudiemos el video. No vamos a ver al asesino, eso creo que está bastante claro; pero podría haber alguna pista en las palabras de Yagüe, y no quiero que se nos escape. Tendré el DVD en mi despacho durante toda la investigación, si alguien quiere volverlo a ver no tenéis más que pasaros a preguntar.
»Ah, y una cosa más... Sabéis que me da cosa plantearos un misterio mientras algunos de vosotros estáis de exámenes, así que participad sólo cuando tengáis tiempo. Podéis venir a mi despacho y pedirme un resumen de lo que os hayáis perdido para no perder el hilo.
»¿Todo claro? Muy bien, vamos allá. El asesino tiene que haber cometido un error, y nosotros lo vamos a encontrar.
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martes, 26 de febrero de 2008
Caso nº 00008: RÉQUIEM POR UN PAYASO (CERRADO)
Los que estéis más al tanto del panorama cultural ya habréis leído la noticia del fallecimiento del tenor Jorge Brezo, con tan solo 28 años. Era una joven promesa de la ópera, que había pasado de papeles de relleno al rol del barón Duophal en La Traviata y de ahí a Canio en I Pagliacci, su primer papel protagonista y sin duda el más dramático y sentido de todos. Su agente y sus compañeros de reparto se han mostrado desolados, como podréis leer en las siguientes declaraciones en prensa:
Juan Nicolaides (52 años, soltero, agente artístico del difunto): Se lo advertí. Le advertía que se implicaba demasiado con su personaje… Si eso no le mató, desde luego lo intentó. En las últimas semanas había llegado a tener hasta pesadillas. Aún no puedo creer que al final haya acabado así. Y en su mejor momento. La crítica aplaudió su Duophal, pero ¿su Canio? ¡Su Canio le iba a convertir en una leyenda! Conservaba todo el dramatismo, pero ¡qué amenazante! Hemos perdido a uno de los grandes, créanme.
Violeta Sanpedro (27 años, soltera, Nedda en I Pagliacci): No me lo creo. Sencillamente no me lo creo. No puede haber pasado. La noche anterior habíamos estado de cañas los tres, con Armi. Una noche de las buenas, de las que al final Armi y yo le tuvimos que llevar a su casa y todo. No me entiendan mal, Jorge apenas bebía salvo cuando teníamos algo que celebrar, y su Canio estaba cosechando tantos éxitos que esa noche salimos a festejarlo. Se le veía tan normal… No me puedo creer que haya pasado esto. No se lo merecía.
Armando Mazas (38 años, soltero, Beppe en I Pagliacci): Jorge era un genio. Era brillante, en serio. Con todos los años que llevaba yo ya en este mundillo, creo que no había visto a nadie tan joven llegar tan alto. ¡Canio antes de los treinta! El sueño de todo tenor. Sé que el espectáculo debe continuar… pero no va a ser nada fácil. Y por favor, dejen estar el tema de las drogas. Jorge no se drogaba, no tomaba nada que no le hubiera prescrito el médico, y esa noche me dijo que ni siquiera iba a necesitar su medicación. Un poco de respeto por un difunto, por el amor de Dios.
Falleció hace ya una semana en circunstancias aún por determinar: la autopsia ha encontrado somníferos en su cuerpo y en su dormitorio, pero las pruebas para determinar si se trataba o no de una sobredosis han resultado inconcluyentes. La prensa rosa y la amarilla, naturalmente, ya han apuntado a una no probada drogadicción, así como a un posible suicidio. Ya sabéis cómo son estos casos: la mayoría de las veces es imposible demostrar nada, pero a este tipo de revistas parece darle igual. Con todo, la versión oficial es que se trató de una muerte accidental.
Y ahí debió quedar la cosa. Pero cuando Virginia Brezo (30 años, casada, hermana del fallecido) quiso dar sepultura a su hermano, el padre Benito Piña (63 años, párroco, obviamente soltero) se negó en redondo, argumentando que “si Jorge resultaba haberse suicidado, habría cometido un pecado mortal y no podría ser enterrado en Suelo Sagrado”. Las súplicas de Virginia, feligresa de la parroquia del padre Piña desde pequeña al igual que su hermano, no sirvieron de nada.
Así que la señora Brezo solicitó nuevas pruebas. Según el forense que lleva el caso de Jorge Brezo, estas nuevas pruebas tardarán entre diez días y dos semanas, y aún no hay garantías de que vayan a dar mejores resultados. Pero ante la preocupación de la hermana, el forense habló del caso con una colega suya, nuestra buena amiga Irene Watson… y ella le habló de nosotros.
Reconozco que no acepté este caso con demasiada convicción. Conozco los detalles de la investigación. Es un callejón sin salida. Incluso si se confirmara la sobredosis, sería demasiado difícil determinar si fue accidental o voluntaria. Con todo, y como andábamos algo escasos de trabajo, decidí que bien podíamos echar un vistazo, sólo por si veíamos algo que a la policía se le hubiera escapado.
Esa misma noche, Boniatus y yo acudimos al apartamento del difunto. Un trabajo rápido: estudiar el lugar en el que se encontró el cuerpo, intentar aprender algo de cómo vivía Jorge Brezo, posibles motivos de suicidio, algún otro problema de salud que se les hubiera pasado por alto.
—¿Qué sabemos por ahora? —preguntó el Profesor.
—La mujer de la limpieza llamó un par de veces a la puerta antes de abrir con su llave, como hacía siempre. Encontró el cuerpo de Brezo tendido en la cama y se sorprendió, pero pensó que estaba durmiendo y le dejó a lo suyo mientras limpiaba el resto de la casa. Cuando intentó despertarle para limpiar el dormitorio, descubrió que ya era tarde. Tenemos fotografías de la escena, las traigo aquí, pero he preferido que lo veas in situ.
—¿Se ha interrogado a la mujer de la limpieza?
—Claro, pero ¿qué esperabas que descubrieran? No hay indicios de que sea algo más que un accidente o un suicidio.
—No sé, sólo pensaba que, si fuera un asesinato, sería muy conveniente para el asesino que alguien limpiara la casa antes de descubrir el cuerpo.
—Tienes mono de asesinatos, ¿eh? —comenté con media sonrisa.
—Bueno, es que el último caso fue un secuestro, y claro…
—¡Pero si tuvimos hasta caja de porno y todo!
—Eso sí te lo tengo que recono…
Rápidamente le hice una seña para que guardase silencio. No tardó en comprender lo que ocurría: al otro lado del rellano, la puerta del apartamento de Brezo estaba entreabierta.
Moviéndonos en silencio, con los cinco sentidos alerta, nos acercamos a la puerta del apartamento y nos pegamos a la pared. Desde el interior nos venía el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, alguien revolviendo objetos. La leve luz de una linterna barría el apartamento. Oímos lo que nos pareció un suspiro de alivio. Al parecer no éramos los únicos que pensábamos que podíamos encontrar algo en ese lugar.
Desenfundé mi arma, hice una señal a Boniatus para que estuviera preparado y me dispuse a abrir cuidadosamente la puerta. Pero entonces se oyó el ruido de cristales rotos y unos pasos corriendo en dirección a la ventana. ¡Sabía que estábamos allí! Derribé la puerta de una patada e irrumpimos en el revuelto apartamento de lujo. Pero el intruso ya había salido por la ventana, el sonido de sus pisadas le situaba en la escalera de incendios.
—Quédate aquí —sugerí.
—Puedes necesitar ayuda…
—¡Quédate aquí y asegúrate de que no entre nadie más! —insistí—. Sea lo que sea que estuvieran buscando, no nos interesa que vuelvan a por ello.
Sin esperar respuesta, sabiendo que el tiempo apremiaba, salí a la escalera de incendios. Era rápido, había que concedérselo: para cuando puse el pie en el primer escalón, ya estaba en la calle. Corrí todo cuanto pude, le perseguí por entre el tráfico. Me llamó la atención que vestía ropa excesivamente colorida. También observé que corría agachado. Mi móvil vibraba en mi bolsillo, pero en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.
Finalmente entró en un callejón. Pero cuando doblé la esquina, me encontré cara a cara con el cañón de una pistola. Sabía que no me daría tiempo a apuntarle con la mía antes de que disparase… Error de principiante. Al menos ahora estaba seguro: mi presa, la persona que me estaba apuntando a la cabeza, iba vestida de bufón y llevaba la cara pintada.
Retrocedió un par de pasos sin dejar de apuntarme. No dijo una palabra, pero yo ya creía estar bastante seguro de que no tenía intención de disparar si no era necesario. Decidí arriesgarme y levanté mi propia arma… el disparo del bufón me agujereó el sombrero. Cerré los ojos por impulso. Para cuando los volví a abrir, el bufón había desaparecido. Traté de dar con él, pero parecía haber desaparecido a la salida del callejón. Pregunté a los viandantes, rebusqué por los portales y finalmente di con una tapa de alcantarilla abierta. Pero el rastro ya se había enfriado. Había perdido al tirador.
Con un gruñido de frustración, me saqué el móvil del bolsillo y descolgué.
—Jack, soy Irene— saludó la voz de nuestra buena amiga al otro lado de la línea—. Tengo novedades del laboratorio forense. Una dosis monstruosamente elevada de secobarbital.
—¿Secobarbital? ¿Barbitúricos?
—Sí, ya sabes que se utilizan para el tratamiento del insomnio, y se sabía que el tenor lo padecía. También ha sido la causa de la muerte de más de una celebridad, como Marilyn Monroe o Charles Boyer. Una forma muy glamourosa de morir, si me perdonas el comentario. Siento haberte metido en esto, Jack, me temo que al final va a ser un suicidio.
—Ya, pues ¿sabes qué? Yo lo dudo bastante.
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Jack Ryder
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miércoles, 5 de diciembre de 2007
Caso nº 00005: LA ESCENA Y EL CRIMEN (CERRADO)
Como bien sabéis, la Sociedad del Misterio se define como una “consultoría criminalística”. Nosotros no somos la ley, no tenemos ningún tipo de autoridad, pero asesoramos al Cuerpo de Policía y a particulares siempre que haya un misterio por resolver.
Esto ha llevado a alguna que otra situación extraña, como la que nos ocupa. Hace algo más de un mes, cuando aún estábamos en mitad del caso del Asesinato del Doctor Watson, recibí por correo convencional una carta de Gabriel Rojas, guionista especializado en el cine de intriga. Se había adentrado de lleno en un nuevo proyecto, y quería saber si podríamos asesorarle para garantizar que la escena del asesinato que daría origen a toda la trama. Ocupados como estábamos resolviendo un caso, y más siendo yo uno de los principales sospechosos, no pude responderle en su momento.
Después de resolver ese misterio, recibí una segunda carta del guionista. Insistía en que quería que esta historia fuese perfecta y que estaba deseando trabajar con nosotros en este proyecto. Con gran amabilidad le respondí que la Sociedad del Misterio se encarga de asesorar en crímenes reales, y que aunque le agradecíamos la confianza depositada en nosotros nos iba a ser imposible ayudarle.
Con todo, no dejó de insistir. Decidí hacer algo de investigación por mi cuenta. Gabriel Rojas fue un buen guionista de misterio (no excepcional, pero bueno) hasta sus dos últimos trabajos. Esas dos películas fueron auténticos fracasos de crítica y taquilla. Desde entonces, y hasta la primera carta que recibimos, Gabriel Rojas pasó cinco años sin trabajar. Durante toda su carrera había formado equipo con el guionista Federico Aquino, su mejor amigo, pero tras su último fracaso no se les volvió a ver juntos. Según se ha sabido, Rojas consideraba a Aquino el responsable de sus últimos fracasos… algo a lo que el propio Aquino prefería no dar importancia. “Trabajemos por separado, de acuerdo”, ha dicho en más de una entrevista, “y cuando cada uno haya estrenado un guión ya se verá de quién era la culpa”. Rojas se volvió huraño, encerrado en su oficina día sí día también. Sólo su secretaria, Susana Montero, le veía con regularidad, y nadie que la conozca se explica cómo le ha seguido soportando cada día.
Y de pronto, hace tres meses, contactó con el director con el que más veces había trabajado, Leopoldo Romero, y le dijo que estaba preparando una nueva historia. Que sería la mejor historia de misterio que nadie hubiera leído jamás. Que nadie sería capaz de adivinar el final. Y que quería que la dirigiera él, que quería volver a trabajar con él en equipo, con sólo dos condiciones: nadie podría ver ni una página del guión sin su consentimiento (y eso incluía al director), y Federico Aquino quedaría fuera del proyecto. Desde entonces, ese proyecto cinematográfico ha sido el mayor de los secretos de la industria.
Recibimos su penúltima carta la semana pasada. Nos ofrecía una primicia exclusiva: el derecho a leer la página del guión en la que se relataba la escena del asesinato. Su intención era remitirnos esa página en breve, cuando se hubiera asegurado de que todo estaba bien escrito, y nos desafiaba a descubrir al asesino sólo con esa página. También decía que, si nos interesaba lo que pudiéramos leer, esperaba que le recompensásemos concediéndole por fin esa sesión de asesoramiento.
Esta última semana he estado terriblemente ocupado entre el seminario de criminología que he estado impartiendo y el congreso de nuevas técnicas de investigación criminalística al que fui como ponente (terriblemente mal organizado, se me han quitado las ganas de repetir). Pero cuando anoche por fin logré tener un momento libre, decidí acercarme por la oficina de Rojas para explicarle personalmente que no ofrecíamos ese tipo de servicios y pedirle amablemente que no se tomase la molestia de desvelar parte de la trama de su nuevo guión.
Imaginad mi sorpresa cuando, al llegar a la dirección del remitente, me encuentro con tres coches patrulla.
Nuestra aliada del laboratorio forense, Irene “Watson” Garzón, me dio la bienvenida a la que había resultado ser una escena del crimen. No podía explicarse cómo había llegado allí tan rápido ni quién me había avisado esta vez, pero se alegraba de ver que esta vez estábamos en el juego desde el principio. En la recepción de la oficina, la secretaria temblaba y lloraba. Ella había sido quien encontró el cadáver. Declaró que se sentía maltratada y humillada por él todos los días, pero que jamás le habría deseado algo como esto.
El cuerpo de Gabriel Rojas yacía inerte en el centro de la habitación. Herida de bala, orificio de entrada a escasos milímetros del esternón. Bajo su escritorio, del interior de una caja de cartón volcada aparecían esparcidas una serie de fotos pornográficas tomadas con cámara espía, en las que todas las caras habían sido recortadas. La caja fuerte había sido abierta y vaciada. Toda la sala había sido rociada con keroseno, especialmente las fotografías. La puerta de entrada había sido arrancada de sus goznes y todavía no había aparecido; pero frente al umbral, en el interior de la oficina, se encontró una navaja de barbero abierta, que la secretaria identificó como una propiedad del difunto.
No me cabía duda de que el asesino había sido interrumpido. Pero ¿cómo encajaban la puerta y la navaja de barbero en toda esta historia?
Tomé mis correspondientes notas y aconsejé a la policía que empezase por identificar a las personas de las fotografías. Cuando me aseguré de que tenía todo lo que podía conseguir hasta que el laboratorio forense obtuviera nuevos resultados, volví a nuestras oficinas a pensar en el caso.
Esta mañana he recibido nueva información. Una curiosa marca de nacimiento ha servido para identificar al hombre de las fotografías como Leopoldo Romero, el director. La mujer aún sigue sin identificar. Sabemos que las dos últimas películas que la víctima escribiera para Romero fueron sendos fracasos y que esto repercutió negativamente en la reputación del director. Por lo que podríamos tener, en principio, a un sospechoso bastante plausible.
Pero antes de que pudiera reflexionar sobre este giro de los acontecimientos, recibí por correo la última misiva de Gabriel Rojas. Esbocé una amarga sonrisa por la renombrada eficiencia de Correos, y abrí el sobre como última deferencia al difunto. En su interior, tal y como había prometido, se encontraba una copia de la página de guión que relataba el asesinato de su nueva película.
El cuerpo aparecía tendido en el centro de su habitación, con un agujero de bala. Bajo la mesa había una caja con fotos comprometidas, a todas se les habían cortado las cabezas. La caja fuerte abierta y vacía. La escena estaba completamente bañada en keroseno. Con las únicas excepciones de la puerta y la navaja de barbero, Gabriel Rojas había escrito su propio asesinato.
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lunes, 26 de noviembre de 2007
Caso nº 00004: LA CAZA DEL ZORRO (CERRADO)
Comenzó como una simple fiesta de disfraces. Pero ha terminado en tragedia.
Estos son los hechos. Todos los años, en Noviembre, trece de los antiguos alumnos de la promoción del 98 de la Facultad de Psicología se reúnen para celebrar una fiesta de disfraces. La de este año tuvo lugar el pasado fin de semana, la noche del 24 de Noviembre. Siempre se celebra en casa de alguno de los antiguos alumnos. Este año el anfitrión fue Víctor García (veintisiete años).
La fiesta comenzó a las diez de la noche y terminó, contra la voluntad de los participantes, a medianoche. En el transcurso de la velada, hubo algunas quejas por parte de los vecinos. Según parece, la música estaba tan alta que incluso los vecinos del bloque de enfrente llamaron para protestar. Es gracias a uno de estos vecinos, a una vecina más concretamente, que tenemos algunos datos acerca del trágico suceso.
Hacia las once cincuenta, Soraya Díaz (cuarenta y dos años, maestra de inglés, casada) llevaba cerca de hora y cuarto pendiente de la fiesta de sus ruidosos vecinos. Su hijo estaba de campamentos y ella acababa de encontrar una caja de porno bajo su cama, y se había quedado tan afectada por el descubrimiento que no podía dormir. En un principio miraba con la esperanza de ver apagarse las luces, pero poco después de las once vio a una pareja retozando en uno de los dormitorios y, aunque ahora se avergüenza de reconocerlo, le llamó la atención lo bastante como para dedicarse a cotillear. Entonces vio cómo una persona, disfrazada de cowboy, entraba en el dormitorio principal a solas se ponía a buscar algo entre los cajones de la cómoda, al principio con tranquilidad, luego cada vez más desesperadamente. En ese momento, una segunda persona disfrazada del Zorro entraba en la habitación envuelta en su capa. No llegaron a hablar un minuto, aunque el cowboy pareció reírse del Zorro, y entonces éste último sacó la mano de la capa y hubo un fuerte destello. La música estaba demasiado fuerte como para distinguir si el ruido que lo acompañó formaba parte de la percusión o si era, como a la señora Díaz le había parecido, un disparo. Pero lo cierto es que el cowboy caía al suelo. “El Zorro” depositó entonces un objeto metálico y reluciente junto al cuerpo del Cowboy y volvió a la fiesta.
A medianoche la policía, alertada por la señora Díaz, interrumpía la fiesta. Nadie había oído ningún disparo, pero en ese momento algunos empezaron a echar en falta al anfitrión. La policía entró en el dormitorio principal y allí encontraron a Víctor García, muerto por una herida de bala en el corazón. Junto al cadáver descansaba el arma del crimen, la cual por cierto resultó estar registrada nombre de la víctima. Ninguna huella aprovechable en la escena. Los invitados explicaron que Víctor García, totalmente borracho, había estado presumiendo de su pistola y que había ido a su cuarto a buscarla para enseñársela a todos.
El siguiente paso lógico era identificar a quien llevase el disfraz del Zorro. Pero naturalmente, las cosas no fueron tan simples… aquel año, tres invitados fueron disfrazados de Zorro. Según parece, sin ponerse previamente de acuerdo. Basándose en el testimonio de la señora Díaz, los tres Zorros han sido puestos bajo custodia y se ha pedido los restantes nueve invitados que no abandonen la ciudad.
Por desgracia, los posteriores interrogatorios no han ayudado a esclarecer las circunstancias de la muerte de Víctor García. Sus tres ex-compañeros tenían motivos para verle muerto. Os transcribo a continuación algunos extractos de las declaraciones de los tres:
SIMÓN JIMENO, 28 años:
“Víctor y yo no nos llevábamos precisamente bien. Cualquiera de mis compañeros se lo podría decir. Cuando íbamos a la facultad, yo salía con una chica, Elena; y en la fiesta de graduación, el muy cerdo me la robó. La emborrachó y se acostó con ella. Elena nunca pudo superar la depresión, no podía mirarme a la cara. Lo último que he sabido de ella es que se fue a Londres y que está intentando rehacer su vida.
¿Que si le quería muerto? Digamos sólo que no voy a llorar por él. Pero seguía viniendo a las fiestas, porque mi consulta es todo un éxito, estoy prometido con una mujer maravillosa y no tengo nada de qué esconderme. Aunque claro, ni se me habría ocurrido presentarle a mi mujer a ese cerdo.
¿Cómo quiere que sepa qué hacía exactamente a esa hora? No sé, no me dedicaba a mirar el reloj. Pero si fue unos diez minutos antes de que llegara la policía… Debía estar hablando con Marcos, el que iba disfrazado de Drácula. Estuve un rato hablando con él, supongo que pudo ser en ese momento.”
DIEGO BANDERAS, 27 años:
“Víctor, sí… Un hijo de puta, y odio hablar mal de los muertos. Cuando salimos de la facultad, hablábamos de montar nuestro propio gabinete. Mi tío es psiquiatra, y ya lo tenía hablado con él para que nos pasase a algunos de sus clientes. ¿Sabe lo que hizo Víctor? Se llevó a los clientes de mi tío, me dejó tirado y montó él solo su consulta.
¿Muerto? No, tampoco llegaría yo a tanto. A ver, quién de todas las víctimas no querría vengarse de él. Pero qué va, sería incapaz de hacerle nada, si de bueno que soy llego a ser tonto. Y me dan pánico las armas de fuego. No sé, alguien que se dedica a fardar de pistola y que la enseña en las fiestas como si fuera un juguete está pidiendo a gritos que le acabe pasando algo malo.
Bueno, esto casi da vergüenza decirlo, pero ya que lo pregunta… bebí más de lo que estoy acostumbrado y me puse malísimo. Eso sería a las diez y media, o así. Algunos compañeros, aunque sinceramente no recuerdo quiénes fueron, me llevaron a la salita y me tumbaron allí… me iban a dejar en uno de los dormitorios, pero Víctor no quería que me metieran en el principal y el otro estaba ocupado. Y allí estuve hasta que ustedes llegaron. De vez en cuando entraba alguien a ver cómo estaba, pregunten a los demás invitados.”
ANTONIO VEGA, 30 años:
“¿Víctor? Oh, sí, Víctor, el popular. ¿Sabe? Le caía bien a todo el mundo. Al menos, hasta que le conocías mejor. No le mentiré, era una rata. Yo tardé un año más en salir de la facultad por su culpa… en el último examen, el muy cabrón se copió de mí. Y luego consiguió convencer al profesor de que había sido a la inversa. Me colgó sus propias trampas.
Oh, no, ¿por qué iba yo a querer vengarme de él otra vez? Cómo, ¿no se lo ha dicho nadie? Verá, Víctor era una rata dispuesta a pisar a quien hiciera falta para salirse con la suya, pero de todas sus víctimas, yo fui el único que le devolvió la jugada. Durante su primer año de ejercicio me dediqué a pisarle todos los pacientes que sabía que tenían pensado ir a su consulta. Yo por entonces todavía estaba estudiando, pero me aseguré de recomendarles a otros psiquiatras más cualificados, no sé si me entiende. Así que, al final, ya que él me obligó a esperar un año antes de poder montar una consulta, yo le obligué a esperarme a mí.
A esas horas… Hmm… Vale, sí, a esas horas estaba en la cama. Con otra de las invitadas. Patricia Mármol, que iba de Catwoman esa noche. Estuve tirándole los tejos desde que llegué a la fiesta, y sobre las once nos fuimos a uno de los dormitorios de Víctor. De hecho, si le soy sincero, cuando terminamos me quedé dormido, porque recuerdo que me despertaron las voces de la policía al llegar.”
Los tres tienen coartadas aceptablemente sólidas. Marcos López (28 años) confirma que estuvo hablando con Simón Jimeno antes del final de la fiesta, pero tampoco está seguro de la hora exacta; Patricia Mármol ha corroborado la coartada de Antonio Vega, incluida la parte de “nos quedamos dormidos”; y el resto de los invitados vieron a Diego Banderas vomitar en la alfombra y se lo llevaron a la salita, pero reconocen que ninguno de ellos se quedó mirándolo toda la noche.
Así que ¿quién miente? ¿Quién mató a Víctor García? Y sobre todo, ¿cómo podemos demostrarlo?
Un misterio de
Jack Ryder
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lunes, 5 de noviembre de 2007
Caso nº 00003: ASESINATOS ANTICIPADOS (CERRADO)
Tenemos un nuevo caso, equipo, y mucho me temo que éste puede habernos llegado algo tarde. Ya hay dos víctimas mortales. La única ventaja es que sabemos quién será la tercera.
Esta es la situación. Hace hoy exactamente dos semanas, el lunes 22 de Octubre, mientras investigábamos el Caso del Asesinato del Doctor Watson, la policía recibió una llamada de alguien que quería denunciar un asesinato. Dio el nombre de la víctima (Estela Muñoz, veintisiete años, soltera, azafata) y el lugar donde se había encontrado el cuerpo (el domicilio de la víctima). El denunciante, un varón, colgó antes de identificarse. La policía lo atribuyó al nerviosismo.
Inmediatamente acudieron a la supuesta escena del crimen. Imaginad su sorpresa cuando, al llegar a la dirección que se les había dado, encuentran a Estela Muñoz con vida, recién salida de la ducha, envuelta en una toalla.
Al principio pensaron que se había tratado de algún tipo de error, que quizás la dirección estaba mal, y basándose en esa suposición se dedicaron a visitar a los vecinos, puerta por puerta, por si acaso el crimen había sido cometido en el mismo edificio pero en otra casa. Tardaron quizás más de lo necesario en darse cuenta de que, aunque la dirección pudiera estar mal, el nombre se correspondía.
La señorita Muñoz trató de quitarle hierro al asunto. Parecía estar más extrañada que asustada. Explicó que acababa de volver del gimnasio, que durante un par de horas no había estado en casa y que lo único que se le ocurría era que algún vecino no la viera por casa y pensase algo raro. La policía se disculpó por las molestias y se retiró.
Al día siguiente, el 23 de Octubre, Estela Muñoz apareció muerta en su casa. Herida de bala en la cabeza. Hora estimada de la muerte: las nueve y cuarto de la noche, la misma hora a la que la policía la visitó el día anterior. Nuevamente recién salida de la ducha.
Una semana más tarde, el martes 30 de Octubre, la policía recibió una nueva llamada denunciando un asesinato. Esta vez la víctima era un varón (Pedro Elorriaga, treinta y ocho años, abogado, casado). El cuerpo “había sido encontrado”, presuntamente, en los lavabos del club nocturno “La jungla” a las once de la noche.
La policía, prevenida tras el fracaso anterior, envió una unidad al domicilio de Pedro Elorriaga, otra al club nocturno en cuestión. Como era de esperar, encontraron a Elorriaga vivo y ningún cadáver en el club. Elorriaga acababa de volver de un viaje de trabajo y había parado a recoger a su mujer en el trabajo, con lo que nuevamente no se encontraba en casa en el momento de la llamada.
Esta vez se quedaron vigilando la casa. Elorriaga recibió instrucciones precisas: si por cualquier motivo tenía que salir de casa, avisaría a la policía para que le siguieran. Y efectivamente, esa misma noche avisó diciendo que había recibido una llamada urgente de un cliente y que tendría que salir a reunirse con él. Dio la dirección del cliente y anunció que tardaría unos minutos en salir, ya que la llamada le había pillado en la ducha y estaba aún sin vestir.
A los diez minutos, tal y como se esperaba, su coche salió del garaje. La policía lo siguió, pero lo perdieron en el tráfico. Aunque el coche volvió a aparecer, y efectivamente en la dirección a la que había dicho que iría, Elorriaga ya no estaba. Rápidamente enviaron hombres al club nocturno… y allí encontraron el cadáver, esta vez degollado. El camarero que lo encontró no podía dejar de hablar del escalofriante contraste: vestido con un impecable traje de Armani, y envuelto en bolsas de basura.
Se ha verificado que, efectivamente, Elorriaga recibió una llamada de un cliente suyo, Ernesto Núñez (35 años, constructor, viudo), quien está intentando llevar a su socio a juicio por un presunto caso de corrupción urbanística del que intenta desvincularse. Se le ha interrogado, sólo por si acaso, pero no tenemos gran cosa: llamó a su abogado desde el coche, camino de su oficina, y acordó que le esperaría allí. La oficina en cuestión estaba en plena mudanza, así que quizás no era el lugar más cómodo para reunirse con él, pero sí el más discreto. He aquí unos fragmentos de su declaración:
"¿Que si yo habría querido...? ¡No! Oigan, entiendo que tengan que considerarme sospechoso, pero yo le necesitaba con vida para el juicio, ¿por qué iba a matarlo? ¿Se les ocurre algún motivo?"
"La mudanza, sí... No se crean que me voy muy lejos, me quedo en este mismo edificio, sólo estoy trasladando mi oficina. Verán, sé que puede sonar poco profesional, pero... he perdido a mi esposa recientemente, y esta oficina me traía muchos recuerdos de ella. Por favor, no me pregunten por qué."
En realidad no hizo falta preguntar. La policía encontró, en el cajón inferior de un archivador, una caja con una enorme colección de fotografías porno amateur en las que aparecían él y su mujer. Al menos, quisieron pensar que se trataba de él y su mujer (las personas de las fotografías llevaban máscaras, y nadie se atrevió a preguntar).
Hacia estas alturas fue cuando conseguimos cerrar el Caso del Asesinato del Doctor Watson, así que cuando la policía recibió una tercera llamada, acudieron directamente a nosotros. Han localizado el origen de las tres llamadas, pero en cada caso fue una cabina pública distinta. Esta vez no hay miramientos: la policía ha puesto a la nueva futura víctima bajo vigilancia permanente, con dos hombres dentro de la casa y otros dos en el exterior. Presumiblemente, el cuerpo de esta nueva víctima aparecerá en su lugar de trabajo, así que allí también hay hombres vigilando.
La nueva futura víctima es la viuda de Elorriaga, Miriam Esquivel. Treinta y tres años, recepcionista de un gimnasio. Estaba muy afectada porque, en el momento que su marido salía de casa, ella había salido a sacar la basura, por lo que ni siquiera pudo despedirse de él antes de su muerte. Os podéis imaginar en qué estado se encuentra ahora que sabe que es la siguiente.
Un misterio de
Jack Ryder
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